Un fantasma no deja de sentir como los que seguimos vivos, aunque no pueden guiarse por sus corazonadas porque ya no las tienen.

SIEMPRE he sido miedosa. Sí, a mis 55 años cuando debo dormir sola en algún lugar todavía lo hago con la luz encendida,  la televisión sintonizada en el canal de videos musicales y una estampa del Ángel de la Guarda juntito a mi almohada. Le tengo miedo a los ruidos raros pero mucho más a que se me aparezca un fantasma. Miedo.

Pero como quiero mucho a mi maestro Agustín Cadena, me atreví a leer su libro más reciente titulado “La casa de los tres perros”, una historia que desde la contraportada advierte la presencia de fantasmas, edificios embrujados, muertes, suicidios y espíritus que vagan con el alma en pena. Esas cosas que siempre me dan miedo. Miedo

Pero desde la primera página, mi querido maestro me aproxima a una sensación fantasmal que me conmueve más que asustarme porque aunque en la historia hay muchos fantasmas, son fantasmas que nos permiten advertir que entre los vivos y los muertos solamente hay una frontera muy sutil donde de un lado se escuchan suspiros de vida y en el otro hay suspiros sin vida.

En esta historia los personajes están en dos territorios muy bien delimitados, en el escenario de la vida hay muchas luces en tanto que en la zona fantasmal hay una neblina violeta. Sin embargo, seres humanos y fantasmas mantienen  sentimientos muy cercanos, sus sensaciones siguen latentes sin tanta diferencia. Sí,  son muy parecidos, por lo que a veces es posible confundirse y ubicarlos en los lados donde no habitan pero la señal más clara para no equivocarse es que mientras unos siguen el ritmo de su presente –quienes viven- otros evocan con nostalgia lo que fueron –quienes son fantasmas-.

La historia narrada me permite imaginar que después de la muerte puede haber un lugar donde siguen activas las emociones y los quereres. Que un fantasma no deja de sentir como los que seguimos vivos, aunque no pueden guiarse por sus corazonadas porque ya no las tienen. Lo triste es que los que estamos vivos, pese a escuchar los latidos de nuestro propio corazón, no ponemos atención a nuestras pulsaciones por seguir el ritmo ya memorizado de nuestra cotidianidad, quizá estamos escuchando muy lejanos los latidos de nuestro corazón y por eso mismo se nos olvida vivir en todo su esplendor.

El fantasma de un niño llamado Mario –uno de los personajes centrales de esta historia-, me enamora cuando confiesa lo que extraña y lo que le duele, lo que no puede olvidar y a lo que debe resignarse:

 

Un fantasma puede ver el sol, pero no lo siente. Es como si lo viera en una película muy vieja: un sol desvaído, cansado. Nunca es realmente de día y nunca  es bien de noche; uno se mueve siempre al atardecer, a media luz, una media luz violeta: el color de la transmutación, del perdón que se espera. Un fantasma puede acariciar, pero no lo siente, y ése es su dolor más grande, cuando tiene poco de haber cruzado y todavía lo une el amor a los vivos. Puede acariciarlos, aun besarlos, pero no siente nada porque no tiene cuerpo para sentir: es como si sólo imaginara. Ellos, en cambio, sí llegan a percibir sus caricias, a veces, en instantes muy especiales. Pero esas caricias no les dan placer sino miedo.

 

Otra vez esa palabra: miedo, el miedo latente dentro de un remolino de dolor y de nostalgia pero tanto del lado de los vivos como de los muertos. Miedo a lo desconocido que tantos supuestos nos promete.  Miedo a lo que siempre inventamos. Miedo a lo desconocido que siempre imaginamos. Pero lo curioso es que entre más avanzaba en la lectura, el miedo empezó a mezclarse con otras sensaciones e impresiones, desde las evocaciones hasta la melancolía, de la nostalgia al recuerdo, de lo amoroso a no me olvides y aunque sabía que el miedo ahí estaba latente no me marginaba ni me debilitaba para seguir leyendo cada historia y cada página, llegar al final.

