La contradicción de ser madre

 

TENÍA 31 AÑOS cuando supe que estaba embarazada, cuando lo acepté ya tenía cuatro meses de gestación. Apenas tomamos la decisión mi esposo y yo de tener descendencia. Vida me tomó la palabra antes que me arrepintiera.

Vida, sí, es el nombre de mi hija, tiene un año y cinco meses. Es sin lugar a dudas un pedacito de mi corazón, mi maestra y mejor alumna; es un milagro, una parte de su padre y mía, el ser humano que más amo en el mundo.

No siempre quise tener hijos, de hecho mucho tiempo me negué a aceptar el hecho de que ser madre podía hacerme feliz. Ser padre o madre no está en los planes de muchos de mi generación. Una amiga me decía que yo era tan contreras que ahora que la familia tradicional estaba en decadencia yo me aventaba a tener un hijo y es cierto.

No encuentro aún un modelo de maternidad, me parece que habrá uno para cada mujer y cada bebé y se construye a la par que se conocen y crecen juntos.

Tener un hijo es en primera instancia poner pausa a una misma, dar cabida a un pequeño ser para que comience a ser, para que se desarrolle. Primero dentro de ti, que es una experiencia fenomenal, sentir cómo poco a poco crece dentro de la barriga y patalea y tiene hipo, imaginar durante noches enteras cómo será su rostro o sus ojos, cómo será su voz o carácter.

Tenía miedo a no ser lo suficiente, a que mi cuerpo no aguantara tanta exigencia y mi mente me traicionara; fueron días de mucho disfrute pero también de llevarme al límite.

Hermoso compartir la alegría de la llegada de mi niña al mundo, aún recuerdo cuando le dijimos a mi suegro y a mi padre que serían abuelos. No cabían de la emoción y todos nos echamos a llorar. Más allá del arquetipo de “familia feliz” queríamos un bebé como encarnación del amor que hay entre Camilo y yo, y el cariño que siempre nos ha rodeado.

No quise un baby shower, doy mi brazo a torcer en algunas convenciones sociales pero en otras soy irreductible.

El embarazo lo viví con mi esposo, fuimos sorprendiéndonos juntos y asustándonos juntos, poco a poco preparándonos para el arribo de Vida al mundo, aunque ciertamente nunca estás del todo lista.

El parto, no he sentido dolor más grande que dar a luz, y me enfrenté a una gran contradicción por mucho raciocinio que miles de años de evolución le han dado al ser humano el parto natural es el ejemplo claro del poder animal que habita en nosotros, es inverosímil todo lo que acontece en el cuerpo de una mujer dando a luz que en otras circunstancias presa de ese dolor y presión sobre si moriría.

No voy a secundar la idea de que es el dolor más hermoso del mundo, es el dolor más horripilante y agudo que una mujer puede experimentar, en verdad pensé que iba a morir y luego del alumbramiento me sentí totalmente indefensa y ultrajada, sin poder valerme por mi misma y a la par estando al cuidado ya de mi bebé.

Mientras esperaba mi turno para dar a luz una jovencita de 20 años que se encontraba en la sala estaba de lo más tranquila, era su segundo hijo y a pesar de su corta edad me transmitió la calma y lucidez que en ese momento se necesitada, me ayudó a poner en perspectiva la situación y a dejar que mi cuerpo hiciera todo aquello para lo que biológicamente estaba preparado.

Para mí todo era tan real y sub real al mismo tiempo, los doctores pasando de un lado a otro, las enfermeras escuchando la radio y comiendo frente a mi, una imagen de un Cristo acongojado mirándome de frente, las contracciones que se aceleraban cada minuto y una epidural que inundó mi cuerpo de tranquilidad y aceleró el parto, un interno inexperto que quería auscultarme y mi conciencia que se disipaba entre la respiración agitada y sin ritmo.

Lo último que recuerdo antes de entrar a la sala de expulsión es haber escuchado la estrofa de ‘Across the Universe’, de los Beatles

 

Words are flying out like
endless rain into a paper cup.
They slither while they pass.
They slip away across the universe.
Pools of sorrow waves of joy
are drifting thorough my open mind.
Possessing and caressing me

 

Y sentirme acompañada, por mi abuela y mi madre, que ya no viven y pensar que por un momento confluímos todas incluyendo a mi hija, en un pequeño milagro que pasó a través del Universo.

Todo ocurrió muy rápido, dolor, mucho dolor y de pronto el médico alzó entre sus manos un cuerpecito con el cordón umbilical aún colgando, esa pequeña bebé abrió sus ojos y me miró fijamente, nunca voy a olvidar su carita en el medio de toda esa confusión.

Debido al gran tamaño de mi hija el parto se complicó y tuve un desgarre severo, por lo cual debí pasar un par de días en el hospital, debían haberme practicado una cesárea porque estuvo apunto de no poder nacer por vía natural, no voy a ahondar más en todas la áreas de oportunidad que tiene el Sistema de Salud Pública del Estado, baste decir que presenté una queja de manera oficial y la clínica en la que me atendieron fue sancionada.

Llegar a casa con una pequeñita en brazos y toda la disposición de aprender de la manera más humilde que todo lo que soy y lo que conozco está a prueba, tener una hija me ha hecho replantearme muchas veces como persona, en el ámbito personal y de pareja, incluso las metas profesionales que me parecían inamovibles.

Tener una hija me ha dado la oportunidad de aprender y buscar aportar al mundo un poco de paz y ayuda. Voy aprendiendo a ser mamá, por convicción una madre que trabaja y tiene una vida propia, que sigue desarrollándose y adquiriendo conocimiento aunque eso signifique menos horas de sueño y cansancio que sale hasta por las orejas.

No me rindo, porque sigo haciendo las cosas que me gustan y sigo pensando en mi en primera persona y nombro a Vida por su nombre casi todas la veces porque no es una extensión mía o de su padre, sino un ser humano independiente que tenemos la fortuna de acompañar .

Estoy fascinada conociéndola, criándola y aprendiendo de ella.

Como decía, tuerzo el brazo ante ciertas convenciones sociales, pero en otras soy irreductible… escribo esto para el Día de la Madres porque hay que tener mucho valor para traer hijos al mundo, es una labor de todos los días para el resto de la vida, va mi reconocimiento a todas la mujeres que han tomado la determinación de ser madres, y aunque no las conozca a todas y no las tenga cerca de todas espero sepan que no están solas, sé bien que hay días muy complicados pero también sé que vale la alegría ver crecer a nuestros hijos.

No regalen electrodomésticos o esas cosas, no las inviten a festivales escolares que hacen llorar a la menor provocación, no les envíen tarjetas postales como método para aliviar la culpa de no ir a verlas. Traten de honrarlas cada día un poco y abrácense ahora que pueden. También peleen con ellas y háganles ver cuando no están de acuerdo, pero sobre todo ámense.

Sobre El Autor

Tania Martínez Suárez
pros_critos@hotmail.com

soy un atado de ideas zurda y necia comunicóloga proscrita madre indeVida

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