En resumen, somos la magia que esperamos del mundo

 

ME HE preguntado a dónde se ha ido la magia, aquella que de los recuerdos emana, como si los tiempos pasados fueran mejores; después entiendo que, en retrospectiva, sucede la visualización de aquello que, consideramos, contiene algo de magia, y como consecuencia de esta idea, surge la posibilidad de que exista magia justo en esa inmediatez…

(Entrevista con el señor de las palabras)

Entonces, díganos…

La magia la describiría como un roce sereno con el agua que, entibiada en casa, te baña y escurre por tu cabello mientras estas solo, allí parado, o como los antiguos ojos del muerto que más extrañas y que ahora sólo vive en ti a través del recuerdo, o como las viejas cartas de la primaria que descuidadamente pusiste en una caja que encontraste la semana pasada, o como este texto que entre ideas consecutivas y amontonadas me hace darme cuenta de que hay un hombre afuera mirando a través de su ventana. La magia no es otra cosa que eso que pensamos que no es magia, o la demencia secuencial de un individuo perseguido por las causalidades.

-¿Me está diciendo que la magia es algo invisible que se siente?

Le diré que es algo corpóreo en el momento más elevado de la vida, el que te traspasó con su tristeza o en el que te diste cuenta de que pagas la renta por un poco de intimidad, porque vale la pena llorar o reír en un espacio limitado que denominas ‘¡mi casa!’, sólo por un poquito de esa sensación integral que yo llamaría serenidad o introspección cautiva.

-¿Qué es la introspección de la que habla?

Una oportunidad de reconocimiento, un sensor que te mantiene en estado de gratitud, llamémoslo, un encuentro.

-¿Y qué es lo que uno encuentra?

A uno mismo, la magia.

(Fin de la entrevista)

Me he preguntado qué se requiere para estar allí, en el momento justo, y regreso eternamente a la misma respuesta: dejarse afectar.

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