Y creo que eso es lo maravilloso de la historia que nos cuenta Agustín Cadena, que pese a aproximarnos a los fantasmas que vagan por la casa de los tres perros, que pese a lo triste y trágico de su muerte, hay amor y desamor latente entre vivos y muertos, entre los mismos vivos y entre los mismísimos fantasmas. Me convencí de que el miedo no es vergonzoso pero tampoco representa un ideal, es una manera de palpar que se tiene vida y es una forma de no padecer tanto la muerte. Es cierto, en la vida de cada personaje existe la bondad donde se pueden refugiar sin miedo pero también existe la maldad donde deben aprender a dominar el miedo.  En el alma que vibra en un fantasma el miedo puede ayudarlos a asustar pero también a exorcizar su propio pasado y aprender a perdonar y querer,  a perdonarse y a quererse otra vez.

Me encanta que en el libro encontremos una gran variedad de personajes, tan humanos. Desde Albertina y su madurez tan ingenua, Enrique siempre amigo aunque enamorado de lo imposible, Claudia y el perdón que debe darse a sí misma, Giselle y su solidaridad tan llena de sororidad. Pero el libro también nos permite conocer a quienes fueron humanos y ahora como fantasmas no dejan de sentir, de ilusionarse, de arriesgarse, de tener miedo y dar miedo. Ahí esta Mario, revuelto de rencores y cariños; Don Porfirio, vagando para cuidar lo que cree fue lo más preciado en su vida y en su muerte; Luis Suárez, esperando sin desesperarse lo que nunca llegará; Arminda, la fantasma que espero ser si llego a andar vagando con mi alma en pena por mi universidad, mi lugar favorito y donde estoy segura que me aparecería a cada rato.

Ah, pero el libro nos convence de que hay de fantasmas a fantasmas, los que vagan con su alma lastimada y los que abren puertas para de verdad asustarnos, pero los que quieren espantar solamente son “Los Tenebrosos”. Arminda los describe con bastante sensibilidad, aunque por segundos creo que detalla los rasgos de gente muy viva que me espanta más en esta vida:

 

Los tenebrosos habitan un espacio más denso que el de los otros fantasmas, más feo; es lo que los vivos que saben de estas cosas llaman “el bajo astral”. Están más cerca de la tierra y por eso pueden cruzar –y lo hacen- con más facilidad, aunque sólo si la persona que los llama o el ambiente al que quieren ir les son afines. Y sí, dan miedo incluso a quienes no pueden verlos sino sólo sentir su presencia. Para quienes sí los ven, son una cosa que no se olvida. No importa qué edad tengan en su aspecto humano, los Tenebrosos son como una persona muy envejecida, golpeada por la vida, con mucha amargura. La mayoría de las veces, incluso, aparecen gesticulantes, como atormentados. Aunque no estén ciegos, las cuencas de sus ojos se ven vacías, negras… es por el sufrimiento que les causa ver todo lo que hicieron sin saber que se lo hacían a sí mismos. Porque los Tenebrosos eran seres humanos que crearon oscuridad a su alrededor y la convirtieron en su casa.

 

Pero ¿cómo alejarse de los tenebrosos? ¿Cómo saber si son ellos a quienes les tengo miedo cada noche que duermo con la luz prendida? ¿Cómo identificar si el fantasma que me visita quiere acariciarme o desea seguir lastimándome? ¿Cómo palpar ese miedo sin paralizarme, sin maldecir mi cobardía, sin asustarme ante la posibilidad de que exista un más allá donde pueden verme, espiarme, inspirar lástima o cariño, o hasta enamorarse de mí?

“La casa de los tres perros” no responde a ninguna de estas preguntas más bien abre y abre signos de interrogación. Tampoco da pautas ni consejos pero nos convence que una historia, que muchas historias, pueden delatarnos nuestras maneras de reaccionar, de sentir, de seguir o de detenernos un rato ya sea en esta vida o en la otra.

