El libro que tiene el lector en sus manos es una compilación de textos urbanos sobre ciudades imaginadas, soñadas, negadas, enmascaradas, redimidas… son 18 relatos de autores de distintas edades y temperamentos literarios. Los une una cosa: el amor de la calle

“CALLEJEROS” empezó a gestarse gracias a la generosidad de Agustín Cadena, escritor hidalguense que lleva 30 años impartiendo talleres de narrativa. Tantas personas hemos pasado por sus observaciones y sabiduría. Así, gracias a su invitación, 17 personalidades afinamos lapiceros y tecleamos con inspiración, gracias a cada comentario, a cada lectura en voz alta.

“Callejeros” fue pariendo poco a poco 17 textos, el mismo Agustín Cadena los describe así, en el prólogo: “El libro que tiene el lector en sus manos es una compilación de textos urbanos sobre ciudades imaginadas, soñadas, negadas, enmascaradas, redimidas… son 17 relatos de autores de distintas edades y temperamentos literarios. Los une una cosa: el amor de la calle, que es el ejercicio contemporáneo del mester de juglaría. Los separa la luminosa variedad de sus paletas, unas más oscuras que otras, todas disforizantes, distópicas, y sin embargo llenas de sorpresas. En algunas historias la ciudad es simplemente impredecible; en otras es perversa o desolada, onírica, fría, violenta, burlona, apocalíptica, seductora…

“Callejeros” se fue cincelando poco a poco. La editora más bella y hermosa de la región hidalguense, Mayte Romo, le empezó a dar forma. Empezó una intensa campaña, para financiar. Ahí está Toño Bauti, convenciendo a personas y organizaciones. Ahí estamos cada integrante siguiendo nuestra página para observar que ya lleva el 1 por ciento de apoyo, el 10, el 25, el 50 por ciento. Tantas personas y organizaciones, apuestas por la literatura, solidaridad editorial. Mayte haciendo videos de promoción. Raúl Alburquerque y el entusiasmo total, el compromiso que conmueve. Se lleva el 66 por ciento, el 75. Se persiguen patrocinadores, se convence de buena fe. Se llega al 83 por ciento. Gaby Cruz y nuestra editora salen en la televisión para acelerar los apoyos. Raúl Alburquerque nos quita la respiración: 95.7, 98.2, 98.9… Y el primo de un gran aliado, Higo Jaciel Mendoza, dona para llegar al cien por ciento, sí 100 %. Nuestro libro es una realidad.

“Callejeros” es revisado, arrullado, peinado y bien vestido, así el viernes 4 de agosto es presentado por primera vez. El prólogo escrito por Agustín Cadena resuena en mi corazón:

Largo sería comentar en este espacio cada uno de los 18 relatos. Baste decir que empezar a leer esta colección es emprender una caminata por calles laberínticas que nadie recorrerá sin encontrar en ellas un signo, una joya, un billete perdido entre la basura de los mercados y los trebejos de las azoteas…

“Callejeros” está aquí, los cuentos son:

Nephos, de Sandra Luna
Cruce, de Diana Teresa Pérez
Tánatos, de León Cuevas
Avenida Concepción, de Gabriela Cruz Valdés
El Pelusa y José, de José Antonio Bautista Quiroz
Keep Walking, de Alessandra Grácio
Palabras al viento, de María Elena Ortega
Libros de cocina, de Luis Pineda V.
Aves, de Cristina Manterola
Sin rencor, de Raúl Alburquerque Fragoso
La última metamorfosis, de Leonides Afendulis García
En do y en re, de Jovita Zaragoza Cisneros
Empezar desde cero, de Hugo Jaciel Mendoza Hernández
Alimentar a los cerdos, de Eduardo Islas Coronel
El pez, de José Manuel Ortiz Soto
Esa mañana, de Silvia L. Cuesy

Y me conmuevo como nunca, mi nombre entre tanta gente maravillosa:
El octavo día, de Elvira Hernández Carballido

Por eso, escribí el día de su presentación –a lo que no pude ir pero ahí estuve de corazón, vendrán otras lo sé-

Hace un año, yo caminaba muy tranquila por una calle (la misma que es ahora escenario de mi cuento), sin saber que caminaba para encontrarme por primera vez con alguien que me provocaría para amar más las palabras, para acomodarlas juntitas con más cuidado que antes. Y así fui aprendiendo que las palabras podían darse codazos de complicidad, guiños de coquetería, hacer travesuras, compartir pasiones bajas o retozar en la luna llena. Con implacable ternura ese alguien me enseñó a escucharme cuando leí en voz alta para descubrir que era posible hacer magia con mis propias palabras pues con sabiduría y generosidad me compartió los trucos más sencillos pero a la vez más complejos para que con esas palabras yo hiciera historias, historias dignas de compartir.

Fue así como en pocas semanas, mis inseguridades se debilitaron y mis certezas imaginarias tomaron la forma de un cuento, de un relato o de prosa poética.  Fui testigo presencial de la forma en que el estilo elvirino se sacudió por su bien, un estilo que retozaba gozoso en el campo del periodismo y ahora se cruzaba de indocumentado al lado de la literatura.

