Probablemente, en un inicio, reine la negación para disimular no encontrarse en ese espejo que hay en cada página, pero muy en el fondo se termina reconociendo que hay algo de bicho en nuestra personalidad.

“NOSOTROS, los tipos duros, somos irremediablemente sentimentales”, declaró en cierta ocasión el padre de la novela policiaca Raymound Chandler, y después de haber leído la micronovela titulada Trampas, escrita por mi querido Agustín Cadena, hoy más que nunca estoy de acuerdo con esa frase.

El tipo duro de la historia es Cuco Samsa, quien decide ayudar a una madre de familia cuyo esposo ha desaparecido. La búsqueda se desarrollará en tan solo 36 páginas y en ese breve espacio se va descubriendo que, aunque nuestro personaje central trabaja de manera áspera para encontrar al culpable, para interrogar a los sospechosos y hasta para cerrar el caso, hay en su alma un poderoso sentimiento que le da personalidad, fuerza y astucia.

Qué sencillo resulta hacerse aliada de este investigador privado, siempre mordaz pero al mismo tiempo honrado e idealista. En ningún momento deja de ser ingenioso ni encantador, aunque como buen machín niega ser sentimental. Puede amenazar cuando es necesario, pero jamás quebranta su propio código de ética, ese código donde se vale hacer trampa, tender trampas, inventar el verbo ‘trampear’, liberarse de trampas y caer otra vez en ellas; escapar y esperar la siguiente trampa.

Nuestro protagonista tiene la virtud de moverse en los bajos fondos cuyo paisaje se caracteriza por estar lleno de desagües y coladeras, malos olores y basura. Es una sociedad clandestina, marginada y estigmatizada. Sus espacios son sucios y polvorientos; oscuros y laberínticos. Quizá por eso sus habitantes son seres peludos, con alas o antenas, tres pares de patas y hasta más. Entes que pueden volar o picar, arrastrarse o enrollarse. No tienen huesos, sus cuerpos están formados por membranas y capas, así como por una larga cadena ventral de nervios. Es difícil resistir sus miradas porque sus ojos pueden ser compuestos o simples, sus comisuras nerviosas les permiten responder sorpresivamente pronto ante cualquier tipo de estímulo. Sí, nuestro protagonista es un bicho, sus compañeros de aventuras son todos unos insectos.

Y entonces, la aventura que Agustín Cadena nos narra adquiere un tono fantástico, provocador y sorprendente. Nuestro tipo duro, ese investigador tan parecido en su forma de ser a tantos personajes de novelas policiacas, es nada menos que una cucaracha. El estilo de nuestro autor hace posible que poco a poco la mala fama de este bicho se transforme en una total simpatía, tanto que resulta agradable imaginar sus antenas frotándose mientras busca la pista que le ayude a develar el misterio que se comprometió solucionar.

Cuco Samsa es una cucaracha con la que vamos a recorrer un escenario oscuro y sucio, ese mundo del subsuelo lleno de oídos por todas partes, donde los grillos pueden dejar de cantar porque fueron secuestrados, donde los bichos banda se reúnen en torno a un minúsculo charco de agua sucia, donde la muerte se esconde en la más bello entramada y donde se vale advertir que la vida está llena de trampas.

Nuestro personaje central es inteligente, pregunta sin temor, analiza cada situación, estudia toda posibilidad y no deja cabo suelto. Aunque es solitario por naturaleza, conoce quiénes pueden ayudarle, recurre a ellos con la certeza de que serán pieza fundamental en el caso que desea resolver.

Ahí está el Durango, un alacrán canijo, certero y escurridizo, le gusta el mezcal y escuchar narcocorridos. Conoce a los más malos de región, malicioso e inteligente, tendrá la clave para aproximar a Cuco a los villanos de la historia.
Seguramente porque me encantan las medias de telaraña, me encanta Marlene, amiga y enemiga de nuestro antihéroe. Esa hembra que es veneno para embriagar a los machos que espera bajo el letrero iluminado que dice hotel. Sus ocho patas lucen zapatillas rojas de tacón mientras que el humo de su cigarro la envuelve en una sensualidad fatal. Ella es una araña que no come grillos porque le da agruras tanta melancolía; ella, una hembra que mentirá -como todas- y que será leal -como todas-.

