“Soy la Una, una nocturnal sombría Hija de la noche, maga de la Luna; Soy la Una, una lámpara del Día, Soy la negra Una, soy la blanca Una”

Julio Herrera y Reissig

Estoy habituada a los sonidos de la noche; puedo distinguir perfectamente los pasos de un indolente al que se le ha hecho tarde para llegar a casa, lo escucho desde que da la vuelta a la cuadra, camina lento… lento, como quien no quiere llegar a su destino.

Reconozco el andar del pardo gato glotón que en ocasiones se asume callejero para que los transeúntes lo alimenten y otras besa la mano de la viejecita que lo espera con los ojos colgados del ventanal, ese gato es la única compañía de mi vecina, creo que ella lo deja que se aventure al mundo más allá de su casa por si un día al volver  la encuentra sin vida.

El sonido característico del viento se hace presente por las noches donde es más juguetón e irreverente; mientras que por el día suele despeinar melenas, hacer volar tupes,  levantar faldas e invitar a bailar la basura tirada en el piso; por las noches se abre paso por las rendijas de las puertas ,si está de buen humor arrulla a los niños pequeños con un vaivén suave en los techos de las casas, se desliza sigiloso y en calma canta un himno para cuidarles el sueño o los espanta vociferando ventarrones al escupir en las ventanas, si es que ha tenido un jornal fatigoso.

El silencio también se escucha, es un oasis de carácter firme y afable, es una canción apenas audible al cerrar los ojos, es un pensamiento asiduo que invade tu mente. Cuando guardas silencio el universo se vierte en tu oído, nacen las ideas, los recuerdos, y una vocecilla que repite tu nombre y te cuenta historias a las que no prestaste atención durante el día. El silencio guarda más preguntas que respuestas por ello es adictivo.

Una noche la quietud se interrumpió al estruendo de un tambor batiente acompañando de un canto solemne, eran 20 jóvenes que al unísono entonaban consignas de borrachera cuando iban  de una fiesta a otra, dormía y el barullo me sacó de la cama, pude ver al batallón imberbe que apenas se sostenía en pie pero se movía y emitía un sonido parecido a un canto; el tambor los guiaba, ejercía sobre sus pies un encantamiento que los sacudía de forma sincrónica, eran los modernos perseguidores del flautista de Hamelin o aves en parvada que  enunciaban un rezo cuya intención era se les permitiera llegar al festín que les aguardaba. Esa liturgia logró además que Dios estuviera presente porque observé a más de un vecino persignarse ante tal desfiguro.

Los sonidos de la penumbra  le pertenecen a los autos despistados, sin rumbo fijo; a pequeños y tersos ronquidos que acompañan las horas u ogros alaridos que se llevan el sueño entre sus fauces. En la negritud aparecen los resuellos, las palabras que durante el día se atascaron en los dientes y asoman entre labios un lenguaje incomprensible para quien se mantiene despierto aun cuando duerme.

Los noctivagos somos así, esperamos la noche para ser nosotros mismos, para escribir, para leer, para regurgitar los enojos y limpiarnos las lagrimas, aseamos la casa o terminamos los pendientes, platicamos con otros en nuestra condición, comemos a deshoras, salimos a caminar, estoy convencida que los lugares se conocen en su justa medida caminando bajo el imperturbable cielo negruzco.

El sonido que más me gusta es la respiración humana, durante el día es difícil reparar en ella, uno no se da cuenta de hecho  que está presente, el ajetreo impide notarla; por la noche en cambio, se le puede escuchar relajada y serena, se manifiesta sigilosamente como lo hace la existencia.

Sobre El Autor

Tania Martínez Suárez
pros_critos@hotmail.com

soy un atado de ideas zurda y necia comunicóloga proscrita madre indeVida

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