Estilizar al cotidiano

Alfonso Cuarón nunca quiso desafiar a la expectativa del público al darse el lujo de rodar sin ataduras, de crear un filme para la satisfacción personal después de haberse rendido a las exigencias de Hollywood, con Gravedad (2012), gracias a la cual se convirtió en el primer cineasta mexicano en ganar una estatuilla de la caprichosa Academia del Oscar.

No quiso hacerlo, pero Roma, que de hecho lo puso de nuevo como el Mejor Director del Oscar, y lo catapultó entre la crítica festivalera internacional, apareció para desconcertar aquello que el público pensó que vería del hijo que volvió a su tierra, ataviado de éxitos, para hacer lo que más le apasiona. A muy pocos les interesó que se tratara de un ejercicio íntimo, de reconciliación con el pasado que el realizador decidió compartir.

En México, los comentarios soltados al aire de las redes sociales cuestionaron su historia plana, extensa, carente de oralidades o discursos robustos o actuaciones histriónicas, como ya nos acostumbró la cinematografía tradicional.

El fenómeno Roma pasó después a una fase polarizante, en la que quienes no tuvieron reservas para expresar su decepción del filme detonaron el enojo de quienes, a su juicio, sí la supieron apreciar. Hubo entonces una suerte de lucha entre un bando, vamos a llamarlo “superficial”, que “no supo entender la profundidad” de la obra, y otro “intelectual” e “intolerante” que elevó la cinta a un nivel casi de culto, para segmentos muy, pero muy reducidos.

Ni por un bando ni por otro, en Roma hay más simplismo de lo que se pudiera debatir, aunque esto no la descarta de ser una joya. Justo este detalle le ha valido todos los premios de su vitrina. Alfonso Cuarón se comparte a sí mismo a través de un proceso creativo ampliamente libre, en el que sencillamente decide avanzar sin contemplar los estándares que conoce de pé a pa y que también suponen una receta con la que seguro se suele navegar entre el gusto público.

El desagrado de muchos, viene, quizá, en que, como dijo el propio representante de Cuarón, Steve Golin, Roma “es la película casera más costosa del mundo”. Gastar tanto para una película casera suena absurdo, pero hasta los alcances de este género de aficionados quedó resignificado, si se quiere ver así.

Toda la inversión, tan evidente, es un esfuerzo canalizado en estilizar al cotidiano, el de Alfonso y el de millones que también vieron su cotidiano devuelto en la colonia Roma de la década de 1970, en medio de un México cuya economía crecía a pasos de gigante, al tiempo en que la desigualdad se alojaba en el cinturón de miseria de la capital mexicana. Esto era parte de aquel común del que habla el director.

Roma abre al mundo un viejo diario personal y también abrió al mundo un fragmento de la historia que no termina de sanar en México, un país galopante pero con un gobierno descaradamente represor, una ciudad capital llena de oportunidades pero hasta cierto punto abusiva con cientos de mujeres que llegaron no sólo para hacerse cargo del trabajo doméstico de las familias acomodadas sino de sus responsabilidades personales, ellas eran madres, padres, confidentes, nanas… y todavía reservaban un momento para ellas, bajo la leve luz de una vela.

Aquí hay una mención importante para Cuarón, haberse permitido retratar, además, con detalles muy escrupulosos, el contexto que rodeaba a su pasado íntimo: el pasado colectivo: la campaña presidencial de “tu amigo Luis Echeverría”, persistente en su mensaje a través de afiches y hasta en los cerros de la Zona Metropolitana, donde comenzaron a vivir todos los empleados foráneos de la Gran Ciudad; las rutas de la movilidad citadina, los modelos de los autos, a los que dedica tiempo contemplativo como un viejo orgulloso que aprecia la poderosa maquinaria con la que conquista el mundo a diario; los establecimientos para llevarse el mejor bocado, los cinemas para enamorar, los programas de entretenimiento que reunían a la familia en el horario estelar, o las bandas de guerra que marchaban indiferentes a tus tristezas, frente a tu casa.

Yalitza Aparicio

La gran protagonista de Roma, no es que sea una revelación, no como las revelaciones a las que estamos acostumbrados. Una luz actoral naciente en el séptimo arte es regularmente una figura nueva que desea convertirse en estrella, que ha estudiado para eso y que ha participado en un proyecto con el que logró hacerse un lugar entre los grandes.

Pero éste no es el caso de Yalitza, ella logró cubrir las necesidades del proyecto de Cuarón de una manera que sólo una no actriz pudo hacerlo. Ella y su naturalidad contribuyeron en gran medida a construir la estilización del cotidiano que se propone Roma.

Yalitza, quien reivindica a Libo, la segunda madre del director, logra adentrar al público en un torbellino de emociones, que puede hacer suyas sin necesidad de impresionarnos como una oradora persuasiva que usa frases que uno bien puede colgar en su estado de las redes sociales. En ella podemos saborear la belleza del silencio y de la prudencia, de los discursos minimalistas que reposan en expresiones y gestos profundos, para hacerte quedar con un extraño sentimiento después de la cinta, y esto no lo logra cualquier actriz, ella lo ha hecho sin tener la mínima experiencia, con un acompañamiento muy profesional.

También reivindica, como nadie ha podido hacerlo a una gran comunidad de personas que no nos sentimos identificadas con los astros típicos de la pantalla grande; ellas y ellos no se parecen a ninguno de nosotros. Como ella misma lo expresó, “yo sentía que nunca podía llegar a esto porque ninguna de las protagonistas que vi en las grandes historias se parecía a mí”. Todos tenemos el mismo derecho a soñar y es bueno que el canon protagónico también empiece a tener consciencia de esto, por lo que Roma, en este sentido, ha puesto un importante precedente.  

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