Desde que nació, preferí más a la Feria Infantil y Juvenil que a la Feria Universitaria del Libro y a esta segunda no le niego su aportación para que me gustara el jazz o el rock, aún recuerdo un puesto que vendía casetes…

 

…ALLÍ encontramos el Dark side of the Moon en vivo, una rareza-reliquia, y en aquellos años, cuando la piratería aún no alcanzaba los niveles actuales, hallabas joyas como una copia de manufactura rústica a mano propia de Kind of blue, de Miles Davis. Esa feria hoy se ha mudado de los portales de la Plaza Juárez.

Pero hace 17 años nació una feria que siempre ilusionaba, esa que todavía se hace en la vieja instalación del Ferrocarril en Pachuca. Tenia 17 años cuando todo comenzó.

En la Feria del Libro Infantil y Juvenil uno siempre se lleva, incluso hoy, gratas sorpresas: allí llegó un día Elmer Mendoza, quien se convirtió en mi autor predilecto cuando lo oí renegar del boom latinoamericano, cuando me hizo sentir que no estaba solo, que no tenía nada de malo no sentir atracción por Paz o García Márquez o la idolatrada Rayuela de Cortázar para sembrar la semilla de Miller y Joyce, lo beats ya habían llegado algunos años atrás, entonces surgió un puente con la literatura de habla inglesa.

Cómo olvidar la presentación de Xavier Velasco y su Edad de la punzada, casi en lágrimas contó que ese libro no lo pudo leer su madre a quien se lo dedicaba, o la del recorrido al lado de Fadanelli, quien al darle a firmar un libro de cuentos se sinceró: ese texto se lo había dado a Almadía para tener un poco de dinero. Le reproché que en su libro Lodo había hecho su Lolita de Nabokov, cómo olvidar que esa misma tarde conocí al Blanc y su olor a sardina y carro viejo.

También hubo un tiempo en que la escritura experimental tuvo su espacio, Bernardo Fernández, de quien aún espero recuperar mi libro firmado y dedicado con un dinosaurio, o Bef pintando a mano, mientras alguien escribía otro tocaba y alguien más leía. En los últimos tiempos nuestros célebres ganadores del Ricardo Garibay y del Efrén Rebolledo también intentaron un espectáculo performance con visuales que más menos lograron su acometido. Una tarde de esas, en la Feria del Libro Infantil y Juvenil, tuve el chance de conocer esa editorial que invitaba a músicos roqueros mexicanos a escribir.

Una noche de frío, Austin TV tomó el escenario, hace muchos también lo hizo Druidas o Yucatan a Go Go o Patita de Perro o Sonido Lasser DrakarReal de Catorce también estuvo ahí.

Tambien recuerdo la emoción de encontrar un stand de Anagrama o de Tusquets o La distinción, de Bourdieu, por 100 pesitos, o ese inevitable arrepentimiento de no comprar un texto de Naief Yehya, la tristeza de haber perdido dos veces Amor líquido, de Bauman, y volverlo a encontrar entre los libros de esa feria.

Este año, esta edición que prometió tanto por su doble homenaje (Juan Rulfo y Margarita Michellena), me pareció vacía, sin ganas; la recorro con el arrojo de siempre, deseo encontrar algo que me vacíe el bolsillo, que me evite comprar cervezas, que me permita leer por las noches, tardes y días, pero no. Una Fundación II, de Asimov, muy lejos del precio justo; dos textos de Miklos apenas asoman un atisbo de entusiasmo, un libro no encontrado de Luiselli baja la moral. Ya llevo casi la mitad de la fila de puestos de libros y todavía nada, ni una cosquilla.

La debilidad por los libros baratos olvidados viejos, los de la esquina que nadie observa, es una cosa que sucede, uno queda embrujado por un título, una forma, unas letras. Allí, al lado izquierdo, el estante de una editorial española de quién sabe cuándo: “20 pesos”, dice la etiqueta; sin dudar tomo uno, busco una segunda opinión, un libro llevo, algo es algo. Y sí, allí, en un estante cualquiera llega la sorpresa, por 60 pesitos Almuerzo en la fosa común, de Armando Vega Gil y Ediciones B, lo terminé de leer justo cuando escribí este texto, es un entramado alucinante de situaciones propias desarrolladas en la CDMX, una suerte de novela bañada en el terror fantástico de Lovecraft con circunstancias al estilo Murakami y Burroghts de editor; antropología, crítica social y pus mucha, pus mancha sangre y piel en descomposición.

La Feria del Libro Infantil y Juvenil 2017 se nota vacía, falta de ilusión cual libro mal escrito y en premura, de las actividades culturales resalta un taller de fotografía para niños y adolescentes y una mofa al consumo actual de las masas culturales, la presentación de un NO DJ SET por parte de Rubén Albarrán, ¡sí! El célebre vocalista de Café Tacvba, comentarios y situaciones ya sucedieron sobre este NO DJ SET: que si feisbuqueó mientras puso play a su reproductor favorito, que si cobró mucho, que si estuvo chingón, que si la discusión es ¿qué es un músico-artista en la actualidad? Pues como diríamos cuando la cerveza se acaba:, “pues ya fue”, pero aquí generamos algunos planteamientos que rayarían en la propuesta, ¿y si lo que cobró aquel que algún día se llamó Pinche Juan lo hubieran gastado en una reedición de Juan Rulfo o Margarita Michellena? O en un poemario de nuevos autores o en un Festival de Música para Adolescentes y Niños.

La Feria pasó sin ton ni son, con precios altos, con menor presencia de estantes, con menos actividades culturales atractivas, con la sensación de que este es el sello de la recién conformada Secretaría de Cultura de Hidalgo.


PARA LEER: Valeria Luiselli, Los niños perdidos

Esta autora menor de 35 años se posiciona como una voz impresionante en el mundo de las letras confusas del México actual, con una prosa que raya en la perfección demostrada en sus novelas Los ingrávidos y La historia de mis dientes, pero será en este último libro que demuestra lo que ya sabíamos, que cuenta con una mente brillante en su ensayo a 40 preguntas para niños migrantes que llegan a la Corte de Nueva York para solicitar su residencia en ese país que hoy sufre una crisis migratoria declarada por la administración Obama y reanudada por la actual. Valeria se cuestiona a la par que la hace de traductora para convertirse en enlace entre el dolor, la migración, las violencias, el abandono de los niños migrantes centroamericanos y el sistema judicial en uno de los países más poderosos del mundo. Es en estas páginas en las que la autora reflexiona sobre su integración a esa sociedad que no es suya, donde se queda en un vacío legal al vencerse su Green Card, allí donde su hija le pregunta qué pasa con las historias que escucha en la Corte (“¿Dónde está el final feliz?”), allí donde en su libro Los ingrávidos se pierde entre las calles de esa metrópoli que acepta a todos pero nunca les da un rostro, es allí donde Luiselli emerge como una realidad de las letras mexicanas, donde comienza a ser una autora trascendente.

PARA OÍR: Glass Animal – ‘How to be a Human being’. A propósito de su nominación al Mercury Prize 2017

 

Hacer Comentario