Ninfadora Isabel Aguilar Galindo llegó a mi vida hace un par de meses. Una pequeña gata que no quería salir del baño por miedo. Maullaba tristemente, esperando, quizá, el rescate de su mamá.

Fue a parar a la casa de una casi ninfómana (y debo especificar el casi), alguien que la quiere castrar para no dejar su descendencia, pero que no puede dejar de fornicar. Así de contradictoria es la vida, los humanos tenemos sexo y prohibimos a nuestras mascotas reproducirse. Chingona, pensaría la Dora.

Y no, su nombre no se basa en que quiera que la gata sea potencialmente sexual, si no a conocido personaje de la saga Harry Potter. Sin embargo, en cuanto mis conocidos oyeron su nombre, inmediatamente pensaron en sexo.

Semanas después, leí una nota sobre el aumento de casos de zoofilia en algunas delegaciones de la Ciudad de México y ante mis ganas de escribir al respecto, decidí que esta Farola debía tocar el tema.

Apenas unos cuantos textos aparecen en la red sobre zoofilia. Ninguno desde luego, que justifique a quienes padecen este trastorno. La serie de Netflix ‘Black mirror’ refleja esta situación mejor que nadie en su primer capítulo: un político forzado a sostener relaciones sexuales con un cerdo.

Y por burda que parezca la historia, es un relato contemporáneo reflejado en la sociedad que vivimos: cuando escuchamos “sexo con animales” nuestras primeras reacciones son gestos de asco y palabras altisonantes. La moral dicta: ¿cómo sostener relaciones con nuestros mejores amigos, llámese perros o gatos?

La idea del sexo con un caballo, una vaca o un burro (por aquello de la primavera) nos parecen aún más inverosímiles, pero autoridades o sociedades protectoras de animales documentan casos de este tipo, sobre todo en zonas rurales.

Google muestra más de 10 páginas (ya no quise ver más) con portales porno que exhiben esta práctica, lo que significa que más de uno está obsesionado con la idea de acostarse con animales.

Cuando vi el capítulo de ‘Black mirror’ creí que nadie vería la trasmisión de un político fornicando con una cerdita sedada (porque en la serie, la televisión transmite el suceso) y me asombré cuando todo el país (al parecer Gran Bretaña) veía las relaciones. Acto que además, salvó la carrera del ministro.

Apuesto que si eso sucediera en la vida real, sería igualito. Asombrosa la doble moral de nuestra era. Yo por eso no dejaré que ni siquiera un gato toque a mi Dora.

 

¡Hasta la siguiente farolos!

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