Entre más bichos, más aventuras y más misterio, todos parecen culpables y al mismo tiempo todos tienen un aire de inocentes. De pronto empieza a pasar una rara metamorfosis mientras se lee, y es que se va palpando que el comportamiento de cada alimaña tiene más y más proximidad con lo humano. Entonces, con sonrisa perversa es posible identificar a algún conocido.

Por eso, se puede coincidir con Cuco que no le caen bien las hormigas, le choca su nerviosismo y compulsión, aunque le caen peor las rojas, que por ser sindicalizadas se la pasan haciendo marchas y mítines. ¿Dónde se ha conocido seres parecidos?

 

No se diga de las arañas que matan a sus maridos después de amarlos. En este caso, Cuco confiesa envidiarlos, pues reconoce que el amor es el veneno más dulce.
Sin embargo, la sonrisa puede desdibujarse cuando la aproximación con cada insecto se vuelve algo personal y una mezcla de sensaciones guía la lectura, para empezar a reconocer con resignación también algún parecido. Probablemente, en un inicio, reine la negación para disimular las identificaciones, disimular no encontrarse en ese espejo que hay en cada página, pero muy en el fondo se termina reconociendo que hay algo de cucaracha, de hormiga, de alacrán y de bicho en nuestra personalidad.

Seguramente por todo esto y más, la micronovela de Agustín Cadena nos hace caer en tantas trampas- Él, como buen autor solidario, a veces te da la mano para seguir adelante, otras veces con la malicia de un excelente narrador sugiere avanzar con todos nuestros traumas y bondades, mientras extiende un catálogo maravilloso de insectos que tienen valores que hemos olvidado por nuestras prisas cotidianas o que comparten sueños, por ejemplo, ser un escritor checo y estar enfermo de tuberculosis.

La frescura y sencillez del estilo de nuestro querido escritor hidalguense hacen más ameno el texto, que es más profundo de lo que parece y es más provocador de lo que su extensión promete. Su imaginación te mece en una metamorfosis tan placentera que dan ganar de soñar con Kafka para despertar transformada. Su perversa solidaridad hace caer en guiños donde culpas al Durango, donde deseas que Marlene sea inocente, que el grillo Krekel aparezca o que las hormigas vayan a terapia.

Nuestra imaginación puede jugar y sentirse libre pero también aliarse con León Cuevas, un maravilloso artista que ilustra las páginas de la micronovela. Los colores son tan vivos y gozosos que los personajes cobran una emotividad inspiradora y las pesquisas de Cuco toman un tono claroscuro de solidaridad, de misterio, de interés, así como de complicidad eterna.

Gracias, León Cuevas, por cada trazo y por cada color que provoca en cada niño y en cada niña el interés por la lectura pero además reconcilia a los adultos serios con nuestra alma infantil nada seria.

Quienes conocemos la sensibilidad de Agustín Cadena palpamos en los ochos microcapítulos del libro ese amor total que él tiene por la literatura, así como esa gran querencia que tiene por su público fiel quienes admiramos su capacidad narrativa, el ritmo gozoso que le da a la historia, la forma en que se palpa cómo disfrutó escribirla y cómo imagina que nos envolverá en esta metamorfosis llena de intriga, suspenso e ingenio. Sin duda, el texto es absolutamente leal al género policiaco.

De esta manera, Cuco Samsa es ya un representante genuino de esos tipos duros, que fuman bajo la luz de la luna, aliento alcohólico, gabardina y sombrero; siempre solitario, fatalmente idealista y secretamente sentimental.

El cuidado editorial de la obra es otra muestra del amoroso deleite literario que posee, gracias al compromiso de Mayte Romo y su equipo de Elementum.

No duden, caigan como yo en las trampas de Agustín Cadena, las redes de sus palabras y los anzuelos de sus discursos, son totalmente provocadores y disfrutables.

Hacer Comentario