Esa tarde estaba ella bellísima, vestía ropa de domingo; una sudadera gigante y su cabello recogido para que no estorbase.

Hice un viaje largo y tedioso en transporte público para encontrarme con ella. El león que resguardaba su casa me recibió con chillidos y moviendo la cola, creo que su mascota, al igual que yo, era consciente y feliz de cuanto amaba a esa mujer.

Preparamos, o más bien preparó sushi con meros conocimientos básicos, nos manchamos de arroz pegajoso y aguacate  y cada vez que un rollo quedaba listo, ella me premiaba con un beso.

El resultado fue, por supuesto, visualmente desastroso pero el sabor era mágico, perfecto, pues tenía en cada bocado un poco del amor que ella ponía en cada empresa a realizar.

Brindé con agua fresca de frutas y en silencio divisé el religioso ritual de una comida familiar dominguera. Más tarde con la barriga llena y el corazón contento me despedí de su parentela y caminé rumbo al transporte que me devolvería a mi hogar.

En el camino me sorprendió la Luna, ese satélite que en octubre y en una ciudad platera brilla como el mismísimo metal. Al llegar a casa desocupé mi portafolio, una mochila de batalla, no sin antes sacar un cigarrillo para fumarlo en esa ceremonia habitual de contemplación tripartita: mi banca de madera hecha de viejas repisas, el tabaco y la Luna llena del décimo mes.

Cada bocanada me acercaba más al satélite, no pude definir si era un viaje astral o comenzaba a surgir efecto la intoxicación con camarones empleados en la comida. Lo que puedo asegurar es que fue un gran deleite.

En cada cráter encontré el rostro de la mujer con apellido de ciudad michoacana, cada partícula de luz me la recordaba.

Por un momento encontré que aquel satélite regordete lanzaba dos cuerdas de plata, una al castillo de mi amada y otra a mi hogar, como fetos amarrados del ombligo subíamos hasta ella. Cuando al fin llegamos, cada uno a un cráter distinto el gran círculo de plata cobró voz, con un tono angelical y casi maternal preguntó si queríamos estar juntos para siempre, a lo que ambos al unísono respondimos que .

Fue entonces cuando las cuerdas de plata cayeron de nuestras cinturas y corriendo, si no es que flotando, nos abrazamos fundidos en uno.

Nuestras partículas, ya unidas eternamente por el abrazo en el bien bautizado satélite del amor, bajaron a la tierra en formas inimaginables.

Antes de regresar a nuestras vidas cotidianas, decidimos recobrar nuestra forma humana, ella como la bella mujer que me enamora cada día, y yo como el hombre de la eterna sonrisa.

Cuando la luna, bondadosa, nos devolvió a cada uno en nuestros lugares me encontré lleno de protuberancias, de ronchas.

A la mañana siguiente el médico trató de hacerme entender, sin lograrlo, que las protuberancias y el viaje, del cual le conté sin detalles, se debían a la intoxicación del camarón con vinagre con el que experimentamos el sushi.

Yo, fiel a mi intuición y seguro del viaje cósmico de la noche anterior entendí que el cambio físico se trataba ni más ni menos de la metamorfosis que sufrían nuestros cuerpos por la unión de partículas de por vida.

 

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