Mi libro favorito… ¿Podría atreverme a tener un solo libro favorito? Pero jugar a eso, sin duda, resultó ser mi mejor regalo de este cumpleaños 55…

Gracias al paso del tiempo, de mi edad y de las experiencias cada vez me convenzo que muchos libros han marcado mi vida, pero cuando uno de ellos se queda en mi memoria, cuando sus personajes son parte de mi vida y de mis conversaciones, cuando cito de memoria una frase de cualquier capítulo, si recuerdo todavía la página donde viene mi escena favorita, tengo la certeza de que se trata de uno de mis libros favoritos.

Creo que empecé a leer gracias a las historietas que compraba mi papá. A los nueve años ya hojeaba yo emocionada Lágrimas, risas y amor de Yolanda Vargas Dulché. También me fascinaban las aventuras de los Supersabios de Germán Butze o La familia Burrón de don Gabriel Vargas.
A los 11 años, el primer texto que me conmovió, claro lo leí de tarea, pero fue determinante para que me gustara la lectura fue Mujercitas, de Louisa May Alcott. Cuatro hermanas, cada una con una personalidad muy marcada, desde el estereotipo al arquetipo, desde mis espejos hasta las convicciones. Por supuesto, Jo sigue siendo mi favorita por rebelde, porque le gustaba escribir, por latosa y por soñar muy despierta:

– ¡Pobre de mí! No entiendo nada de amor ni de tales tonterías -gritó Jo, con una mezcla cómica de interés y desprecio-. En las novelas, las muchachas lo exteriorizan ruborizándose, desmayándose, enflaqueciendo y haciendo necedades. Meg no hace nada de eso; come, bebe y duerme como una persona sana; me mira frente a frente cuando hablo de ese hombre, y sólo se ruboriza algo cuando Teddy se burla de los novios.
– Entonces, ¿crees que Meg no está interesada en John?
– ¿En quién? -gritó Jo, extrañada.
– En el señor Brooke; ahora lo llamo John -respondió su madre.
– ¡Pobre de mí! Ya veo que vas a ponerte de su parte; ha sido bueno con papá y tú no lo mandarás a paseo, sino que permitirás que se case con él si quiere -y Jo, enojada, se tiró de los cabellos-… Ya sabía yo que se estaba tramando algo; me lo decía el corazón; ahora es peor de lo que imaginaba. Desearía casarme con Meg yo misma para guardarla segura dentro de la familia.

Ya entrando a estudiar en el Colegio de Ciencias y Humaniades (CCH) descubrí a mi poeta más querido por siempre, Federico García Lorca. Compré el libro editado por Porrúa, de esa maravillosa colección Sepan Cuantos, un libro que todavía guardo en mi librero, hojas amarillas que delatan el paso del tiempo, deshojado de tanto leerlo y releerlo, de llevarlo de un lado a otro, soportó el cambio de la Ciudad de México a la Bellairosa, su título: Libro de poemas. Poema del Cante Jondo. Romancero Gitano. Poeta en Nueva York. Odas. Llanto por Sánchez Mejías. Bodas de Sangre, Yerma. Prólogo de Salvador Novo (1977). Y desde la primera página, la otra, la siguiente, la última, puedo palpar sus emociones, sentir el vibrar de su voz, mecerme con sus frases, descubrir el Romance de la Luna, Luna:

 

La Luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
Mueve la Luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño

 

A esa misma edad, 16 años, otro poeta pero también narrador que influyó en mi vida fue Mario Benedetti, siempre dulce y conmovedor, denunciaba injusticias pero también recuperaba historias de amor, como lo hice en su novela Gracias por el fuego. Algunas de sus creaciones se convirtieron en canciones en la voz de Nacha Guevara:

 

No lo creo todavía,
estás llegando a mi lado
y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría.
Palpo, gusto, escucho y veo
tu rostro, tu paso largo,
tus manos… y sin embargo
todavía no lo creo.
Tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto

 

A los 20 años dos libros me atraparon y ahora en mi vida de mujer de 55 he probado leer esos textos y han vuelto a atraparme, quizá de manera diferente, sorprendentemente con muchas coincidencias de la que fui ayer con la que soy hoy. La mirada de ese escritor y esa escritora coinciden con la mía, su manera de ver la vida coincide con mis utopías y sus personajes me siguen enamorando.
Es así como evoco ese libro que compré en 1982, en la librería Salvador Allende que me recomendó mi querido profesor Froylán López Narváez. Y esa tarde de abril salí con un grueso, gordo y abultado libro escrito por Fernando del Paso y titulado Palinuro de México. El amor de Palinuro y Estefanía me sigue conmoviendo, sus historias me atrapan y sus palabras siguen siendo mías:

 

¿Cuánto me quieres? Pregunta Palinuro a su abuelo- ¿De aquí a la esquina? Más, mucho más. ¿De aquí al parque del Ajusco? Más, muchísimo más: de aquí al Cielo de ida y de regreso, yéndose por el camino más largo de todos y regresando por un camino todavía más largo. Y eso después de dar varios rodeos, de perderse a propósito, de tomar un café con leche en Plutón, de recorrer los anillos de Saturno en patín del Diablo…