Como siempre, mi querida Arminda es quien advierte en sus diálogos que al recuperar pedazos de vida y de muerte, anécdotas memorables y olvidos constantes, al clasificar errores para perdonarse y cosechar esperanzas para volverse a querer vamos construyendo momentos que jamás olvidamos, y que a veces no valoramos por el ritmo loco que llevamos y que al ser fantasmas se vuelven historias que dan sentido a lo que fuimos o por lo menos nos aproximan a no olvidar lo que quisimos ser.

El libro es una muestra gozosa de ese gran placer de contar historias, el placer de vivir y de morir que da a luz historias que inventan escritores –los verdaderos mediadores entre vivos y muertos- pero también dan luz a los fantasmas. Memorizar historias y más historias es el lazo que comparten los vivos y muertos, los fantasmas y los tenebrosos, los vecinos y las almas en pena.  En cada historia siempre hay señales de esperanza, de advertir que nuestro viaje por la vida y por la muerte es continuo, que esos retos son los que hacen posible vivir una aventura que puede marcarnos en este mundo y en el más allá.

La historia compartida es sencilla, lineal y seductora, te atrapa desde el inicio, te asusta de vez en vez. Mi miedo empieza a tomar tonos diferentes, matices de locura, colores de solidaridad. Qué ganas de tener ese espejo mágico para encontrar a las personas que amé y tal vez ahora son fantasmas. Qué ganas de pertenecer a esa pandilla inocente que busca cómo no perder la casa donde se han vuelto cómplices de historias. Qué ganas de comerme una de esas conchas de color negro gótico para saborearlas mientras quedo encantada con la audacia de Albertina. Qué ganas de palpar la voz de Arminda para asegurarle que se ve hermosa y que la marca de la soga en su cuello en verdad parece una gargantilla de finos brillantes.

Por supuesto que al avanzar en cada página los soplos de miedo no dejan de acompañarme, pero mi curiosidad resultó ser más fuerte y mi simpatía por cada fantasma empezó a convertirse en una complicidad traviesa, llena de fe y de nostalgia. Así el tono amoroso de las historias fantasmales me cobijó en un ambiente de suspenso pintado de rosa.

Sin embargo, sé que pese a leer con tanto cariño esta novela, no dejaré de tener miedo cada noche que me quede sola, pero me siento más experta al suponer que mi piel se enchina porque se aproximó a mí un fantasma que me quiso y que ahora me acaricia. No he perdido totalmente mis miedos, pero invento mi propio espejo para descubrirme y si es posible, encontrar mis propios fantasmas. Eso sí, buscaré mi amuleto de protección contra los tenebrosos. Y hasta trataré de portarme mejor estando sola porque de seguro algún fantasma querido me está observando. Pero sobre todo, seguiré poniendo un vaso con agua, como lo hago con mi altar de muertos, como me enseñó mi mamá para recordar a mis muertos y como ahora lo aprendí gracias a mi querido Agustín Cadena:

 

“No hay nada más dulce ni más eficaz para atraer a los fantasmas que el agua. Por eso en las tiendas de antigüedades siempre tienen servido un vaso. Es para ellos, los fantasmas. Dicen que es para que beban si llegan con sed, pero eso es una superstición tonta. ¿A quién se le ocurre que alguien ya muerto tenga sed? No, no es eso. La verdad es que, en el mundo fantásmico, el agua son lágrimas; cada gota es una gota de tristeza. Y la tristeza es lo único que tienen los muertos para sentirse vivos, aunque no lo estén.”

Y con mi vaso de agua, cada noche que me quede sola, entre mis miedos y mis gozos, haré mi brindis por un fantasma.

Agustín Cadena. (2017) La casa de los tres perros, Fondo de Cultura Económica, México.

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