José Emilio Pacheco es sobre todo famoso por su novela de 1981 Las batallas en el desierto, pero un hecho igual de relevante —si bien menos conocido— es que escribió, junto con el cineasta Arturo Ripstein, el guión del largometraje de 1972 El castillo de la pureza.

 

ESTE drama urbano presenta el caso de Gabriel Lima (Claudio Brook), un hombre que ha mantenido a su familia encerrada durante 18 años en una casona del centro histórico de la Ciudad de México para resguardarla de los males que, afirma, proliferan en el mundo exterior. Su esposa, Beatriz (Rita Mancebo), se encarga del cuidado de la casa, mientras que sus tres hijos, Porvenir (Arturo Beristáin), Utopía (una joven Diana Bracho) y Voluntad (Gladys Bermejo) elaboran el veneno para ratas que Gabriel vende en los comercios de la capital para generar un ingreso. Son contadas las personas que saben de la existencia de la mujer y los niños (las vecinas afirman que en la casa vive un hombre solo), y el idealista progenitor en realidad sufre violentos arrebatos de paranoia y controla la vida de su familia en todos los aspectos: alimentación, vestimenta, educación, entretenimiento y hasta sexualidad (los hijos mayores, adolescentes, ignoran qué sucede al llegarles la pubertad).

El castillo de la pureza fue una cinta de producción accidentada: elegir al actor principal fue un martirio y Ripstein casi termina fuera del proyecto por eso. Recibió duras críticas al momento de su estreno por la crudeza de su trama y la inclusión de escenas “fuertes” para la época, pues muestra desnudos y un incesto que, si somos francos, no es tan impactante como hicieron creer. Es, sin embargo, una película recomendable más allá del “clásico de culto” por su buena ejecución cinematográfica y su guión. Queda en el aire una serie de interrogantes cuando ruedan los créditos: ¿Qué hay más allá del desenlace? ¿Qué orilla a un hombre como Gabriel a convertirse en el monstruo que vemos en la pantalla? A un servidor le parece el ejemplo máximo del “librepensador” que sueña con cambiar el mundo y, desilusionado por su impotencia, se escuda hasta las últimas consecuencias en una retorcida fantasía de su sociedad ideal. Los nombres de los hijos —Porvenir, Utopía y Voluntad— se antojan predeterminados en un plan fallido de vida, y la manera en que Gabriel vierte su frustración sobre su familia, con amenazas y violencia, lo hace ver como un hombre que busca un chivo expiatorio. “No fue mi culpa que las cosas salieran mal”. ¿Y qué decir de las contradicciones en que incurre, como comer carne en puestos callejeros cuando impone el vegetarianismo en casa, o contratar prostitutas mientras reprime la sexualidad de los hijos? Es un personaje fascinante.

Para los ávidos de perderse en el Internet: El castillo de la pureza está inspirada en la historia real de Rafael Pérez Hernández.

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