“Nací a las cuatro de la mañana el 9 de enero de 1908, en un cuarto con muebles pintados de blanco que daba sobre el Bulevar Raspail. En las fotos de familia tomadas el verano siguiente veo a unas jóvenes señoras con vestidos largos, con sombreros empenachados de plumas de avestruz, señores con ranchos de paja y panamás que le sonríen a un bebé: son mis padres, mi abuelo, tíos, tías y soy yo. Mi padre tenía treinta años, mi madre veintiuno, y yo era la primogénita. Doy vuelta una página del álbum; mamá tiene entre sus brazos un bebé que no soy yo; llevo una falda tableada, una boina, tengo dos años y medio y mi hermana acaba de nacer. Sentí celos, según parece, pero durante poco tiempo. Por lejos que me remonte en el tiempo encuentro el orgullo de ser la mayor: la primera. Disfrazada de Caperucita Roja, llevando en mi cesta una torta y un tarro de manteca, me sentía más interesante que un lactante clavado en su cuna”.

 

Escudriñar sobre la vida de Simone de Beauvoir no es tarea difícil. Ella misma se delegó esa labor al escribir sus memorias. Es así como podemos atisbar con detalle a la niña burguesa, a la joven formal, a la filósofa, a la feminista, a una compañera que supo amar y a la mujer que vivió con intensidad hasta sus últimos días. Si bien, el gran escritor colombiano Gabriel García Márquez advirtió que “la vida no es la que uno vivió, sino lo que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, porque los textos autobiográficos siempre viven el conflicto de arriesgar la objetividad y de ser honestamente subjetivos en pos de aproximarse al arte de la autenticidad.

Fue así como cada vez que leo Memorias de una joven formal, La plenitud de la vida, La fuerza de las cosas y Final de cuentas la vida de Simone se abre ante nuestra mirada curiosa, admirada y respetuosa pero finalmente, también subjetiva. Por lo que la Simone que quiso dibujarse con sus palabras posiblemente no será la misma que la lectora recree en su imaginación.

Sin duda, hay datos que no se pueden interpretar, simplemente son expositivos y puntuales, objetivos, fríos, pero no cuestionables:

  • Fecha de nacimiento, 9 de enero de 1908
  • Fecha de defunción, 14 de abril de 1986

También realiza referencias entrañables que marcaron su vida y que son absolutamente puntuales. Como su padre, Georges Bertrand de Beauvoir, al que describió como alegre, culto e inteligente. Su madre, Francoise Brasseur, abnegada y católica, Su hermana Helene, cómplice y rival. Su mejor amiga de la infancia, Elizabeth Mabille; Zaza, que murió muy joven pero cuya actitud ante la vida, marcó para siempre a Simone pues observó que había una opresión familiar que impidió a su compañera ser lo que deseaba ser.

Cada palabra y testimonio compartido por la autora en sus memorias reafirman su interés por hablar de sí misma, frente a un espejo literario pero auténtico para concretizar su existencia. En cada página existe un “yo” que rompe estereotipos y moldes patriarcales. Desecha fantasías y mitos femeninos construidos por la sociedad, y se muestra como una mujer que rompe con su tiempo. Es así como durante la adolescencia empieza a rechazar el “concepto burgués del matrimonio”, decidió ser atea y estudiar filosofía en La Soborna.

El espejo y la escritura trazaron la imagen deseada, dividida entre el narcisismo feminismo y la irreverencia orgullosa. Observamos a una estudiante dedicada, comprometida, maliciosa y lúcida. Pese a ser reconocida por sus compañeros, se entusiasma por conocer a un grupo masculino hermético y carismático, de donde por cierto saldrá el apodo que la acompañó por siempre: “El castor”, por la similitud de su apellido y la palabra en inglés de dicho término (Beaver). Entre cuyos integrantes estaba Jean Paul Sartre, su compañero de vida. Ella confesó que el amor de su vida fue Nelson Algren, un escritor estadunidense con quien se escribió más de trescientas cartas durante los veinte años que se relacionaron, aunque solamente convivieron durante seis ocasiones. Sin embargo, con Sartre llevó una relación profunda, intensa y para siempre. Sus cartas circulan por diversos medios en este siglo XXI y podemos ser testigos de su relación:

