Tal vez nadie haya entendido el amor que Quiroga le tenía a la selva, nadie mejor que él comprendería ese vínculo misterioso que formó con el ecosistema, posiblemente ese haya sido, entre tantos, uno de los pasos amargos que arrastraba, la incomprensión por esa pasión a la naturaleza, que podría parecer una obsesión para mucha gente. Claro que el escritor vivió entre dolores toda su vida, estos parecían acompañarlo como amigos fieles. Mucha gente se estremece con algunos relatos como El almohadón de plumas, o La gallina degollada, su lado más atormentado. Pero no muchos han leído su lado tierno y dulce; quienes lean  Cuentos de la selva podrán conocer una escritura más cálida.

Horacio Quiroga, un hombre enfermizo y acongojado, descubrió las cataratas del Iguazú en un momento que le tocó trabajar como fotógrafo de las ruinas jesuíticas en la provincia de Misiones. Así, perdiéndose entre el panorama tan verde y alejado de la civilización, la famosa Garganta del diablo, fue un hallazgo transformador y, desde aquella epifanía, el escritor saltó de vivir siempre en Buenos Aires a hacerlo por temporadas en San Ignacio, Misiones. Él tenía preferencia por la provincia selvática y ahí crió a sus dos primeros hijos, pero tanto a su primera esposa, como más tarde a la segunda, jamás les agradó vivir alejadas de la urbe.

Sin embargo, el atormentado escritor encontraba una pizca de paz en el corazón de la selva y esto fue así hasta el fin de sus días, cuando padeció cáncer de próstata que lo consumió en dos años. Durante ese tiempo vivió entre hospitales, casi sin dinero, abandonado por su segunda esposa, fue entonces que decidió tomar cianuro para dar fin a su existencia, no sin antes despedirse de algunos buenos amigos. Una muerte parecida a la de su primera mujer, quien consumió una fórmula mata ratas y agonizó por días.

A la mayoría de los lectores puede costarles trabajo imaginar que aquella personalidad tan similar a la de Poe, a Baudelaire o a Maupassant, pudiera escribir para niños. Además, con antecedentes de libros como Historia de un amor turbio, o Cuentos de amor, locura y muerte, parecería imposible su autoría de cuentos dulces. Pero es tal vez ese amor incomprendido del autor hacia la belleza y los misterios de la selva, lo que provocó el libro de cuentos para niños que recopiló y logró publicar en 1918. El cuentario contiene ocho divertidos relatos de animales humanizados, similares a los que salen en las fábulas, varios con encuentros directos con los seres humanos, la raza extraña que trata de destruirlos o de salvarlos. Unos humanos son amigos y deben ser salvados por la naturaleza, mientras que los enemigos deben ser alejados o la misma jungla creará sus corazas para no dejarlos pasar.

Entre algunos relatos nos encontraremos con La tortuga gigante, Las medias de los flamencos, El paso de Yabebirí, Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre, La guerra de los yacarés, entre otros. Todos contienen ese fino toque de humor y dulzura, también una estructura de cuento muy bien elaborada, que confirman a Horacio Quiroga como uno de los mejores cuentistas, no sólo de Latinoamérica sino en la historia universal de la literatura.

Debido a la exploración sobre los géneros narrativos, Quiroga abarcó tanto el terror como el realismo, la influencia modernista, textos complicados y profundos, y el género infantil, uno de los más difíciles para la creación literaria. Cuentos de la selva puede ser disfrutable para cualquier edad. Además del hecho de estar dirigido a niños, tiene una estructura narrativa que atrapa de principio a fin a cualquier lector. A diferencia de textos como La gallina degollada, Las rayas o Dieta de amor, aquí no existe una marca de resentimiento contra la humanidad, ni una búsqueda por los rincones insólitos u oscuros de la mente.

En la recomendación musical, una banda de origen alemán, considerada como New Age y Rock Pop, que lleva el nombre de Cusco, por la región peruana del Cuzco. La agrupación hace diversos sonidos del mundo y tiene un álbum dedicado a cada región del planeta, pero entre sus canciones domina un recurrente sonido de silbatos e instrumentos de viento, de tipo indígena, que son hechos con sintetizadores. Su gusto por el indigenismo latinoamericano y lo cosmogónico se refleja en títulos de canciones como Montezuma, Inca bridges, The Legend of the red Woods, Quetzal feather, Mayan temple, White Bufalo, Flying condor, Andes, entre otras. En esta ocasión se presenta la canción Amazonas. Cusco se desintegró en el 2003, después de hacer su último álbum dedicado a la mitología griega y en 2012 hicieron una última recopilación de sus éxitos en un álbum, para después desaparecer definitivamente.

Con la canción Amazonas y Cuentos de la selva el lector tal vez pueda descubrir el corazón del Iguazú, el lugar que a Quiroga le cambió el rumbo de sus días.

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