Nació en Hidalgo, por eso ella debe ser considerada una mujer bella y airosa, Margarita Michelena aseguró que su poesía representaba la mejor autobiografía que podía escribir y retó: “si quieren conocerme, encuéntrenme en mis poemas”. Su hija narra el nacimiento de esta poeta y periodista:

Llegó al mundo la noche del 21 de julio de 1917 en una vieja casona de Pachuca. A su madre la asistió Goya, la fiel mujer otomí de lengua dulce y suaves manos morenas. Fue una hermosa niña de fulgurantes ojos azules. Mientras la sostenía en brazos por primera vez, Benita suplicaba: “Dios, no me la quites como a los otros… es tan linda. Se llamará Margarita, en honor a Santa Margarita de Alacoque, que hoy celebra su día”. Su padre, Leopoldo, el castellano recio con su muro de amor inexpugnable, no había regresado de la mina con cuya dureza se hablaba de tú. Goya limpió a la niña y la vistió con la ropita que Benita le tejió con sus manos de hada celta. Así pasó sus primeras horas en este mundo Margarita Michelena…

Es así como Andrea Cataño logra evocar el nacimiento de su madre. Para pintarnos ese momento con amor y respeto, con ternura y melancolía. Pachuca ya era bella y airosa, el viento soplaba suavemente en julio, el aire suspiraba esperanzador sobre el día 21 pero al mismo tiempo la fuerza de un huracán pronosticaba el nacimiento de una hidalguense que arrullaría palabras, levantaría torbellinos de poesía y tifones periodísticos, era 1917.

Su infancia en la Bella Airosa fue el pretexto ideal para tener la certeza de que el “hermoso oficio” del naranjo es “hacer soles menores”. Y caminaba por los paisajes hidalguenses para jugar a que recogía esos signos y palabras “que se le caen a Dios entre la hierba”.

¡Qué sencillo resulta elegir frases de sus poemas para armar su biografía, y así de sencillo suponer su infancia y atisbar su pasado de niña inspirada gracias a su tierra natal! Y esa niña, descrita por algunos de sus entrevistadores o biógrafos como flaquita y “extraña”, ya tenía una certeza.

Margarita Michelena  había venido de un pueblo de Hidalgo. Ahí había transcurrido su niñez, extraña niñez que no necesita de muñecas, amigas y matatenas. Las gentes del pueblo habrán creído que estaba enferma esa niña delgadita y seria cuya tristeza no se conmovía ni ante los dulces “alegrías” que cualquier niño mexicano normal puede saborear a tres por centavo. Habrán creído que estaba enferma o que estaba “locada”. Porque era eso de que en lugar de vestir muñecas y jugar a los listones, se fuera allá por detrás de la casa, al patio, con un cuadernito y un lápiz, solita y sin hablar a nadie. Habrán creído que estaba enferma o que estaba  “tocada”. Lo que no creyeron nunca  es que esa niña flacucha de siete años se escondía entre los magueyes para escribir versos.  Versos azul ingenuidad, como el cielo y el mar y los ojos de su madre. Sus temas.

Margarita encontró en la escritura su vocación pero quiso prepararse lo mejor posible. Se fue a la Ciudad de México a estudiar a la Universidad Nacional Autónoma de México y se inscribió en la Facultad de Filosofía y Letras, ubicada en esa época en el edificio de San Cosme. Seguramente ella observó la perfección de los balcones del antiguo edificio de Mascarones.  Atrapó esa belleza seductora de su herraje. Caminó por la calle de Naranjo para seguir sus huellas literarias y reencontrarse con esa niña que desde pequeña tuvo una certeza: ser poeta.

Tal vez alguna tarde de otoño, mientras pisaba nostálgica las hojas caídas de los árboles, evocaba a la Bella y Airosa, esa ciudad que la vio nacer. Seguramente, mientras se recargaba en un frondoso árbol de esta Alameda de San Cosme recordaba el vuelo centelleante de las palabras que ya giraban en su mente y en su alma. Su vida y sus decisiones se asemejan a las cariátides que adornan ese edificio de Mascarones, donde estudió, leyó, se aproximó a la perfección poética y afinó su alma de poeta bellairosa. Su ayer en Pachuca y su ahora en la Ciudad de México, la niña hidalguense y la joven poeta marcaron el ritmo de su adolescencia. La solidaridad y complicidad de su generación fue determinante para encontrar los primeros espacios donde pudiera publicar sus composiciones.

