Un buen día, de la nada, te sorprende…

 

PUEDE SER que estés en el mercado, rumbo al trabajo, caminando simple, comiendo, dormida o hasta en el baño. Muchas veces es un impulso, una explosión dentro. Un golpeteo fuerte en el corazón, un calorcito en la cabeza, una idea que se gesta, que ha tenido su tiempo de incubación, que ha logrado pasar desperdiciado. Y un buen día aparece.

Te llenas de angustia, los nervios colapsan si la inspiración atropella tus neuronas en medio de una reunión, mientras cocinas o cuando te bañas. Hay que correr, tomar un lápiz y una libreta o el celular, lo que sea que te permita anotar cuando menos palabras clave para no olvidar la idea general. Que rabia si no puedes en el preciso instante que se manifiesta atender su llamado.

Ojalá esta concepción fuera tan divertida como sí lo es la concepción humana, aunque el parto creativo es igual de doloroso, también surge de él una pequeña idea que durante mucho tiempo, algunas veces más de nueve meses se gestó dentro del creador.

Y cuando se piensa que el proceso concluyó, que termina con el alumbramiento, uno se da cuenta que es apenas el inicio, la idea por sí misma es apenas el primer paso, se requiere trabajar con ella, contextualizarla, mimarla, hasta presupuestarla… cocinarla a fuego lento, con cariño, moldearla, reescribirla, añadirle otras ideas hasta que al cabo de unos días, meses o años está lista. ¡Está completa!

Es tan hermosa, tan sublime, y ya no es más una extensión de tu mente o tu cuerpo, ya no es tu puesta en escena o la fotografía que recién se enmarca, es ya un objeto que ha sido abstraído de ti y es en toda su dimensión independiente.

Vendrán las personas y juzgarán tu obra, le darán puñaladas, la harán trizas o la aplaudirán, y con suerte detonará en ellos otra idea, si el hecho estético se cumple sentirán que algo se les mueve dentro y el proceso comienza de nuevo.

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