VIRGINIA FÁBREGAS

Yo no tengo historia -escribió Virginia-. En el mundo de todos he vivido un poco, pero he sufrido y llorado mucho, en el mundo del arte voy por sendas escondidas, cortando a mi paso humildísimas flores. ¡Pobre de mí! Infatigable buscadora de una hoja de laurel para mi frente, de un aplauso para mi oído, de un amor profundo para mi alma. ¡Pobre de mí! Mariposa enamorada de un lucero. Bien conozco que nunca llegaré hasta él por más que agite mis débiles alas. En los diarios combates de mi breve existencia, he sentido ya abrumadores desalientos. Soy como· ese príncipe que dejó su verde montaña para ir a habitar la montaña azul que veía en lontananza. Cuando llegó a ella después de mil congojas y fatigas, contempló con tristeza que era verde y que la montaña que había dejado se destacaba azul en el horizonte. El artista es árbol que crece en medio de la llanura. Lo acarician todas las brisas, pero también lo combaten todos los vientos. ¡Ay del artista que no encuentra un apoyo cuando el turbión pasa rugiendo! El árbol de mi vida de artista es débil. ¿Podrá ostentarse algún día frondoso y arrogante? ¡Quién sabe! Lo que sí sé es que si sucumbo en la lucha, exclamaré al caer: ‘Viví para el arte, muero por el arte, ¡bendito sea el arte!

 

CUANDO LEO estas palabras confirmo porqué en la Rotonda de Personas Ilustres la imagen de Virginia Fábregas resalta de inmediato. De las ochos mujeres que han recibido ese honor, ella fue la segunda. Ni un instante el presidente de aquella época lo dudó. Ella merecía recibir ese homenaje:

El 17 de noviembre de 1950 falleció la gran diva del arte dramático, Virginia Fábregas; el Palacio de Bellas Artes le abrió sus puertas por última vez para despedirla como a las grandes con una gran ovación. El periódico Excélsior señaló: El Palacio de Bellas Artes fue el teatro donde doña Virginia Fábregas cosechó ayer; en las horas del mediodía, el más grande triunfo de su carrera artística

La escultura que la representa la representa a ella, tal cual: bella, altiva, sensual. Basta su nombre para identificarla, no hay epitafio ni adiós. Basta su rostro, como si descubriera otra vez el escenario donde tantas veces fue ovacionada. Basta que uno de sus hombros quede al descubierto y la que la manga caiga inocente y seductora para confirmar su sensualidad, su secreto para cautivar, para no olvidarla. Cabe destacar que esta representación es muy significativa, sobre todo cuando se ha dicho que no es muy común este tipo de esculturas en los cementerios ya que “la mujer se debe al recogimiento y no a la expresión pública, es por eso, que en las tumbas de mujeres se les represente con un monumento alusivo a su condición femenina como lo es la maternidad a través de virtudes teologales, o con una imagen religiosa”. Virginia Fábregas se representa como lo que fue y sigue siendo: una actriz. Rompe estereotipos, delata que las mujeres también hacen arte.

Ella nació en 1871 en una modesta hacienda en Yautepec, Morelos. Su padre murió cuando era muy pequeña, así que su madre –en busca de ayuda familiar- se la llevó, junto con sus otros cuatro hijos, a Campeche. La señora se volvió a casar y la familia creció a nueve integrantes. Pese a todo, Virginia fue tejiendo su propio destino. Se fue a la capital del país y se inscribió en la Normal para Maestras. Fue precisamente en esa institución que empezó a acercarse al teatro, a realizar algunas representaciones. Tuvo la oportunidad de ver en escena a Sarah Bernhardt en La dama de las Camelias. La actuación de la gran diva francesa la marcó para siempre. Supo desde ese instante que deseaba ser actriz, que iba a ser actriz. Sin embargo, terminó su carrera y se tituló como maestra. Pero el destino ya estaba decidido. Daba clases pero a la vez participaba en algunas obras para aficionados. Se integró a sociedades literarias donde conoció a los grandes intelectuales de la época así como escritores, poetas y dramaturgos. Precisamente, ellos empezaron a ofrecerle textos para que hiciera algunos monólogos. Su debut profesional fue con la obra Divorciémonos. En el programa que detallaba aspectos de la comedia y datos de los actores, Virginia pidió que en su caso se agregara la siguiente nota:

Confía que sus compatriotas le dispensen una benévola acogida, puesto que al empezar su carrera artística lo hace confiada en el cariño que en otras ocasiones le ha demostrado el público mexicano y sin pretensiones de ningún género

Bella y seductora, talentosa e inteligente, de inmediato llamó la atención de jóvenes que la deseaban, la amaban, se encaprichaban, se ilusionaban, incluso llegaban a venerarla. Uno de ellos, al ser correspondido, la embarazó pero como era casado no se hizo responsable del hijo que nació. Virginia sin embargo, le puso el apellido de ese padre y su hijo Manuel fue una compañía que le dio inspiración. Durante el embarazo y los primeros meses de haber nacido su hijo dejó el teatro, pero cuando regresó lo hizo para siempre.

