Y mientras un loco quiere levantar un muro, yo repaso nuestra historia…

 

Nuestra historia representa ese repaso que muchas mujeres de mi generación no pudimos hacer en nuestras escuelas sobre la presencia femenina porque no había datos, ni nombres, ni testimonios. Seguramente no la supieron nuestras abuelas, aunque fueron ellas las que lograron escribirla pese a su analfabetismo y gracias a su fiel memoria. Ahora, esta historia, nuestra historia, la puedo compartir con jóvenes que abren sus ojos y murmuran nombres cuando desde un salón de clases, una conferencia o un texto como el que ahora escribo, puedo grabar datos, nombres y testimonios de las mujeres en México. Ellas, nosotras, ella y yo somos nuestra historia.

Xiuhtlatzin fue primera reina Tolteca, algunas fueron llamadas Ixcuiname, denominadas diablesas pero todas ellas fueron las que parieron héroes y guerreros y al momento de llegar a la vida toda partera les cantó:

“Gocémonos con vuestra llegada, muy amada doncella/ Piedra preciosa, plumaje rico, cosa muy estimada/ Habéis llegado, descansad y reposad… No suspiréis ni lloréis, sois bienvenida y habéis llegado tan deseada.”

Sor Juana Inés de la Cruz y su certeza de que las mujeres no estudiaban para saber más, sino para ignorar menos.

Leona Vicario que repite con seguridad que el amor no es el único móvil de las acciones femeninas sino también el amor a la patria y luchar por ese ideal.

Laureana Wright, periodista mexicana del siglo XIX quien preguntó y respondió: “¿Qué necesita la mujer para llegar a la perfección? Fuerza de voluntad, valor moral, amor a la instrucción y sobre todo, amor a sí misma”.

Matilde Montoya tiene la convicción de que las mujeres pueden estudiar medicina y pese a los prejuicios y burlas, a tener que estudiar aislada pero inspirada, logra titularse y tener como invitado en su examen profesional al mismito presidente de México, Porfirio Díaz.

Volver a la lectura del semanario de principios de siglo XXI bautizado como La mujer mexicana, publicación autodenominada feminista en la que sus colaboradoras advirtieron:

“Si el siglo XIX fue el siglo de los grandes inventos, el siglo XX es el de la mujer”.

Juana Gutiérrez de Mendoza y Elisa Acuña que desde las tribunas de su periódico Vesper denuncian: “No tenemos derechos, pero si los tuviéramos renunciaríamos a ocupar el puesto de Porfirio Díaz. ¡Es tan triste ser como él!”.

Las Adelitas asomadas en el estribo de un tren seguras de atisbar un horizonte que dibuje un país justo y reconozca la fuerza de sus mujeres.

María Ríos Cárdenas que fundó en la década de los veinte la revista Mujer y aconsejó a sus contemporáneas para ser la mujer que deseaban ser.

Acercarse a María Antonieta Rivas Mercado para preguntarle ¿Qué pensabas mientras el sonido del disparo aún resonaba en tus oídos y caías lentamente herida por ti misma? ¿Musitaste como una oración las 87 cartas de amor que le escribiste a Manuel, tu amor imposible por siempre? ¿Miraste los ojos de Vasconcelos cuando diste vuelta rumbo a Notre Dame y reconociste la impotencia del amor más profundo?

Lola Álvarez Bravo se atreve a atrapar imágenes con su mirada cómplice de espejos y de paisajes, de nosotras en blanco y negro.

María Grever se convierte en una de las primeras mujeres compositoras, sus letras son sensuales y atrevidas, construye el amor ideal pero también delata el deseo femenino: “Bésame/ Con un beso enamorado/ Como nadie me ha besado/ Desde el día en que nací”.

Mirar como Nahui Ollin para descubrirnos a nosotras mismas y enredarnos en medias de seda que delatan la sensualidad que nos bendice a cada paso.

Lucir ese bigote a la Frida Khalo para delatarnos sin lamentos y bendecirnos a nosotras mismas colocando en la frente la imagen del hombre que nos pierde para encontrarnos y aceptarnos.

Jugar con los colores de María Izquierdo para que nunca adivinen nuestras penas y provoquen nuestras alegrías

Escuchar las consignas del Frente Único Pro Derechos de la Mujer que logró reunir a miles de mujeres que no dejaron de insistir en que tenían derecho a ser ciudadanas.

La voz de Matilde Landeta paraliza a un estudio cinematográfico cuando por primera vez una mujer dirige una película y ordena: “Silencio, cámara, acción”.

Margarita Michelena que a través de su poesía dibuja a las mujeres de mitad de siglo XX y confiesa: “Ésta es la primera morada. Allá, en la otra, Eva te llora, Eva te busca y te llama. No la oigas. Quédate con ésta. Sin edad y sin nombre. La que en verdad te ama…”.

Rosario Castellanos que nos provoca al cuestionar si existe una cultura femenina. La misma Rosario que nos juró en sus poemas que existe otra forma de ser humano y libre.

Revista FEM, en la primera publicación feminista en México y América Latina. Durante casi treinta años abrió sus páginas a todas las mujeres que escribían sobre sí mismas o sobre las otras. Así estaba la leída columna  “Querido Diario” de Marcela Guijosa que declaró: “Mi feminismo siempre ha sido una indignación, una rebeldía. También, claro, las otras cosas: la búsqueda de nuevas formas de vivir, la solidaridad con las otras mujeres, el análisis y las críticas, la lenta pero inexorable aceptación y conciencia de tu lugar en la sociedad, con tu cuerpo y tus broncas y tus sentimientos de mujer…”.

