Despertar un poco antes de que la alarma suene, abrir los ojos, reconocer el cuerpo y lugar donde me encuentro, aspirar profundo y que el olor del café que recién se prepara inunde la casa, sonreír

 

HACER del cuerpo. Es liberador. El agua caliente sobre la cabeza, el baño que a poco se llena de vapor, es un rito en el que se canta y se baila, se dilucida que será del día que apenas comienza, agua, jabón y shampoo; el ritmo del baño diario cambia acorde al estado de ánimo, de los planes o el tiempo disponible pero es siempre un espacio único para entablar un diálogo interno.

Desayunar, ¿Qué hay más placentero que un par de huevos estrellados por la mañana?

Jugar, hacer cosquillas a mi hija para despertarla, ver sus grandes ojos abrirse. Me dice: ¡Buenos días, mamichunga! Sentir su abrazo es el mejor momento del día, ¿Cómo una pequeña niña puede generar un sentimiento tan grande?

Emprender la lucha diaria para llegar a tiempo, apresurarse y pedir a los demás que hagan lo mismo; articular poses dignas del yoga para vestirse más rápido; elegir el mejor par de zapatos para la jornada, el bolso, el refrigerio, los básicos: celular, llaves y dinero.

Un beso de mi esposo, otro de Vida. Ella siempre me da un beso y corre gritando por el pasilllo, regresa y me abraza. Adiós, Kafka, nos vemos más tarde.

Salir de casa. Procurar llevar a cabo el ritual de cerrar la puerta y empujarla con la mano derecha, eso ayuda a calmar la ansiedad que da vueltas en mi cabeza en forma de una pregunta que se repite una y otra vez: ¿Cerré la puerta de la entrada?

Aventurarse al mundo, como cada día. Ser capaz de observar, de entregar un saludo agitando la mano al vecino de enfrente, encontrar extraños que te sonríen conjurando un pacto que los hace cómplices aunque nunca vuelvan a verse.

Caminar, interactuar con el entorno sin decir palabra, a veces la música es el colofón, a veces solo quiero escuchar todo lo que la ciudad dice: con sus semáforos tricolores que hacen a los vehículos y a las personas ejecutar un baile sincrónico; policías de tránsito montando guardia indefinida; merolicos que venden el periódico del día de ayer aunque yo siempre les pida el del día de mañana; boleros de zapatos que con la mirada escudriñan a todas las chicas que pasan; la plaza cívica más importante del estado y un Benito Juárez monumental que mira al horizonte como si charlara con el Jesucristo del cerro, me intriga saber lo que conversan.

Mañanas llenas de reuniones, gente interesante, nuevos proyectos, café y más café. Nunca es suficiente.

La oficina, el espacio donde se aprende y se crea, donde se comparte una risa o el almuerzo con los compañeros, llamadas que se agolpan una tras otra, ponentes, usuarios, informes, aquí se materializan las ideas; unos tras otros correos, textos, reflexiones, “dejar de pensar en pasado” fue la última recomendación del coach. La música habita mi oficina: un buen jazz si hay que redactar, algo más movido si hay que revisar, reggae si hay que corregir o hacer presupuestos, instrumental o clásica si hay que pensar.

Regresar a casa. En el trayecto mentalizarse para cubrir el segundo turno, el empleo de mamá es más complejo que coordinar programas extracurriculares a nivel estatal. Respirar profundo, dar las buenas tardes a los vecinos y detenerme con un grupo de ellos que de nueva cuenta recaudan firmas en contra de la instalación de los parquímetros en la colonia; otra vez firmo y otra vez coincidimos en la inviabilidad de las decisiones de presidencia municipal. Resistencia. Invento una nueva receta para la cena.

Me recibe Kafka, saltando hasta la altura de mi cabeza, ella habría sido una excelente deportista olímpica, lástima que aún no hay juegos para los caninos. Me plática un rato cómo ha ido su día, emite sonido casi humanos y balbuceos, asiente con la cabeza o para las orejas, en señal de asombro voy descubriendo su lenguaje; luego intento contarle el mío, ella escucha atenta pero si pasa una mosca o cualquier ruido se hace presente, por pequeño que sea, la he perdido.

Vida llega, mi amiga Claudia la lleva a casa, ese abrazo suyo es el segundo momento que más disfruto del día, cuando paso por días difíciles o estresantes ese abrazo me recompone, comemos juntas lo que generosamente ha cocinado su padre. Ella habla, inventa palabras, hace una conjugación de los verbos que me sorprende, le da cualidad de verbo a los sustantivos; por ejemplo lo que para nosotros es ‘lengüeteó’, para ella es lenguo’, tener es ‘tenge’ en tercera persona en lugar de ‘tiene’ o ‘librar’ es el acto de leer un libro.

La miro, no doy crédito al paso del tiempo. Apenas la tenía en mis vientre e iba a todos sitios conmigo, apenas la cargué por primera vez, apenas caminó por sí sola, apenas aprendió a hablar, apenas me enseño un nuevo mundo al alcance de su imaginación y hoy ya me dice que es una niña grande.

La casa se llena de risas, gritos y ladridos, Kafka y Vida juegan y pelean como hermanas que son. Camilo y yo solemos ver una película, cenar y hablar de cómo fue nuestro día, a veces solo nos sentamos uno junto al otro a contemplar ese espectáculo. Después de las 22 horas el silencio irrumpe, Vida duerme, Camilo lee, Kafka me mira y por fin puedo escribir.

Sobre El Autor

Tania Martínez Suárez
pros_critos@hotmail.com

.mujer.esposa.madre.hija.hermana.amiga. Interesada en seguir aprendiendo, amando y creando; me conmueve y compete todo lo que conlleva el acontecer humano, me encuentro en constante proceso de cambio y creo firmemente que las cosas pueden cambiar con ayuda de todos

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