Este 6 de enero, Alfonso Cuarón obtuvo dos Globos de Oro por su película Roma, mejor filme extranjero y mejor director. Y como si fuera un amigo querido, un cómplice de vida, yo aplaudí conmovida al escuchar -en ese mal español- el nombre de Roma y el de Alfonso. Grité bravos y vivas, me conmoví con gozo y admiración. Brindé por él, por su mirada generosa, por las historias compartidos, por este amor y esta pasión por el cine.

Y tu cineasta también

Desde su primera película, Sólo con tu pareja, el humor, la perspectiva crítica e irónica, así como el trazo de sus protagonistas que este director mexicano esbozó, me conquistó de inmediato.

Supe que pertenecíamos a la misma generación cuando dos de los personajes de ese primer filme se llamaban Takeshi y Koji, roles memorables de la serie japonesa ‘Señorita Cometa’, programa favorito del público infantil de finales de la década de los sesenta. Confundía y provocaba con el juego de palabras que provocaba con la manera de bautizar a sus propios personajes, Tomás Tomás, Clarisa Negrete, Mateo Mateos y Teresa de Teresa. El sexo visto con humor y la responsabilidad en las relaciones sexuales -sin moralejas ni mensajes provocados- daban sentido e interés a la historia. Todavía en mi familia jugamos con frases célebres de la cinta como: “¡Aúllale a la luna, hombre lobo! Cuando subo a un avión siempre evoca esa escena del ensayo de Claudia Ramírez, como la sobrecargo que no quiere equivocarse en las indicaciones a los pasajeros.

Pasar por la Torre Latinoamericana es imaginar las promesas de amor de los protagonistas, un momento antes de desear aventarse al vacío. Así, desde ese momento, supe que sería uno de mis directores favoritos.

Y tu mamá también  fue irreverente, gozosa y hasta conmovedora, la amistad entre los machines, sus propios retos para justificar su absurda hombría y todas las masculinidades que protagonizaban, representaron una excelente prueba para que Gael García y Diego Luna presumieran su dominio actoral.

Después se fue a Estados Unidos y yo me asusté y me preocupé, ya me lo van a echar a perder en los terrenos de Hollywood, creí. Pero se mantuvo leal a sí mismo, por eso me conmovió con La princesita y encontré detalles muy de él en Harry Potter. Me identifiqué asfixiantemente y heroicamente con Gravedad, me encantó que eligiera a mi actriz favorita, Sandra Bullock, y que yo creyera que la historia representaba la lucha de toda mujer, siempre sola, pero necia como ella misma para salir de ese hoyo negro, valiente y temerosa, solidaria consigo misma. Alfonso Cuarón siempre ha encontrado la manera en que yo me sienta parte de sus historias, que una cinta dirigida por él se convierta de inmediato en una de mis favoritas y que con orgullo repita que es mexicano, que estudió en la UNAM y que es un hombre sensible, machín, lleno de sororidad y uno de los mejores directores del universo. Por supuesto, tenía que ver Roma.

Crónicas romanas

Roma, la película que en estos últimos meses ha provocado los más extraños, divertidos, atormentados y curiosos debates en las redes sociales. Yo he leído a los molestos, a los que juran que se durmieron en los primeros segundos de la proyección y a los que advierten que si no conocen la Ciudad de México no puedes comprender la historia narrada en blanco y negro.

Quienes aseguran que se ha sobrevalorado y quienes la califican como una obra de arte. Quienes la consideran una mirada machista que confirma que las mujeres siempre estamos solas y quienes juran que se trata de un poema a la sororidad, a esa complicidad que solamente puede existir entre las amigas, las aliadas, las compañeras de vida.

Respeto cada postura porque creo en lo que dice el doctor Vicente Castellanos Cerda, semiótico y especialista en análisis cinematográfico, cada mirada tiene una experiencia estética muy diferente, cada quien mira en la pantalla desde su propia subjetividad y verá en la película lo que su propia historia, sus propias posibilidades y habilidades, sensaciones y emociones le permitan ver. Él y otros autores llaman a esa experiencia un continuun que nos empeñamos en parcelar pero que deberían funcionar al mismo tiempo y son cuatro esferas de experiencia:

La esfera de la vida cotidiana. Agnes Heller ha afirmado que la vida cotidiana es la vida del ser humano entero, que todos los hombres y todas las mujeres tienen una rutina diaria y participan en ella con todos los aspectos de su individualidad y de su personalidad.
La esfera de lo espiritual. Todo aquello relacionado con la subjetividad, es decir, a las experiencias que son únicas para cada persona que las experimenta y son sólo accesibles a la conciencia propia. Cada quien siente, forma un espíritu de acuerdo a lo vivido.
La esfera de lo artístico. Hace referencia al proceso de creación. Agnes Heller lo denomina “formas de elevación”, ese momento en que un ser humano se detiene a pensar quién es y por qué, cómo vive o qué siente y una de esas formas es el arte.
La esfera de la estética. A juicio de Castellanos, representa la sensibilidad del ser humano que se emociona y conoce, esa facultad humana que ayuda a construir al sujeto en dos niveles: el personal y el social.

