La auténtica literatura estaba en las bases, en la gente que escribía con el corazón y no con la cabeza, de que eran esos los verdaderos escritores y no los patanes como yo, incapaces de ver más allá de una falta de ortografía o una coma mal colocada…

Me invitaron a la sesión de un club de escritores amateur. Querían que yo, que tenía un poco más de experiencia que ellos en el mundo de las letras, les diera mi opinión de los textos en los que trabajaban. Desconozco en qué punto se deja de ser un autor aficionado para convertirse en uno profesional, y aunque dudo mucho ser lo segundo acepté de cualquier manera.

Nos reunimos en un cafetín del centro. Me dieron la bienvenida y luego se presentaron. Algunos eran bastante jóvenes, otros no tanto. La práctica y la ambición eran variadas: los había que apenas garabateaban sus primeros poemas, tímidos, y que ya trabajaban en novelas y libros de cuentos, deseosos de que el mundo los aplaudiera. Me facilitaron una copia de los textos que abordarían aquella tarde, paciente los escuché y leí junto con ellos el siguiente par de horas. Al final pidieron mi opinión.

Todas las miradas de la mesa se clavaron en mí y fui franco: en esas hojas habían versos apasionados y relatos ingeniosos, sin embargo, a todos ellos les faltaba trabajo en mayor o menor medida. Les expliqué que un autor no debía permitirse faltas de ortografía, mala puntuación o gramática y redacción deficientes, pues con ello no solamente le falta al respeto al lector que pretende cautivar, sino a su propia obra. No obstante, sus poemas y cuentos tenían salvación, y me ofrecí a ayudarles con ello si acaso estaban dispuestos a dedicar algunas tardes a pulir sus letras. En atención a su entusiasmo, lo haría sin cobrar honorarios.

¡Ay! A menudo uno obra de buena voluntad sólo para descubrir que ha metido la pata; tras mis observaciones, todos me miraron desconcertados y guardaron un silencio inquietante antes de arrojarme sus atropelladas réplicas: dijeron que era yo un pedante, un esnob y un malagradecido, pues ellos me invitaron de buena fe (incluso con un dejo de admiración) y yo les había hecho una grosería, los había juzgado, los había tratado como basura y no como colegas, y es que ellos buscaban en mí a un mentor, a alguien que les tendiera la mano y no que les escupiera en la cara, pero eso se ganaban por creerme distinto de otros autores de la élite —¿cuál élite?—, tan engreídos y empeñados en obstaculizar a los talentos nóveles, pero ya me daría cuenta algún día, advirtieron, de que la auténtica literatura estaba en las bases, en la gente que escribía con el corazón y no con la cabeza, de que eran esos los verdaderos escritores y no los patanes como yo, incapaces de ver más allá de una falta de ortografía o una coma mal colocada, y sabrá Dios cuántas tonterías más me dijeron antes de que levantaran la sesión y cada quién tomara su camino sin reparar en mí.

Por mi parte, regresé a casa bastante confundido por esta reacción suya, y luego me enteré de que esa misma noche publicaron un texto en las redes sociales del club (tan mal redactado como el resto de los que leí) a propósito de la “desagradable experiencia con el pedante escritor Erasmo J. Valdés”, a quien incluso referían como persona non grata en el último párrafo.

Caray. Bien dicen que mueres guardándote tu opinión de lo que escriben los demás o vives lo suficiente para corregirle la ortografía a alguien y convertirte en un villano.

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