Stephen King contó que tuvo pánico ante La Bruja de Robert Eggers (2015); sus consideraciones sobre el proyecto que generó mucha expectativa durante los últimos meses del año pasado y los primeros de este hicieron que los cinéfilos del horror nos confiáramos y reposáramos sin preocupación pues teníamos garantía que el 19 de mayo, fecha del estreno, grabaríamos nuestro epitafio sobre la butaca cuando el miedo acabara con nuestra mente ante lo que sería el gran hito en el género cinematográfico.

La Bruja llegó entonces a los cines mexicanos y nos sorprendió predispuestos. Todo el mundo hablaba de las buenas críticas que leyó con su reseñista de confianza, el tráiler mostraba apenas algunas probaditas de la gran producción que seguro guardaba el tramo más escalofriante para el momento decisivo, pues vimos cabras inquietas, un misterioso y bravo chivo;  advertimos desapariciones, niños que corrían entre la espesura del bosque gris, luces que se extinguían de pronto para dar paso a la dictadura de las tinieblas, rezos y plegarias, pero la bruja no se asomó. Quizá guardaba su perversa figura para traumarnos a todos el día del estreno.

Tras el último corte, los créditos aparecen para sellar el final de la película. Los espectadores no lo pueden creer. “¡Qué chafa!”, reprochan algunos; “¡…de risa loca!”, pregonan por otro flanco. ¿Esto detonó el pánico en Stephen King? Dije en la ola de comentarios postestreno.

Un profundo sentimiento de decepción invade la sala que no espera la corriente de nombres en la pantalla grande, como si le dieran la espalda al centenar de talentos que hizo posible el proyecto estadunidense de terror.

No sé qué pensar. Con mi navaja en mano, la de un cazador de películas de miedo, trato de mirar la brújula atrofiada. Coincido con la audiencia. La Bruja no enchinó mi piel, tampoco hizo que rompiera los reposabrazos del asiento ni aceleró mi pulso por la tensión. Pero algo en mi mente se mueve en silencio, como la campana que se agita pero que no suena porque quedó sin badajo.

El mal de La Bruja permaneció conmigo, sus encantamientos rompieron la barrera del terror tamborazo, el que te asusta con los métodos más económicos, golpes repentinos, caidazos, azotes, aves que revolotean, gatos escondidos. Nada de esto hay aquí.

La Bruja se atrevió a recordarme lo que de ella se decía en mi pueblo, su afición por la niñez ingenua, su fealdad burlona, sus bailes y la manera tan suya de usar la palabra del Dios de mis padres y de mis abuelos para violarlo sin el menor recato. Ese Dios poderoso del que tanto me enseñaron a temer se reduce con el polvo de las cenizas en tiempo récord sin oportunidad para meter las manos.

Ella se ratifica en esta historia en una época y en un espacio nada parecidos a los míos. No es un monstruo o un fantasma abominable, es una enfermedad hecha con los árboles cansados, empoderada de la fauna silvestre y de las aguas del río. Penetra en su objetivo de manera paulatina y cadenciosa, como un virus discreto que carcome las almas y las pervierte; se detiene, celebra, danza y crea su cuadro de destrucción igual que un pintor empecinado con el bastidor en caballete.

¿Es este el horror del que tanto hablaron? ¿Merecen estas horas de historia colonial las palmas de la crítica? ¿Este es el pánico que encomió Stephen King?

Al fin la sala dos del cinema quedó desierta, sólo ruedan los vasos de refresco que derraman el último chorro en la alfombra azul junto a las constelaciones que forman las palomitas que nadie comió. Por la salida de emergencia aún se escuchan las maldiciones del público. La Bruja escucha y ríe con mandíbula desdentada, todavía arropada por la banda sonora de tormento que la acompañó en su pacto oscuro hacia la última fogata.

Si has de ver La Bruja, ten cuidado, has de contemplarla con todos los escrúpulos.

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