De pintarla en su belleza excepcional tuvo el poder. Y en el amor, voluntad a la renuncia. Un paño escapa con el viento

¡Egoísta!”, atribuí en automático al cabo de algunas interacciones con el personaje por el que Eddie Redmayne fue nominado al Oscar como mejor actor; en mi predisposición consideré que el papel de La chica danesa llegaría cargado de empatía, que conmovería al estar sujeto al rechazo o a la represión, que encendería los corajes por su inspiración pionera, que no contendría el sentimiento ante el golpe arbitrario del mazo de una sociedad juez. No fue así.

Sin embargo, en la meditación del filme, entendí y agradecí que no fuera como esperaba. Asimilar que el personaje que le tocó encarnar a Eddie, la enigmática Lili Elbe, llegara a ser despreciable, me llevó a vitorear el trabajo actoral y aplaudir el tratamiento del director Tom Hooper, pues no se trató de comprender las reacciones positivas o negativas del mundo ante las acciones de una persona que decidió ser mujer, tampoco entrar en polémica por su determinación para desafiar a la naturaleza cuando sólo se sintió natural después de una artificial transformación.

Se trató de ir más allá de la información de las cinco cirugías, de sus ambiciones para hacerse de un útero que la convirtiera en madre, del debate sobre su identidad sexual. Nada de eso es fundamental en la película porque hubo una intención más apremiante, intimar con la biografía, explotar en una extraordinaria historia de amor.

Así lo declaró Eddie Redmayne en entrevista para The Telegraph: “una extraordinaria historia de amor”, de esas que no se deben a los finales felices para ser extraordinarias, que dejan un montón de cabos sueltos, que abrazan sacrificios y descartan condicionamientos.

De ahí el acierto en la adaptación de la historia real, tomada también de la novela homónima de David Ebershoff, de proponer una cinta no reducida a las efemérides, los datos o los hechos históricos, La chica danesa no es la película que documenta cómo una mujer transexual se somete a intervenciones quirúrgicas de reasignación de sexo, este tema es apenas una circunstancia en la revolución de un matrimonio de pintores en una era de vanguardias artísticas y rupturas.

La chica danesa no revive a un personaje real para victimizarlo y que sintamos compasión por él. Lo restaura en su franca humanidad que conlleva imperfecciones sustanciales, conflictos de arraigo. Lo retrata a partir de un performance, espectáculo de danzas contemporáneas, óleos, bastidores en caballete, poses, trazos, modelajes, paisajes fríos; infidelidades, revelaciones, incongruencias, caprichos, individualismos.

Incluso se toma el atrevimiento de sacar de foco al personaje central. Llega el punto en el que no sólo se habla de una chica sino de dos chicas danesas: Einar Wegener cede su lugar a Lili Elbe; pero está también ella, siempre, la esposa, Gerda Wegener, quien porque ama renuncia y porque ama se mantiene hasta el final. Por eso no resulta extraño que el factor empatía resida más en este papel co-protagónico que en el protagónico que en momentos transpira egoísmo y crueldad.

En esta historia habrá que seguir el proceso de rectificación de Einar que pasa a ser Lili, pero de una manera muy entrañable el duelo de Gerda, interpretada por Alicia Vikander, quien terminó por llevarse el Oscar a mejor actriz de reparto por su manera de trasladarnos al lugar que nadie quiere ocupar, el banquillo del sacrificado, quien debe aprender a perder al ganar la satisfacción de un amor sin condiciones.

Gerda tuvo el poder de pintar a su amor en la belleza excepcional. Y en el amor, voluntad a la renuncia. Un paño escapa con el viento.

Vea La chica danesa. Tom Hooper. 2015.

 

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Sobre El Autor

Alejandro Galindo Sandoval

Reportero, editor, pluma silente y amante de lo ajeno

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