“Salió otro grito, y otro, para su hija que luchaba, envuelta en la tierra, con sus panoramas rojos y llegaba hasta Usted con el gesto respetuoso de quien está frente a su ídolo… Y estaba allí, la vieron mis ojos, mis ojos míos de niña. Usted hizo el milagro y fui derecho: corriendo. Era yo niña Usted me quería así. Me arrimé al postigo. Ella no está; crujieron las maderas, y yo, hecha mujer, vestida de blanco y sin rímel en los ojos, grité sobre la puerta: ¡Mamá, Mamá, Mamá!”

Uno de los textos que me conmueven siempre, ya sea porque evoco a mi querida madre. Artemia Carballido, o porque me veo a mi misma con mi hijo es el que en 1937 escribiera Nellie Campobello titulado “Las manos de mamá”. Poesía amorosa y llena de esperanza, nostalgias y dolor, mirada infantil de ingenuidad y reflexiones de mujer madura que por fin comprende el significado de la maternidad y el maternazgo.

Nellie Campobello nació un 7 de noviembre, en el año 1900, en Villa Ocampo, Durango. Fue bautizada como María Francisca Luna Morton-Campbell. Su madre se llamó Rafaela Luna, de quien heredó la fuerza y la pasión, la entrega y el coraje, el hacer tu vida como lo dicta tu corazón. Nunca supo quién fue su padre, su mamá nunca se lo dijo, siempre le aseguraba que ella era suya solamente, parida únicamente por su amor, nunca necesitó a un hombre para criar a su hija.

“Nos daba sus canciones; sus pies bordaban pasos de danza para nosotros. Toda su belleza y su juventud nos la entregó… Jugaba, iba y venía, no parecía mujer; a veces era tan infantil como nosotros. Para hacernos felices se olvidaba de aquella horrible angustia creada en los últimos momentos de nuestra revolución…”

Pero a Nellie Campobello además de las palabras la seducía la danza, el moverse al ritmo del viento, imitar el compás de sus ráfagas, sacudirse como los aires más airosos, enredarse en su cuerpo al compás de sus emociones. Fue así como en la década de los veinte se fue a la ciudad de México y empieza a tomar clases de ballet, su primera maestra nada más y nada menos que Ana Pavlova.

“Juego. ¿Dónde están mis compañeros? Voy por el viento, me ondulo, grito, abro la boca, mezo mis piernas; oigo que me grita Ella, asomada al postigo de la puerta gris”

Antes de terminar esa década, en 1927, ella y su hermana Gloria tuvieron sus primeras participaciones. Brillaban en el escenario, emocionaban con sus pasos, seducían al compás de la música, la sentían, la hacían sentir. Tal fue la calidad de su arte que diez años después Nellie es nombrada directora de la Escuela Nacional de Danza. Estuvo al frente de esa institución de 1937 a 1984.

Pero la danza no sería su única inspiración, la escritura siguió latiendo en su vida y no dejó de ejercerla, de compartirla, de publicar.  En 1929 dio a conocer “Yo”, un libro de poemas que firmó con su nombre nacimiento,

Voy cantando por toda la casa

como un pájaro sin jaula

Así acaricio mi libertad

Pero a veces quisiera

con toda esta alegría

que me embarga poder llorar 

En 1931 da a conocer “Cartucho. Relatos de la lucha en el norte en México”, donde recupera las historias que ella vivió y escuchó cuando era niña y nuestro país vivía la revolución de 1910. Su mirada infantil le da un toque de ingenuidad y de inocencia a sus relatos, pero al mismo tiempo de conmoción y certeza de lo que es estar en guerra. Una de mis cuentos preferidos es el de Nacha Ceniceros. Una de las tantas soldaderas con mote, una más hecha invisible por la historia oficial, una más que pese a todo ahí estuvo, luchando, entregándose, amando a su hombre, luchando por su libertad, muriendo por un ideal:

“Lloró al amado, se puso los brazos sobre la cara, se le quedaron las trenzas negras colgando y recibió la descarga”

En un texto escrito por Irene Castro y Elizabeth Sánchez, ellas dan voz real y literaria a esta gran escritora y en una de las respuestas más memorables, aseguran e imaginan por qué Nellie escribe sobre esos temas y por qué elige una narradora muy especial para sus historias:

Cuando escribo me siento atrapada, parezco una rehén encerrada en un cuerpo de niña. Ahí me revivo. Me parece fantástico recordar a Mamá con esa grandeza con la que vemos a las madres, pero la mía era especial, y yo, sigo siendo una niña que nace y en lugar de crecer me mantengo en el cuerpo de una chamaca.

A veces me dicen mentirosa y no me creen cuando cuento mis historias, pero soy tan parlanchina que no me importa. Lo primordial es jamás dejar flotando los recuerdos que se hacen donde sea, como sea y con quien sea.

Además, a los cuatro años no cualquiera vive una revolución y la tiene en la mente toda la vida, ¿o sí? Las cosas se dicen siempre como son, rectas y si nacen de tus recuerdos de niña, qué mejor, así sólo las dices y sientes sin pensar en cómo reaccione la gente.

Me acuerdo que de niña no me reía, no me gustaba, para qué, sentía que cualquier día sería otra más en el montón de sangre que iba a dar a las calles. De pequeña tenía plastas de pecas en la cara y mi nariz sudaba a raudales.

Te confieso que dos de mis preocupaciones eran aprender a andar en caballo y, por supuesto, los inviernos, la Revolución mexicana…

En la semblanza escrita por la periodista y feminista Josefina Hernández Téllez en libro Cultura y Género (2010) editado por Conaculta, la también investigadora de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo denuncia que a pesar de toda esta vida prolífica, pionera, vanguardista y  de convicción, Nellie Campobello desapareció en 1983-1984 a causa de su relación con el matrimonio de Claudio Niño Cienfuentes y María Cristina Belmont –quien había sido discípula de Nellie Campobello y maestra de la Escuela Nacional de Danza. Nunca más se supo qué fue de ella. Y cita el prólogo que escribiera Elena Poniatowska:

“Por eso el libro de Irene Matthews significa y trasciende, porque resucita a una autora cuyo paradero desconocemos y cuyo destino reclamamos. Sí Nellie fuera hombre, ya tendríamos respuesta. México no habría dejado que desapareciera así como así uno de sus novelistas. En 1985, Patricia Rosales Zamora preguntó airada en Excélsior, “Dónde estás, Nellie Campobello?”. Han pasado doce años y las mujeres seguimos sin respuesta.”

La pregunta se eternizó, pese a las investigaciones y las averiguaciones, los silencios y la denuncia, nunca quedó claro qué había pasado con Nellie Campobello, quienes las admiramos buscamos un poco de consuelo al releerla, al impedir que sea olvidada, al volver a repetir cada párrafo de su hermoso libro “Las manos de mamá”:

Mamá no lloraba, dijo que no le tocaran a sus hijos, que hicieran lo que quisieran. Ella ni con una ametralladora hubiera podido pelear contra ellos. Los soldados pisaban a mis hermanitos, nos quebraron todo… Los ojos de Mamá, hechos grandes de revolución, no lloraban, se habían endurecido recargados en el cañón de un rifle de su recuerdo. Nunca se me ha borrado mi madre, pegada en la pared hecha un cuadro, con los ojos puestos en la mesa negra, oyendo los insultos.

 

 

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