Se escuchó a lo lejos pero con una extraordinaria fuerza el coro de “Bésame mucho” en boca del embajador de Taiwán, Carlos Liao quien se dejó invadir  por la euforia de aquel recinto donde Taiwán y México compartieron  una pequeña parte de sus culturas,  mexicanos a través de su hospitalidad y pasión por la comida, taiwaneses  mediante sus coloridas danzas y la música tradicional. 

El Pasillo Central del Centro Cultural Universitario, La Garza estaba atiborrado de medios voraces que como escarabajos se escondían tras los lentes de la cámara mientras se arrastraban por las losetas grises en busca de la foto, la toma o la declaración más deseada, a lo largo del lugar los despistados y fastidiados alumnos de preparatoria que fueron chantajeados por sus maestros tomaban sus lugares apretujados contra las paredes, mientras que en menor número se presentaron a la cita aquellos interesados por saborear a través de sus cincos sentidos la música, la danza y los sabores que la isla de Taiwán traían a la tierra donde reina el aire.

El sonido de los tambores retumbó contra las blancas paredes del recinto y junto a la dulzura de las 16 campanas de bronce del Bianzhong, se anunció la llegada de un trió de dragones amarillos que con movimientos serpenteantes de arriba hacia abajo deambularon por el lugar, en compañía de un príncipe de rosada tez y de enormes ojos rojiazules que vestía un kimono del mismo tono que su piel plastificada, y con dragones bordados en hilos dorados, azules, verdes y blancos que parecían cobrar vida en la tela brillante.

Los miles de pares de ojos almendrados, caídos, redondos, saltones, hundidos y rasgados se hipnotizaron con las fauces y pupilas conformadas por miles de círculos concéntricos de aquellos mitológicos seres que danzaban al ritmo de la música tradicional del grupo taiwanés Butterfly , a la vez que manos pequeñas y grandes intentaban tocar el pelaje de los saltarines y ondulantes dragones mexicanos entrenados por la embajada de Taiwán, mientras el gigante príncipe rondaba alegremente por el pasillo agitando las banderas de su espalda.

Los tambores se detuvieron y con ellos el colorido grupo que con una reverencia se despidió de los asistentes, después de  tomarse la foto oficial junto al embajador de Taiwán, Carlos Liao, al rector de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, Augusto Veras Godoy y su séquito de desconocidos maniquíes sonrientes  que siempre emergen de las sombras en cuanto las cámaras se hacen presentes.

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El sonido de los obturadores se detuvo para dejar que los bailarines de danza contemporánea de la compañía Totem de la UAEH, se hicieran paso entre la multitud con ayuda de las vibraciones metálicas del salterio yangqin. Las faldas rojas se arremolinaron en las manos de las bailarinas convirtiéndolas por un instante en tornados rojizos, mientras las demás partes de sus cuerpos cubiertos de negro se contorsionaban.

Las notas de aquellas canciones tradicionales taiwanesas recorrieron el pasillo central, se colaron por los muros de concreto, vibraron por los huesos de los asistentes y se quedaron en su piel mientras escuchaban al mismo tiempo la voz del embajador Liao, quien no pudo contener la alegría de escuchar tan familiares melodías. De repente un grito… miles de cuellos voltearon estrepitosamente al centro del lugar, para ver a quienes se convertían en pájaros al desafiar la gravedad.

Las cuerdas vibraron por última vez, los pájaros humanos bajaron de sus nidos en las alturas a la vez que las servilletas inmaculadamente blancas y los platos negros comenzaban su propia danza entre las manos de los voraces comensales, que no dejaron huella alguna en las mesas de la existencia de los postres, estofados, tamales y bebidas aromáticas taiwanesas , que estudiantes de gastronomía elaboraron para el evento.

Las charolas llenas de esferas de pescado, vasos tricolores, y canastas con arroz y carne salían de la cocina improvisada, las ordenes de los chefs eran opacadas por las exclamaciones onomatopéyicas de aprobación, hasta que chocaron contra las losetas grisáceas un centenar de vasos sucios convirtiéndose así en un filoso rompecabezas  mientras que el liquido aromático que antes era contenido en el cristal ahora escurría sobre la cabeza de una joven estudiante.

Se escuchó a lo lejos pero con una extraordinaria fuerza el coro de “Bésame mucho” en boca del embajador de Taiwán, Carlos Liao quien se dejó invadir  por la euforia de aquel recinto donde ambos países compartieron  una pequeña parte de sus culturas,  mexicanos a través de su hospitalidad tan característica, su pasión por la comida y la danza que se apodera de sus cuerpos, taiwaneses  mediante sus coloridas danzas de dragones y su música tradicional.

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Las mesas quedaron completamente vacías ni siquiera las sandias talladas con la técnica del mukimono sobrevivieron a la voracidad de los asistentes, el pasillo fue quedando otra vez en el olvido de siempre, un par de estudiantes buscaban a su maestro para hacer el pase de lista chantajista de siempre, otros asistentes seguían haciendo fila para tomarse una foto con los músicos taiwaneses de Butterfly, los reporteros corrían hacia el embajador Laio para obtener una declaración o un saludo para sus medios, otros más curioseaban por la exposición del fotoperiodista Pedro Valtierra, quedando embelesados por las cámaras, credenciales y primeras planas en las que su trabajo de denuncia había aparecido, ya era momento de dejar en silencio una vez mas el edificio central de la UAEH cuando me topé con alguien que parecía estar fuera de lugar, un hombre robusto que inconscientemente ya había visto antes plasmado en la publicidad electoral por el distrito de Pachuca.

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