Y es necesario acentuar el surgimiento en 1987 del suplemento Doble Jornada, dirigido por Sara Lovera. Durante 10 años denunciaron y explicaron la vida de las mujeres mexicanas.

La década de los ochenta abre espacios a las mujeres y permite expresiones maravillosas como la de la poeta Kira Galván que pregunta: “Contradicciones ideológicas al lavar un plato ¿No?/ Y también quisiera explicar/ Por qué me maquillo y por qué uso perfume/ Por qué quiero cantar la/ belleza del cuerpo masculino/ Quiero aclararme bien ese racismo que existe/ Entre los hombres y las mujeres/ Aclararme por qué cuando lavo un plato/ O coso un botón/Él no ha de estar haciendo lo mismo”.

Y Al finalizar el siglo XX otras mujeres reflexionan. Así, la filósofa Graciela Hierro medita la forma en que pasamos de la domesticación a la educación femenina. Marcela Lagarde denuncia los cautiverios de las mujeres y nos delata como las madresposas, las locas, las putas, las monjas y las presas. Martha Lamas reflexiona sobre el feminismo. Elsa Muñiz sobre el cuerpo construido.

Y las que faltan y las que van llegando y las que vendrán…

 

Y nos ponemos a repasar nuestra historia, la otra historia, la historia de las mujeres…

Las mujeres del siglo XXI agradecemos a las que nos abrieron camino y avanzamos cada vez con más seguridad en nosotras mismas.

Queremos en nuestro presente poder parir coincidencias como las que nos inspira Sara Sefchovich al aseverarnos que “el feminismo de hoy ya, de este siglo XXI, ya lucha por otras cosas, entre ellas precisamente para que la mujer pueda no serlo todo, sino elegir, decidir, decir no a ciertas partes de la vida: al matrimonio, a la pareja, a tener hijos, a verse de cierta manera, a cumplir los roles históricamente asignados además de los nuevos. Por eso hoy, el feminismo quiere el respeto a la diferencia, a la aceptación de la otredad de las mujeres, con la enorme diversidad que cabe en esa otredad. Y quiere la autonomía del propio cuerpo y los derechos sexuales y reproductivos”.

Recuperar nuestra historia debe ser tribuna para denunciar que la opresión hacia las mujeres sigue latente en muchos escenarios sociales. Y sigue habiendo mujeres que no pueden estudiar en la universidad porque no las dejan en sus familias o no las aceptan en ciertas carreras. Esa opresión que nos sigue haciendo creer o sentir que somos personas de segunda y que no merecemos tener una vida digna.

La otra historia nos permite construir un discurso para reconocer que la igualdad no existe y por eso le apostamos a la equidad que representa ese principio de derecho por el cual se pretende conseguir la consonancia entre ellos, nosotras, hombres y mujeres, y las mujeres mismas.

Repasar nuestra historia nos provoca cantar a la sexualidad humana y bendecir los orgasmos femeninos y santificar el placer masculino bien compartido. Reconocer que dos cuerpos humanos se encuentran para gozar y erotizarse y no solamente para reproducirse.

La historia de cada una y de las otras debe ayudar a advertir que la violencia es el peor de los males posibles en una sociedad porque cada feminicidio nos obliga a inventar rezos en voz muy baja y musitar al oído de esta sociedad patriarcal: Sentir en la palma de tu mano el alma hecha pedazos/ El viento de la vida se estrella abruptamente en paredes de indiferencia/ Pájaros olvidados vuelan hacia ningún lugar pero cerca del dolor más profundo/ Latidos temblorosos que intentan respirar  sin vida/ Es una mujer que ha muerto de manera violenta/ Es la agonía de enterarte que hubo otro feminicidio/ Y la impotencia duele, y la justica se exige y la denuncia estalla como lluvia que convoca a repetir: “Ni una más”.

Construir nuestra otra historia debe darnos la fuerza suficiente para decir en voz alta, en escenarios públicos, ante los peores detractores y ante el dios que creemos y no: “Me declaro absolutamente cobarde para enfrentar otra vez el reto maternal. Me declaro absolutamente egoísta porque en este momento pienso en mí y en mi desarrollo profesional. Me declaro absolutamente pecadora porque no quiero cumplir con los sagrados mandamientos. Me declaró absolutamente herida porque mi decisión no puede hacerme feliz. Me declaró absolutamente traicionada porque yo no elegí esta situación. Me declaro absolutamente deprimida porque preferiría no tener que decidir. Me declaro absolutamente inmoral porque no cumplo la ética patriarcal. Me declaro absolutamente valiente porque pese a todo dije no. Me declaro absolutamente responsable de mi cuerpo porque es mío. Me declaro absolutamente una mujer que está segura de interrumpir un embarazo no deseado”.

Nuestra historia, la otra historia debe provocarnos para pensar, debatir, trabajar, escribir y a vivir de modo tal que continuemos afectando y cambiando los patrones tradicionales de la relación humana para que las mujeres y los hombres encontremos ese otro modo de ser humanos, felices, solidarios, llenos de sororidad y de oportunidades ganadas porque creemos en nosotros y nosotras mismas. Por eso advertimos:

Somos mujeres

Que rompen cautiverios para ser ellas mismas

Y hacerse visibles por la fuerza y los latidos de su corazón

Mujeres de cabello blanco, nube antigua

Mujeres de piel lozana, tronco suave

Mujeres de voz fuerte, risa de cascada

Mirada en el horizonte

Que se levantan con el sol

Que mecen a la luna

Que se llaman como yo, como tú y como todas

Que tienen una historia como la mía, como la tuya, como la de todas y necesitamos compartirla, denunciarla, reconocerla y transformarla.

Nuestra historia, la otra historia.

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