A Sam, por las noches de tormenta frente al mar

 

I

LOS VIAJES son retornos a lugares que uno quizá ya visitó en otro tiempo, quizá sólo con el viento, porque si somos parte de un todo, todo está en nosotros. Aquí, a mitad del continente, donde se hace pequeño, donde la gente te mira y habla diferente, donde comen sin picante, donde la risa no es osada ni la atención desmesurada, donde el pueblo vende y trabaja muy temprano, henos aquí.

Nos recibe un hotel bonito de estilo colonial en el centro de la capital, bajo la maleta mientras miro a mi compañera, a ella, ¿qué razones la traerán a esta tierra llena de sierras y volcanes? Entramos a una habitación pequeña, donde el agua caliente es diferente.

Caminamos por la ciudad, miramos con asombro algunas construcciones de cientos de años, vestigios de esa conquista, de ese exterminio de hace tanto, iglesias de diferentes tipos siempre con alguien adentro, ¿es que aquí Dios escucha? Una gran explanada se abre ante nuestros ojos, un Palacio de Gobierno monumental en tonos verdes, enfrentado a una fuente que escupe agua mientras las palomas buscan su comida; la ciudad en calma, el cielo azul, nosotros caminamos una calle comercial como cualquiera de cualquier país de América Latina.

En la cantina estamos con algunos borrachos, mujeres, cantantes… bebemos cerveza mientras miramos caer la tarde, salimos de transitar una zona de tianguis, de fayuca, diríamos acá; la pobreza la podemos encontrar en los rincones, en las caras, pero no en las sonrisas, que son escasas, no; no en los vestidos de las mujeres, no en los camiones con colores alegres. La ciudad capital de Guatemala, con estructuras hermosas, viejas, nos ubica en un contexto no tan lejano a nosotros los del país de arriba, quizá ellos digan para sí: “Tan lejos de Dios, tan cerca de México”, pero no, acá ellos nos tratan de a iguales, de paisas, de amigos de idioma y quizá hasta de lucha, el más grande holocausto del siglo XXI, como dijera Emiliano Monge. La migración hace que miles de guatemaltecos salgan expulsados por el ideal de obtener mejores ingresos rumbo al norte, lejano norte, porque justo para llegar a esa tierra prometida tiene que cruzar nuestro país, ése donde desaparecen, ése donde no existen, ése donde no los tratamos de iguales.

Las calles de la ciudad están tatuadas en su paredes, exigen a sus desaparecidos, exigen la revolución feminista, acusan al Ejército asesino, caminamos por los sitios de este lugar que tiene cientos de años, por aquí mismo caminaron los conquistadores en su trajes de hojalata, hoy nosotros, sin fusiles, mas que la réflex y la curiosidad, nos adentramos a esta mitad del continente con los pechos llameantes de emoción de búsquedas, de encuentros y de lejanías.

El señor de la mesa de enfrente me dice salud, al tiempo que le pido a mi compañera que partamos al hotel; la noche nos abraza. Le tomo la mano, sonreímos, estamos lejos de casa, pero juntos, solos, pero juntos. Mañana por la mañana partiremos al Caribe, tierra de negros, tierra garífuna. No soñamos nada esa noche, o no lo recuerdo, aquí amanece muy temprano. Al subir del Sol partimos al mar.

El autobús lleva parado tres horas, el calor abruma, la desesperación de todos los encerrados en este transporte que debió dejarnos frente al mar hace ya algunas horas, la temperatura afuera incendia la carretera cerrada; nos miramos, las películas ya no tienen importancia, la gente desespera, hablan de política y corrupción; recuerdo a mi país con presidente recién electo, río y les decimos que allá en México también tenemos ese problema llamado corrupción, política alejada de quienes la mantenemos y sostenemos en un sistema de partidos que algunos no entendemos. La democracia no existe, dijo un profesor en clase de sociología política hace muchos años, ¿qué hace que los ciudadanos estemos lejos de la toma de decisiones? EL ÚNICO PODER ES EL POPULAR, decía la pared en la ciudad capital.

La noche nos alcanzó y ahora bajamos en este puerto lluvioso, nos sentimos desorientados, el agua que cae del cielo no es fría, un taxista ofrece llevarnos a algún lugar seguro para dormir. Después de dos paradas, tenemos cuarto con ventilador y televisión, mañana parece que por fin alcanzaremos nuestro destino, un aguacero nos recibe en Puerto Barrios, ella fuma con satisfacción, la noche puede terminar, seguimos juntos el camino.

La lancha se aleja del embarcadero, nos perdemos en el mar Caribe, buscamos lo que no sabemos nombrar, la tierra se aleja, ajustamos el chaleco salvavidas, la tomo de la mano, allá vamos, no podemos mirar atrás, el destino es selva con tormentas en la noche, con ritmos africanos por los cielos, y regués en los bares; allí vamos, no sé nadar, la tomo con más fuerza, la lancha se detiene, hemos llegado.

II

Las noches son distintas, de día el Sol cae a plomo con un aire que permite que el ambiente se mantenga agradable, pero por las noches caen las tormentas, como recordándonos lo frágiles que nos encontramos ante el todo.

Bebo una cerveza más, brindo por el mar que frente a nosotros, con aguas tibias, nos moja los pies, Sam mira el horizonte mientras los amigos de color que acabamos de hacer nos dicen salud, nos invitan a fumar tabaco salido de sus manos, la tarde pasa como no queriendo caer, negándose a volverse oscura, el Sol desaparece a lo lejos. Caminamos este pueblo que un día fue la entrada de la esclavitud, hoy los pobladores ya miran de lejos esa época, hoy son guías turísticos, vendedores, facilitadores de la experiencia, Livigston es un hermoso sitio encallado en la selva y sierra que desemboca en el Atlántico, aquí la gente ríe, viaja en “tuk tuk”. El negro que nos vende los aretes me dice “güey”, comenta que visita seguido México, me ofrece Guiffity, dejo que la noche nos caiga de la mano de Sam. Quizá el mundo tenga solución y es allí donde nuestra cabeza explota en pensamientos. La pobreza no es un salario, no es un país tercermundista, son otras cosas y conceptos que aún no quisiera comprender, pero lo que sí puedo entender embriagado de ese brebaje, es la vida, es la noche y sus lluvias en un país ajeno. Su silueta en la ventana que no tiene vidrios, que da al mar en nuestra habitación, es la tormenta que me lleva a abrazar su cintura, son los tambores al ritmo del latir de la vena. Esta noche soñamos mucho, pero eso no lo contaremos para que se cumpla.

Continuará (…)

QUÉ OÍR

Anderson . Paak

QUÉ LEER

La trasmigración de los cuerpos. Yuri Herrera. Periférica (2013)

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