Otro libro, que cada año vuelvo a leer para reencontrarme, para distanciarme, para sorprenderme y para conmoverme es el de María Luisa Puga, Pánico o peligro, una alabanza a la amistad femenina, una confesión de que las mujeres necesitamos un cuarto propio para escribir, una denuncia de que siempre escribimos para el otro –al que amamos-, mi espejo llamado Susana, el personaje central de la novela, que en las últimas páginas dice algo que sigue guiando mi vida:

 

Así empezó toda esta historia. Y acabé con los gestos, los guiños, los tonos que son de los que me cuelgo. Ahora tengo ante mí el peligro que consiste en estructurarlos de manera que se ordenen en mí armónicamente, y eso sólo puedo hacerlo a diario, minuto a minuto. Voy a tener que decirme el día paso a paso, poquito a poco de manera que pueda ordenarlo con palabras mías. No es gran cosa; sólo la diferencia entre vivir con pánico o enfrentar el peligro. Como ves, sí somos diferentes y no es “falta de información”, así dices tú cuando alguien está en desacuerdo contigo. Es simplemente diferencia que no veo por qué ha de ser antagónica

 

Ya en la madurez algo madura, al ser alumna de la especialidad en Estudios de la Mujer, me conmovió profundamente La culpa es de los tlaxcaltecas, donde Elena Garro hace referencia a una traición destino escrita en la historia de nuestro país y quizá en la historia de las mujeres. Una traición heredada como el adjetivo que necesitamos para ser fuertes ante los quebrantamientos de los hombres que dicen amarnos y lo callan siempre:

 

Su pelo negro me hacía sombra.
No estaba enojado, nada más estaba triste.
Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle respeto a un hombre y me abracé a su cuello y lo besé en la boca

De igual manera, a la edad exacta de 30 años, Rosario Castellanos me atrapó para siempre con su poesía, que de joven no entendía, pero con mi panza de seis meses de embarazo siempre leí con amorosa identificación:

 

Malhumorada, irónica, levantando los hombros
como a quien no le importa, yo digo que no sé
sino que sobrevivo a mínimas tragedias cotidianas:
la uña que se rompe, la mancha en el mantel, el hilo de la media que se va,
el globo que se escapa de las manos de mi hijo.
Contemplo esto y no muero

 

Justo en la cuarta década de mi vida encontré a Marcela Serrano, sus novelas son un verdadero espejo en mi vida. Nuestra señora de la soledad, una novela que memoriza en cada cumpleaños:

Una loca. Era una loca. Que la mujer del vestido rojo bailando arriba de esa mesa era una loca, le dijeron
Esa habría sido la primera referencia que obtuviera si aquellas palabras le hubieran ganado en peso a la imagen: una pantorrilla fuerte, musculosa y flexible de perfecto contorno bajo la malla calada de bailarina, miles de pequeños triángulos negros sobre el blanco de la piel como un diminuto tablero de ajedrez mirado al diagonal, diamantes perfectos relucientes entre el remolino. Todo lo demás, el ancho ruedo rojo volando por sobre las cabezas, la melena ensortijada desdeñándose más y más a cada movimiento, las gotas de sudor sobre el labio, el cuerpo resuelto al compás de la música, los pies descalzos…

 

Después, yo misma, en el siglo XXI, acariciando mi quinta década de vida, ahora soy la que escribe, la que se delata y la que espera acariciar almas. Mi libro más querido hasta la fecha, escrito con mi puño y letra, Bellas y airosas: mujeres en Hidalgo:

 

Un reloj monumental ha marcado las horas y minutos de mujeres que despiertan a la vida, a sus tareas cotidianas, a sus sueños y esperanzas. Mujeres que han luchado para ser reconocidas como seres humanos, como creadoras, como creativas, como ciudadanas, como feministas y como hidalguenses que viven con la sabia virtud de conocer el tiempo. Son las mujeres de Hidalgo…

La Sierra Otomí Tepehua, la Huasteca y el Valle de Mezquital son escenarios naturales, tierras de luchas, contextos de promesas y treguas, panoramas con instrucciones para salvarse, horizontes esperanzadores y desoladores. Pero ellas están ahí para sembrar sus tierras y para combatir el hambre, para bordar las tradiciones y para compartir consejos ancestrales, para enamorarse de los paisajes y para desafiar de frente las trampas de la miseria, para construir historias donde las derrotas ya no formen parte de su vida cotidiana. Ellas son las mujeres de Hidalgo.

Por eso viven en una ciudad que se hizo novia del viento y las ha llevado por todas partes para hacer realidad sus sueños. Se han vuelto también bellas y airosas para regar su esencia femenina en todo lugar, en todo oficio y en todos los sueños femeninos. Ellas son las mujeres de Hidalgo, presentes en los escenarios de la vida hidalguense

 

 

Y la lectura no me deja, sigue muy cerquita de mi vida. Los libros ya no caben en mis libreros, están por el piso, debajo de mi cama, encima de los sillones, detrás de las puertas. Cada año me conquista una nueva autora, cada año me enamoro de otro escritor…

 

La lectura, mi fiel compañera justo al cumplir 55

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