El amor es una droga, y como ocurre con otras adicciones, aunque nos haga daño y lo sepamos, no la dejaremos

 

SIEMPRE he sido un creyente del amor, no sólo de su existencia, sino de sus bondades y efectos. Pero el haber disfrutado de él siempre ha conllevado sufrirlo, porque el amor es un fiel reflejo de quienes lo ejecutan; así que el amor, como nosotros, está lleno de cosas malas, lo cual no me ha impedido seguir buscándolo y cultivándolo.

Hace tiempo, en los ratos de ocio que antes eran bien gastados viendo programas educativos y que ahora son dedicados a funciones básicas como dormir o lamentarme por las decisiones que he tomado en mi vida, conocí en un documental un animal que me pareció fascinante.

En las planicies africanas existen variedad de peligros: desde ser comido por un león, un guepardo o un leopardo, hasta ser aplastado por un rinoceronte o un hipopótamo; ampliando el abanico de opciones podríamos ser atacados por las peligrosas abejas africanas.

Dentro de todos estos peligros, sobrevive un pequeño animal, no más grande que un perro; esta supervivencia la logra sin grandes ventajas evolutivas frente a los demás, como supondrían: unos grandes dientes, una sorprendente velocidad o un rifle sumado a una moral, digamos, dudosa. A pesar de eso, este amiguito es muy respetado por una cualidad que no puedo más que definir como locura o estupidez.

Es un animal increíblemente agresivo, es como ver un chihuahua con Red Bull, no ‘se abre’ a los tiros con los depredadores. Algunos podrían llamarle también valentía, no importa, sólo es una delgada línea la que la separa de la estupidez y la locura.

Este pequeño tejón es conocido por ser fanático de la miel (¿y cómo culparlo?). Sin embargo, el mayor problema con la miel es conseguirla: robarle miel a las abejas puede ser un suicidio para cualquiera; hacerlo a abejas africanas, raya en el masoquismo. Pues este tejón, en un acto sorprendente, roba la miel y huye tan rápido como puede de la furia de las abejas.

Cuando consigue hacerlo exitosamente, obtiene la deliciosa miel y, claro, algunos piquetes, recordatorios, cicatrices, marcas de experiencia; cuando las cosas no salen tan bien, el tejón muere, víctima de los múltiples piquetes.

Ese tejón es mi ídolo. Porque a pesar del riesgo no se detiene en su búsqueda de esa deliciosa sensación. Porque incluso si las cosas salen de la mejor forma posible, siempre recibirá dolorosos piquetes. A mí me recuerda al amor.

El amor es como conseguir esa miel, así como el tejón no puede ir a una tienda y conseguir la miel sin los piquetes de las abejas, nosotros no podemos pedir un amor perfecto, no podemos esperar amar sin sufrir nunca. Y eso es parte del amor, que tiene sus momentos alegres y sus momentos de tristeza. Las cosas buenas no pueden serlo si no contamos con una parte negativa con la que comparar, sólo extrañamos al Sol cuando está nublado, sólo extrañamos respirar normalmente cuando estamos enfermos y sólo comenzamos a ser buenas parejas cuando las cosas ya no son como eran antes.

El amor es una droga, y como ocurre con otras adicciones, aunque nos haga daño y lo sepamos, no la dejaremos, porque el daño no se compara con los beneficios que sentimos, porque corazones rotos se olvidan en cuanto comienzas a sentir esa sensación en el estómago, cuando sabes que vas a ver a alguien.

Por eso me fascina el tejón mielero, porque me enseña que en el fondo todos somos así: todos tenemos esa capacidad de volvernos vulnerables por una deliciosa recompensa, en el fondo todos somos valientes ¿o estúpidos?

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