Frente a la televisión jugaba a ser la sombra de la mujer que flotaba entre el tul y la organza, enfundada en trajes bordados con hilo de oro y cristal.
Quería ser la bailarina que se elevaba en un par de zapatillas con elegancia y fuerza en pointe.
Quería ser la muñeca de mi caja de música, quien con delicadeza giraba en su eje sin perder el control ni la sonrisa al compás de Tchaikovsky.
Quería ser la niña que amaba en secreto a un cascanueces hechizado por la reina de los ratones.
Quería ser la que en un pas de deux moría en los brazos del otro.
Quería ser…
Sólo eso quería ser

 

SOY ALEJANDRA, comunicóloga, un intento de periodista, de dibujante y de fotógrafa, sin embargo, desde que tengo memoria fui, soy y seré siempre una bailarina, ahora fragmentada en el interior, en constante búsqueda de las piezas perdidas de un bello, colorido y luminoso sueño que se volvió pesadilla.

No culpo a la danza por las marcas que yacen en mí y se agudizan cuando la noche cae, mientras el helado aliento de las alturas se cuela por las sabanas para recordarme los límites que desee romper por voluntad a través de mi cuerpo, con el único fin de sentirme libre con cada movimiento que valió la pena los desgarres de las plantas de los pies, de la parte interna de los muslos, los esguinces de segundo grado y el síndrome de compresión de los tobillos, las contracturas musculares en la espalda, el trapecio, el cubito y los dorsales; la ciatalgia por sobrecarga, metatarsalgia, tendinitis de Aquiles, la desviación de los dedos del pie y la neuroma.

No lo hago, a quien culpo es al sistema de educación artística que jamás nos brindó apoyo nutricional para que mis compañeras evitaran devolver cada una de sus comidas en los baños del estudio, en que a los ocho años me agobiara por cada maldito gramo que subía, por contar las calorías de las barras de cereal que consumía sólo una vez al día y que al mirarme en el espejo del salón mi imagen se deformara hasta el día de hoy, que evito cada reflejo que pueda mostrar mi cuerpo imperfecto para la disciplina clásica; porque nunca nos dio servicios psicológicos para evitar que las semillas del autodesprecio, sembrado por algunas “maestras” germinaran en nosotros, al no cumplir con la piel de porcelana blanca, por el busto pequeño, las caderas estrechas o el torso largo que ellas me demandaban a los 10 años.

 

danza-1-10

Foto: Alejandra Zamora/LaRecoletaDigital

 

Los culpo por mostrarme de manera cruel y a muy corta edad, lo que supe desde que el maestro José Mancillas me miró tras sus lentes de media luna, con la experiencia y fuerza de sus ojos azules, el día que me examinó para entrar a la Escuela de Artes; yo jamás podría dedicarme de manera profesional a la danza clásica, mi físico jamás lo permitiría, y no se equivocó.

Pero gracias a él mi amor por esta disciplina jamás murió, fue él quien me ayudó a explotar por un breve tiempo mi potencial y ubicarme a los 10 años con chicas que me doblaban la edad, él me brindó junto con una maestra cubana de cabello fuego, discípula de la gran Alicia Alonso, la oportunidad de usar mis únicas puntas color durazno en las tarimas del exconvento, él me hizo aceptar el dolor de mi cuerpo y transformarlo en arte que sana las heridas, bajo la luz del escenario.

Sí, mis zapatillas se destrozaron cuando dejé que mis sueños se transformaran por una persona, tal vez me faltó voluntad para pelear contra el acoso de quien debió protegerme, pero con el tiempo descubrí que no estaba sola en mi historia y que nadie podría arrebatarme la memoria de haberme presentado ante un lleno total en el teatro San Francisco, de ser una de las tres seleccionadas por la cátedra cubana para mostrar la disciplina en televisión, de saltar los límites de edad del sistema escolarizado por mis aptitudes, de sentir el equilibrio de mi alma y cuerpo cuando me levanté por primera vez en puntas y de casi alcanzar a los 11 el título de bailarina ejecutante.

Y disfruto de ver la danza cuando mis amigos Héctor y Mayra la interpretan con una llama que yo alguna vez tuve, disfruto de fotografiarla de vez en vez, cuando una compañía se presenta y la cámara está a mi lado, disfruto de sentirla cuando estoy sola en mi casa y recuerdo lo que fui en el pasado…

 

…porque yo amo la danza y por la danza viví

 

danza-1-9

Foto: Alejandra Zamora/LaRecoleta

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.