En 1943 la revista especializada Tira de Colores dio a conocer el poema de su autoría titulado Canto a mi tierra. Un espacio muy significativo para ella y para las mujeres de su época que empezaban a dedicarse a la literatura fue la revista América, que dirigió el poeta Efrén Hernández. En este periodo también dará a conocer sus poemarios. El primero se tituló  Paraíso y nostalgia (1945).

El orgullo y la alegría estuvieron presentes al contemplar que su poesía podía quedar cautiva en páginas blancas que gracias a ella se llenaban de imágenes literarias. Seguramente el público lector se acercó porque el título era evocativo y prometedor, posiblemente fue conmovido y provocado, indudablemente seducido y fascinado. Sobre todo, si entre algunas páginas encontraron estas frases, escritas con puño y letra femenina, con alma de poeta, inspirados en un paraíso que llama a la nostalgia o con una nostalgia que promete un paraíso.

El siglo XX llegaba a la mitad y Margarita Michelena ya empezaba a publicar sus poemas y escritos, vivía con un hombre que amaba y la comprendía, tuvo una hija y un hijo. Pero su currículum, su testimonio de vida, su historia centelleante y sus notas para dibujar un árbol genealógico apenas empezaban a ocupar los primeros renglones de su vida.  Exploró otros espacios y se acercó al micrófono, al sonido y las sintonías. Fue así como empezó a escribir guiones para radio. Destaca que participó en la primera estación radiofónica fundada por mujeres en México: Radio Femenina, durante los años de 1952-1959.

En 1969, quizá sin saberlo, tal vez ya con la certeza, Margarita publicará sus dos últimos libros de poesía El país más allá de la niebla y Reunión de imágenes. Y mientras la poesía descansaba en sus libros, Michelena tocaba el piano, aprendía griego, sus ojos verdes seguían penetrando el alma de quien la conocía mientras su cigarro en la mano le daba ese aroma de diva poética.

Era delgada, hiperactiva, dueña de una memoria y una cultura extraordinarias, ávida siempre de conocimiento. Intelectual por una parte y, por otra, totalmente femenina: leía a Unamuno y tejía suéteres divinos; escribía sonetos quevedianos y preparaba un bacalao extraordinario…y bordaba en petit-point. A ella nada se le dificultaba, con excepción de conducir autos y cambiar pilas.

En 1978 recibió una invitación provocadora: ser parte de la página editorial de Excélsior y en 1980 de la revista Siempre! Fue una periodista muy crítica, algunos políticos hasta le temían porque era directa pero sobre todo una periodista que siempre argumentaba con razones y testimonios. Hasta el último día de su vida escribió sus artículos periodísticos.

Pero esa vida activa, esa vida de ideas y pensamientos, de retos y aventuras tuvo un abrupto alto. En 1995, un síndrome provocó que su cerebro drenara líquido y empezara a perder lucidez, a caminar con dificultad, a perder el habla. Durante tres años estuvo enferma y fue operada. La recuperación fue lenta. Por simple tenacidad y capricho, por esa necedad de salirse con la suya, Margarita Michelena se fue recuperando. Dejó la silla de ruedas, regresó a su casa, volvió a tener la independencia y el dominio de la palabra.

Fue en marzo, un día de marzo de 1998 cuando Margarita Michelena se hizo eterna

El día 26 llamó a su hija para invitarla a comer. Andrea estaba muy ocupada y le dijo que mejor en otra ocasión. Pero a lo largo del día, le parecía escucharla: “mi niña preciosa. ¿Sí vienes a cenar?” Y a cada hora aumentaba en su alma una angustia inexplicable pero muy cierta. Lo más pronto posible volvió a llamar a su madre y le dijo que ahora ella la invitaba a comer. Fueron a un restaurante. Platicaron de temas de política, de literatura, de cosas cotidianas. Ya saboreaban el postre y de pronto… Margarita empezó a toser, a toser, a toser… A no poder respirar… A faltarle el aire… No poder respirar… La asfixia ante los ojos de Andrea, ante el terror de una mujer que se siente una niña que no sabe qué hacer. La desesperación de una hija que siente perder en las manos la vida de quien se la dio tan generosamente… Las palabras pierden aliento, las frases parecen sofocarse, las ideas giran en una espiral asfixiante.  Suspiros entrecortados que se aferran a los paisajes de la Bella y Airosa. Exhalaciones que se detienen ante el poema que sigue latiendo. Alientos que ya no pueden aferrarse a la palabra impresa. Respiros que ya no rozan la vida, que quieren poner punto final a la inspiración. Margarita se va sin aliento, Margarita guarda silencio por primera vez sin su vida, con su muerte.

Y es en este mes de marzo, que recordamos a Margarita Michelena, la poeta, la periodista, la hidalguense, la mujer.

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