No cabe en su asombro, no puede entender cómo es que los colores se comen…

 

VIDA tiene dos años y no cabe en su asombro, ¿Por qué los colores están en las crayolas y sirven para dibujar? ¿Por qué están en  las piezas de Lego y sirven para jugar? O para elegir la ropa que quiere usar.

Los colores para ella son los autos que mira en la calle: el blanco detrás del marrón o el verde que dobló la esquina. Los colores sirven para diferenciar una cosa de otra o para saber dónde está el cielo azul que da soporte a las nubes blancas y que se vuelve negro cuando sale la Luna porque se ha hecho de noche.

Estos párrafos son para ella, le agradezco la oportunidad que me da de volver a sorprenderme y maravillarme con las cosas simples del mundo:

 

Me miró incrédula cuando le dije que la naranja se comía:

 

 

¿Cómo puede ser que la naranja se llame naranja justo como el color naranja? Además, ¡se puede comer! Huele tan bien, es el más perfecto color naranja del mundo.

 

 

 

 El rojo que envuelve por la tarde el cielo o el rojo de las fresas que se saborea lentamente hasta llegar a sus blancas entrañas, el que pasa por entre los dientes llevándose con su astringencia cualquier mal sabor de boca.

 

 

 

 

Plátano amarillo, perfecto. Se cubre a sí mismo con una cáscara que le calza milimétricamente, generoso, abre su capa para dejar ver su pulpa amarillo brillante, precioso luce.

 

 

 

 

 Lechuga verde, armoniosa creación, un mándala natural que entreteje magistralmente el color verde y violeta, crujiente, fresca, despeinada, una flor suculenta de pétalos alborotados, si yo fuera un vegetal seguramente sería una lechuga.

 

 

 

La manzana indecisa como semáforo vial, puede ser verde, amarilla o roja según le plazca pero siempre es blanca por dentro si está en su punto, color café si se está oxidando o negra si se ha echado a perder.

 

Las palomitas blancas, que rebotan dentro de la bolsa de papel que las transforma; su origen dorado cuando son grano de maíz es el punto de partida de su pulcro color blanco y la silueta caprichosa que las caracteriza. Traviesas desbordan entre los dedos y dejan siempre un olor particular en la habitación.

 

 

 

 

 

La figura de la berenjena combina majestuosamente con su color violeta, se protege con su apariencia hostil pero es un regalo comerla horneada con queso y especias. Me da la impresión que es una anciana, no me imagino una berenjena joven corriendo un maratón.

 

 

 

Ojalá me pudiera comer un pedazo de cielo azul, pero casi no hay comida natural de ese color. Hasta parece extraño pensar en tomates, hongos, bayas o fresas azules pero las hay. Sin embargo prefiero un algodón de azúcar color celeste para compartir.

La vida no se come Vida y tampoco es de color rosa, pero bien vale la alegría transitarla si me encuentro con tu risita multicolor.

Sobre El Autor

Tania Martínez Suárez
pros_critos@hotmail.com

.mujer.esposa.madre.hija.hermana.amiga.

Interesada en seguir aprendiendo, amando y creando; me conmueve y compete todo lo que conlleva el acontecer humano, me encuentro en constante proceso de cambio y creo firmemente que las cosas pueden cambiar con ayuda de todos

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