¿Cómo fotografías a un fantasma? ¿Existen los hombres sin historia? ¿Qué guarda la mirada del hombre que mira a otro hombre? y ¿Por qué ascendemos mientras dejamos atrás a los demás? Enigma es la respuesta que se derrama por los rincones de la sala, donde el color negro de Benjamín Domínguez envuelve a sus personajes melancólicos, dolosos y curiosos, para hacerlos saltar de su marco, para empezar a envolverme con sus telas repujadas, sus seres translúcidos, sus flautas de oro, los ciclos lunares que se unen a sus cráneos y con sus tatuajes vivientes de peces koi, fénix oscuros y dragones serpenteantes, que me buscan para contar todas las historias que guardan cada una de sus pinceladas.

Los cuadros pasan uno tras otro y con ellos la duda sobre su verdadero mensaje crece en mí, busco desesperadamente una respuesta en los rojos vivos, los dorados deslumbrantes y en los melancólicos azules de sus telas, en los ojos cerrados y cabezas lampiñas de sus personajes, y en las siluetas de cuerpos antes existentes; caí en un remolino de referencias pictóricas al barroco, al hiperrealismo y el emocionalismo pictórico de Van Dyck.

La mirada recorre cada imagen pero la respuesta está más lejos cada vez, llegué al punto en que la incógnita me derrotó y tan sólo queda el disfrutar del enigma que guardan en sí mismas las pinturas de Enigma.

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Tatuadas en paredes moradas las palabras del fuego, los fragmentos de un discurso amoroso y los diálogos de la belleza, se introdujeron sutilmente hasta mi interior, para que contemplara el pasado, el presente y el futuro reflejado de mi propia existencia en el brillo castaño del bronce, en la palidez del barro zacatecano, en las miradas detrás de las máscaras, en el equilibrismo de las formas así como en las pesadas alas de los ángeles metálicos de Jorge Marín, quienes habitarán por una corta temporada el Cuartel del Arte, a través de la exposición Bronce y Sedimento.

Venas, ligamentos, músculos, hueso, arrugas y ojos carentes de pupilas están presentes en cada una de las esculturas de Marín, quien a través de ellas se cuestiona sobre el cuerpo mismo, sobre su afectación por el paso del tiempo, sobre su función como vehículo de sensaciones, de emociones, sobre su cercanía con la divinidad y el porqué de nuestro poco interés por él.

Nuestro cuerpo perfecto tan solo en toda su imperfección, porque cada elemento que se encuentra o se ausenta de él tienen un propósito, y aunque nos enfrentemos a él todos los días frente al espejos, a los reflejos de los cristales, a las fotografías, etcétera, seguimos sin aceptarlo, le restamos importancia; entonces, con sus formas que desafían la gravedad mediante esferas, cubos y andamios Marín nos envuelve en esa utopía de perfección y consciencia sobre el cuerpo que habitamos; se vislumbran formas verdaderas mediante el rostro oculto de una máscara y con alas ligeras hechas de estaño y cobre, que levantaran el vuelo hasta convertirse en arte, el arte de la raza de bronce.

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