Justo hace un año, fue un día nublado, cayó una lluvia torrencial que hasta el día de hoy no ha cesado, una lluvia que duele, una ausencia que mata.

Desde tu partida el cielo se tornó nublado y ahora siempre llueve. A veces es una brisa y otras tantas un diluvio pero siempre el suelo está mojado; en esos días, cuando la tempestad está en su cenit, aprovecho para camuflar mis lágrimas con las gotas de lluvia y formar un río, que con suerte corra hacia ti.

Eventualmente hay días en calma, el sol se asoma ligeramente y nos baña con sus rayos, nos broncea la piel y en nuestros rostros se esboza una sonrisa en tu nombre; en esos días soleados, la brisa se convierte en un evidencia de que aún estás presente.

Dicen que el grano, para florecer, necesita la lluvia aunque sea contra su voluntad; lo que no dicen es que la lluvia permanente tiene el mismo efecto que la sequía y la gota constante no solo arrasa con la tierra, sino que también deshace al grano. Al ver la tempestad, aquellas plantas que se creían intocables, comienzan a tomar conciencia de su fragilidad ante el pronóstico del tiempo, ante las vueltas del destino.

Porque vaya que la vida nos dio un recoveco, no solo con tu partida sino desde que hiciste las maletas. Tuvimos esa necesidad absurda e incontrolable de pasar contigo todo el tiempo posible, lamer tus heridas, evitar a toda costa que prepararas el equipaje. Hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos para entorpecer el camino y cancelar tu vuelo.

Y en ese proceso, me refugié en todas las deidades de todas las culturas: Shiva, Cristo, Alá y Buda nunca antes habían tenido tanto trabajo juntos. Nunca antes había tenido tanta fe, me había encomendado tanto y había dejado que mis plegarias subieran al cielo; en respuesta, éste decidió comenzar a llover. Y ahora llueve.

Lo difícil de las ausencias, cuando en la infancia solo eran dos, es que los recuerdos se vuelven borrosos. Antes, en las anécdotas, había quién completara aquellas lagunas en la historia que contaba alguna; ahora, simplemente son esbozos de lo que alguna vez vivieron dos niñas felices corriendo por el campo, pisando la alfalfa y jugando a las exploradoras.

Y en el campo llueve y en la ciudad llueve y la nube se aparece incluso dentro de los lugares cerrados.

Y ahora también llueve en los lugares y en las cosas más insospechadas. Llueve en una canción de Shakira, en la película de Blancanieves, en las canciones de Joaquín Sabina y en los textos de Facundo Cabral; llueves en mis letras, llueves en mis recuerdos.

Hoy hace un año te fuiste con el invierno y floreciste con la primavera; dejaste un nido vacío y volaste a cielos donde aún no te puedo alcanzar.

Hoy hace un año decidiste emprender un vuelo tan alto que se me nubló la vista apenas alcé la mirada; para hacer notar tu ausencia decidiste también nublar el cielo y ahora llueves y todavía te siento.

Sobre El Autor

Rosario Moctezuma

Reservada pero no tanto, culta pero no mucho, sensible pero a veces, chistosa pero no por gusto; comunicóloga, docente en proceso, haciendo mis pininos donde me agarre el hambre.

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