Volvía segura de sí misma y decidida a profesionalizar sus aficiones y aptitudes para el teatro. Tenía experiencia: ya había visto actuar a actrices extranjeras de la fama y valía de Luisa Martínez Casado -de la que había recibido amables consejos y lecciones…

Sus éxitos y reconocimientos le dieron la certeza de que podía crear su propia compañía de teatro, y lo hizo. Además, conoció a quien sería su esposo, Francisco Cardona. En una interesante entrevista ella relata cómo ese hombre decidió cambiar su vida, era abogado, para estar siempre con ella. El momento, es curioso, pasó en nuestro estado de Hidalgo:

Por esa época -repito las palabras de Virginia dichas en momentos de grata evocación-, mi compañía trabajaba los días lunes en Tulancingo, estado de Hidalgo, por ser la tierra del empresario Macedo, y el resto de la semana en el Teatro Arbeu, de esta capital. Cardona se iba con nosotros, empeñado en no separarse de mí un solo instante; y una vez estando en Tulancingo, alguien le aconsejó que por qué no se metía al teatro, ya que él era tan aficionado. Pancho había viajado por Europa viendo teatro y poseía un desparpajo y una seguridad muy grandes para hablar en público y ser el centro de atención de todas las reuniones en que brillara el ingenio y el buen humor. Con un éxito que no se lo esperaba, Pancho representó en Tulancingo el personaje principal de aquella famosa obra, y decidió hacerse actor… ‘para no separarse jamás de mi lado’. Después, aquí en la capital, se presentó por primera vez en el Teatro Arbeu con el mismo papel, logrando el mismo triunfo y desde entonces se dedicó de lleno al teatro, trabajando conmigo en calidad de primer actor hasta que disgustos y contrariedades nos separaron definitivamente 10 años después

Quienes la vieron en escena aseguran que fue su voz la que le dio un toque especial a sus actuaciones. Voz fuerte, segura, con el tono preciso para cada escena, con la pasión que seducía a todo público. Su personalidad era también encantadora además de ser belleza. Dominaba la comedia y el drama. Convencía pero al mismo tiempo seducía, su carisma brillaba como los reflectores que la iluminaban. Uno de sus compañeros recordó así una noche de estreno:

Grandes ovaciones recibí con este acto y el público, insistente hasta rabiar, quería que se repitiera. Como es natural, hay actos teatrales que no se pueden repetir. La señora Fábregas y yo permanecíamos bajo el telón y, a cada llamada a escena, Virginia ordenaba “arriba el telón”… y fueron tantas las llamadas a escena, que ella y yo permanecíamos de pie, esperando a cada momento que se levantara la cortina

Conquistó todo México y decidió hacer giras fuera del país, donde triunfó. El poeta Rafael López, una ocasión le rindió el siguiente homenaje, después de verla actuar:

Esta noche tu sonrisa brilla intensamente y tu esplendor aviva constantemente la inquietud de nuestras juventudes. Esta noche dos luceros han bajado hasta tus ojos e iluminan las tinieblas de nuestros deseos. Ay, Virginia, ¡quién fuera la luna para asomarse a tu seno e iluminarlo!

En uno de los mejores textos que recopilan su trayectoria se debe citar el de Armando de María de Campos, titulado Nacida para la gloria: Virginia Fábregas, una vida dedicada al teatro, (Conaculta, 1995) del cual recuperé las citas que ilustran mi texto. El cierre de la citada obra enmarca con maravilloso reconocimiento la trayectoria de una de las ocho mujeres que yace en la Rotonda de Personas Ilustres:

Virginia Fábregas, de arrogante belleza y elegancia europea, actriz por derecho propio, empezaba a ser orgullo de México. Había triunfado sin duda alguna en su patria, y el público y la crítica españoles habían reconocido en ella a una artista de interesante presente y magnífico porvenir. Los escritores y poetas buscaban su amistad y la sentían musa de sus creaciones…

Juan de Dios Peza, escribió:

Eras muy niña y te oí recitando
y presentí tu perdurable victoria
y desde entonces comprendí
que eras hija de la gloria.
Tú, que a todo das matiz
y culminas como actriz
por tu talento profundo,
vive mucho y sé feliz
en la escena y en el mundo

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