Cada una de estas esferas puede prender en diferentes momentos en que admiramos el arte y no olvidemos que el cine es arte. Por eso, al ver una película, la podemos relacionar con lo cotidiano y por eso gustarnos o no, con lo espiritual y podemos rechazarla o conectarnos, con lo artístico y admirar o alabar, o con lo estético, la total sensibilidad que nos inspire ese filme. Así, explica el doctor Castellanos, otras categorías como punctum y kairós pueden concebir un todo que sería la estética del cine, ese momento en que la película que vemos representa una flecha que nos da justo en lo cotidiano, en lo espiritual, en lo artístico o en lo estético, o en ningún lado. Así un filme puede sentirse o razonarse, razonarse y sentirse, no razonarse y no sentirse. Este cansado y complicado rollo teórico que mi querido colega ha explicado en tantos análisis semióticos y tantas profundidades del discurso fílmico, nunca me ha quedado tan claro como con Roma. Alfonso Cuarón puede fallar con sus flechas cinematográficas para conquistarnos, pero puede dar justo en el centro de nuestro corazón cotidiano, espiritual, artístico y/o estético.

Roma puede ser La Portales

En mi caso muy personal, Roma me llevó y me paseó por esas cuatro esferas: esfera de la vida cotidiana. Me llevó a mi infancia, niña de ocho años, al iniciar la década de los setenta y cada canción, cada juego, cada calle, cada sonido me llevaron a ese pasado cotidiano de niña feliz con su familia. En mi casa no hubo una Cleo que se dedicara a cuidar y a limpiar, en mi casa vivió una mujer llamada Artemia, mi madre, que lo mismo preparaba la comida y nos apapachaba con nuestro guiso preferido y de igual manera nos perseguía con su chancla si no sacábamos ese diez en la boleta. En ese hogar, ubicado en la colonia Portales, jamás se fue un papá porque Don Alejandro Hernández siempre estuvo ahí con sus juegos y su cariño, su certeza de que las mujeres podíamos jugar futbol y ganarle una carrera al vecino más machín. Y en ese hogar tan protector también se escuchaba a Leo Dan y “La Hora de México”, subimos al trolebús y nos fascinaban los enormes cines como el Álamos y el Ópera. Pisé patios de mosaicos siempre limpios y me encantaba escuchar los gritos del ropavejero, del afilador o del vendedor de merengues.

Esfera de lo espiritual. Mi alma se enredó en nostalgia y en evocaciones. Esos recuerdos que yo decidí pintar de tonos alegres, de instantes gozosos, de un ambiente con olor a sopa de fideo y a ecos con la frase que identificaba a radio Variedades. Palpé mi coraje cuando un macho olvida y usa a una mujer ingenua, lloré la muerte de ese hijo no deseado y supe que no estaba sola, siempre había un hombre amado o una buena amiga a mi lado.

Esfera de lo artístico. Roma logró que en cada toma y en cada secuencia, entre lo blanco y lo negro, el movimiento de la cámara o la escena más conmovedora sin cursilerías, pero sí con una mirada honesta yo me convirtiera en una espía siempre en ventaja. La cámara de Alfonso Cuarón me permitió recorrer la casa de esa familia que charlaba o lloraba delante de mí, que palpara el carácter del padre por la forma de estacionar su coche o me uniera al abrazo de Cleo con la señora, mientras ella repite:

“Siempre vamos a estar solas”

La pasión, el deseo y la soledad con tonos grises que me conmueven.

Esfera de lo estético. Roma envolvió mi sensibilidad, me relacionó con mi mundo que he vivido y con el que me gustaría vivir, me hizo sentir y por eso la disfruté, provocó al mismo tiempo dudas y cuestionamientos, posturas y hasta ideas, me llevó a la esfera estética. Sospeché que Alfonso Cuarón me permitió conocer su juego estético de conocerse a sí mismo, de representar la posibilidad de auto-representarse como artista y como el niño que fue, como cineasta y como el ser humano que es al decidir ser su propio objeto de inspiración, puede aceptarse o descubrirse y se atreve a observarse a sí mismo y dejarse atisbar.

Por eso, si Roma no te gustó, simplemente te salvaste del flechazo estético. Si Roma te gustó, escarba en tu alma y cuenta las flechas que esa película disparó a tu alma, a tu ayer y a tu sensibilidad para quedar herida de esa estética cinematográfica que siempre te reitera que la vida es mejor en el cine. LR

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