Cuando la auto-negligencia supera a la literatura

 

AQUILES era el guerrero prodigio de la mitología griega, hijo de una diosa y un mortal, estratega de pies ligeros y, en el imaginario hollywoodense, guapísimo como Brad Pitt. Aquiles parecía invencible pero tenía una debilidad: su talón.

Este personaje bien podría quedarse en la literatura clásica, de no ser porque nuestras malas decisiones, lo traen a la realidad contemporánea.

Hace poco recapitulé historias propias y de personas cercanas en las que el ‘talón de Aquiles’ fue sinónimo de cómo uno mismo es ingenuo, negligente y, en pocas palabras, pendejo. A muchas de esas personas las considero fuertes, invencibles y con un carácter de los mil demonios como para tener un talón de Aquiles tan ‘absurdo’. Diría un amigo: “a 10 de cada 10 le ocurre”.

Alguna vez alguien me contó cómo la relación con su pareja iba en picada prácticamente desde que comenzó. Cuando se calmaban las aguas después de una discusión fuerte, creía que ya había pasado lo peor, pero no fue así. Con el tiempo, las peleas, insultos y la mala onda que se tiraban era prácticamente rutina; eso sí, al gritar su amor por redes sociales, parecían la pareja más sólida y enamorada del mundo. El final era inevitable pero trajo consigo un montón de consecuencias: mi amigo desertó de la maestría, se alejó de personas que lo estimaban, dejó en el olvido sus pasatiempos…vaya, cavó su propia tumba, se enterró y solito se echó tierra.

Cuando me platicó me puse a pensar ¿cómo alguien con tanto futuro, con tantos sueños, luchando por tantas causas, se pudo dejar ir así? Mi explicación no tiene mucha lógica pero definitivamente creo que fue el talón de Aquiles.

Otra persona que estimo mucho alguna vez se fue a vivir con el novio; ya llevaba mucho tiempo con él y prácticamente lo vimos como ‘lo que le seguía’ en su relación. Pasó menos de un mes cuando los golpes e infidelidades se hicieron presentes; en contraste, ella se veía tan independiente y decidida, firme como roble luchando por temas que hasta parecían contradictorios con los que vivía en carne propia.

Afortunadamente se separó del susodicho, pero le costó mucho reencontrarse consigo misma, sanar sus heridas. Otra vez no hay explicación lógica: fue el talón de Aquiles.

Estoy segura que de ésas y otras historias no me sé ni la mitad, porque posiblemente de las mías nadie sepa más que sólo una parte. Claro, a todos nos avergüenza revelar que, pese a lo fuerte que parecemos o las causas por las que luchemos con uñas y dientes, tenemos también un punto débil.

En relaciones sentimentales (obviamente) no soy experta, mucho menos en estudios sobre violencia de pareja; en lo que sí soy buena, y lo he dicho anteriormente, es en hacerme pendeja, en ser auto-negligente en hartos aspectos. Lo que también se me da bastante es admirar a las demás personas, encontrarles el lado bueno, verlos intocables y valerosos; por eso me sorprende cuando me entero que “10 de cada 10” tienen un talón de Aquiles.

En el imaginario hollywoodense, Aquiles es sexy y valiente, con una melena al viento que impone tanto como su armadura; aun así, su embelesamiento por Briseida logra que ‘se ponga de pechito’ ante el arco troyano.

En la vida real, ¿qué se debe hacer ante ello? Peor: ¿qué se debe hacer cuando reconoces perfectamente que tu flecha envenenada tiene nombre y apellido? Que come en tu mesa, que posiblemente duerme en tu cama.

¿Qué se hace cuando consciente o inconscientemente tomas la pala, cavas el hoyo, entras en él y echas tierra para enterrarte? Adaptado a la epopeya griega: ¿qué se hace cuando, premeditado o no, miras el arco con la flecha envenenada, te acercas y hasta levantas las enaguas para mostrar el talón?

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