Algunas letras nos sentencian, otras nos dan vida y otras más, nos provocan la muerte.

Todo el mundo está compuesto por letras, que se convierten en palabras, oraciones y párrafos enteros. Con la palabra podemos llegar a lugares insospechados e incluso alcanzar aquello que pareciera imposible.

Las personas somos letras desde el momento en que nos presentamos: -Hola, soy Rosario, la reina madre y, #HastaQueYoMuera, nadie podrá ocupar el trono.

En este cúmulo de letras y palabras (personas) que hay a nuestro alrededor; algunas nos dan vida y otras, incluso nos provocan la muerte.

Para ejemplificar esto, comenzaré con una letra que me dio vida: la V. Si bien Victoria salió de mis entrañas cual Alien, lo cierto es que ella le dio un giro a todo lo que sabía y me enseñó aquello que nunca creí aprender. Sin embargo, esa letra (la V), también me dio un poco de muerte, llevándose a una persona que, en un parpadeo, me cambió el norte y me dejó un poco más perdida de lo que ya estaba.

Entre vida y muerte, también está la letra de mi madre y la de mi prima: L y Y conviven y revolotean con las demás letras que habitan en esa F de ‘familia’. Todas con tipografía diferente pero están tan juntas, que es maravilloso apreciar cómo bailan al unísono.

En otro apartado de mi abecedario personal hubo una J que me hizo sentir vida y muerte, porque ésta última no siempre debe ser literal. A veces hay letras y palabras (o personas y acciones) que te trastocan, te rasguñan y te aplastan; suelen ser pasajeras, pero en su paso dejan una sensación de vacío, de tristeza, de muerte.

Cerquita de esa J, hay otras letras que también conviven una cerca de la otra pero nunca se tocan: las letras de todos esos amores fallidos y exitosos. Algunas son muy grandes y en negritas, otras están en minúscula y otras más incluso tienen un efecto de opacidad por su efímero encuentro con mi abecedario. Destacan un montón de letras D y G, una A con aire intelectual, la sensual E y apenas va naciendo una letra cuya forma aún no puedo describir.

Por supuesto que están las letras amigas. Puedes observar cómo algunas conversan entre sí e incluso traen una cerveza en la mano; otras están un poco empolvadas pero se mantienen; otras más están en el rincón porque nomás no eran letras amigas, sino un montón de garabatos confundidos.

Este abecedario personal está rodeado por grecas y un montón de símbolos que las adornan o que las opacan según el caso, según la letra, según la huella que dejan. Seguramente ni a los fenicios se les habría ocurrido tanta majadería escrita.

Sobre El Autor

Rosario Moctezuma

Reservada pero no tanto, culta pero no mucho, sensible pero a veces, chistosa pero no por gusto; comunicóloga, docente en proceso, haciendo mis pininos donde me agarre el hambre.

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