Así, la periodista que soy empezó a dar sus primeros pasos en terreno literario porque alguien me dio la mano para cruzar poco a poco sin mancharme mucho, sin traicionarme y no claudicar pese a los señalamientos de la perfección inexistente. Entonces fui aprendiendo con todo y los raspones con los gerundios, los tropezones con la puntuación, las necedades de mi intento de poesía, lo testarudo de mi inspiración, lo gozoso de mi vocación y lo atrevido de mi imaginación, la literatura me dejaba colarme por los recovecos más excéntricos hasta lograr brincarme su barda con alevosía total.

Mi alma de periodista le empezó a hacer espacio a estas ganas de escribir ficciones, a este atrevimiento de crear personajes, a delatar lo que siento en un voz de una narradora que podía ser y no ser, a pasarme noches decidiendo finales que no fueran extravagantes ni tampoco obviamente infelices, a encontrar en el perfil de mi vecina de viaje la descripción exacta de los rasgos de mi personaje principal.

Por eso, cuando me pidieron escribir un cuento donde la ciudad, las calles y las aceras fueran el eje de mi inspiración acepté de inmediato porque lo aprendido me daba la brújula ideal para atreverme a escribir en serio, de verdad, con gran compromiso, mi primer cuento como tal. No fue difícil decidir el tema, darle un tono desde le primer párrafo, asomarme a la venta y atrapar mi historia. Mientras cruzaba de una calle a otra en busca de mi historia fue este viento generoso el que me trajo las palabras, palabras que me llegaban todas despeinadas pero yo ya estaba aprendiendo a peinarlas cuando era necesario y a desgreñarlas cuando la anécdota lo exigía.

La historia que elegí para este espacio editorial, llamado “Callejeros”, surgió mientras daba pasos por una ciudad que me había costado descubrir pero que ya era entrañable. Donde llegué siendo una extranjera asustada y terminé siendo un Bellairosa cautiva. Y lo juro, por primera vez en mi vida, con todo y mis 30 años de periodista, tuve un texto en mis manos que fui creando con lento gozo, que revisé mil veces. En cada párrafo yo sentía tener entre mis manos no un lapicero sino un cincel. Revisaba cada frase con verdadera atención. Me leí en voz alta y descubría lo que sonaba raro, mal, absurdo. Las palabras parecían estar sentaditas frente a mí y yo las elegía gozosa, cariñosa, atrevida, pecadora. Las calles que no existían llegaron a mí, la ciudad que yo inventé me gustaba y paseaba por ella con verdadera libertad y descaro. Inundaba la calle que quería para liberar a mis sirenas y atar a un mástil a mi amor posible.  Visitaba las iglesias que yo inventé y donde se hacinaban santas pecadoras a las que rezaba con toda la fe de mi ateísmo. Me columpiaba en parques que jamás existirán para pedir que lloviera y se despintara el rojo que lastimaba a mi amoroso corazón.

Por eso, formar parte de “Callejeros” es una fiesta y una sorpresa, un gozo y un orgullo, un apretoncito en mi alma de poeta maldecida y una caricia a la forma en que las palabras logran enamorarme. Las palabras, las mismas que en un taller de narrativa aprendí a gozar más, a jugar con ellas, a burlarme de mí misma con ellas para tomarme en serio, para aprovecharlas al máximo.

Las palabras, la escritura y la literatura, trío que creo posible en mi vida ahora que palpo esta alegría de haber logrado editar “Callejeros”. Las palabras, las mismas que ahora son más aliadas porque alguien me acercó a ellas con la fuerza de la disciplina y el compromiso de la inspiración. Gracias Agustín Cadena por ser mi maestro y por haberme invitado a esta aventura literaria, por darme la mano y ayudarme a cruzar del lado literario,  donde hoy retozo feliz gracias a “Callejeros.

Y fue así como en “El Octavo día” escribí:

Y en el principio los cielos de mi ciudad se volvieron color mar…

Cada atardecer provoca chubascos en mi ciudad, así la avenida principal se transforma en el mejor pretexto para recorrerla entre oleajes de espuma caliza. Me dejo llevar por sus corrientes y soy capitana de un barquito de papel, resignada a mi fragilidad, sin timón para perder el rumbo de mi destino. Pero luego de un largo recorrido me acuerdo de que soy sirena, salto por la borda para chapotear entre dulces remolinos o maremotos provocados. Nado en contracorriente por capricho y un poco de vergüenza, el agua salada no es del mar, es mi llanto por ti.

Sumergida en mí misma esquivo arrecifes que antes fueron edificios donde se hacinan mis miedos sin ti. Cruzo calles solitarias en pleno nado libre y sostengo la respiración para demostrar mi fortaleza pese a mi cobardía de quedarme sola. Los camellones son ahora islotes llenos de caracolas que guardan sonidos de un mar que no existe. Los peatones son náufragos que me traicionan y en cualquier descuido lanzan botellas al mar con recados firmados donde juran que pese a todo, no te he olvidado. Deseo encontrarte amarrado a un semáforo en forma de mástil y comprender por qué te has resistido a mi canto, porque mis redes no quisieron enredarte más y más.

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