 

Querido pequeño Ser:

Quiero contarle algo extremadamente placentero e inesperado que me pasó: hace tres días me acosté con el pequeño Bost. Naturalmente fui yo quien lo propuso, el deseo era de ambos y durante el día manteníamos serias conversaciones mientras que las noches se hacían intolerablemente pesadas. Una noche lluviosa, en una granja de Tignes, estábamos tumbados de espaldas a diez centímetros uno del otro y nos estuvimos observando más de una hora, alargando con diversos pretextos el momento de ir a dormir. Al final me puse a reír tontamente mirándolo y él me dijo: “¿De qué se ríe?”. Y le contesté: “Me estaba preguntando qué cara pondría si le propusiera acostarse conmigo”. Y replicó: “Yo estaba pensando que usted pensaba que tenía ganas de besarla y no me atrevía”. Remoloneamos aún un cuarto de hora más antes de que se atreviera a besarme. Le sorprendió muchísimo que le dijera que siempre había sentido muchísima ternura por él y anoche acabó por confesarme que hacía tiempo que me amaba. Le he tomado mucho cariño. Estamos pasando unos días idílicos y unas noches apasionadas. Me parece una cosa preciosa e intensa, pero es leve y tiene un lugar muy determinado en mi vida: la feliz consecuencia de una relación que siempre me había sido grata. Hasta la vista querido pequeño ser; el sábado estaré en el andén y si no estoy en el andén estaré en la cantina. Tengo ganas de pasar unas interminables semanas a solas contigo.

Te beso tiernamente, tu Castor.

 

Otras pasiones que compartió en sus autobiografías fueron la academia y la literatura. Durante mucho tiempo dio clases con el optimismo de orientar a sus estudiantes aunque también con la decepción que produce no verlos crecer o comprometerse. Su segundo apasionamiento fue escribir.

 

Me gustaba borronear sobre páginas en blanco frases o dibujos: pero sabía que estaba fabricando objetos falsos. Cuando cambié la ignorancia en saber, cuando imprimí verdades en un espíritu virgen, entonces creé algo real. No imitaba a los adultos: los igualaba y mi éxito desafiaba la opinión de ellos; satisfacía en mí aspiraciones más serias que la vanidad. Hasta entonces me había limitado a hacer fructificar los cuidados de que era objeto: ahora, a mi vez, yo servía. Escapaba a la pasividad de la infancia, entraba en el gran circuito humano donde, segur pensaba, cada uno es útil a todos. Desde que yo trabajaba seriamente el tiempo no huía, se inscribía en mí: confiando mis conocimientos a otra memoria los salvaba dos veces. Gracias a mi hermana –mi cómplice, mi sujeto”.

 

Nunca perdió la oportunidad para plasmar sus experiencias de vida en algún género literario, además de las memorias escribió: La invitada (1943), su primera novela, La sangre de los otros (1944) y Los mandarines (1954), obra que fue galardonada y se considera su mejor trabajo.

 

“Cuando niña creí en Dios… (más tarde) Dios se convirtió en una idea abstracta… y un día lo borré. Jamás he echado de menos a Dios: él me robaba la tierra. Pero un día comprendí que al renunciar a Dios me había condenado a muerte”.

Simone sartre

Simone de Beauvoir y Jan Paul Sartre

También dio a conocer cuentos como los presentados en La mujer rota, una de sus obras que más marcaon mi vida. En tres cuentos, en tres voces femeninas, en tres historias de mujeres, Simone talla espejos y hace eco de nuestra fuerza pero también de nuestra debilidad. Una esposa, una madre y una anciana nos invitan a entrar al remolino de sus vidas, pero muchas veces recordamos que ya hemos estado ahí, entonces las veces se hacen nuestras, las historias son tan parecidas a nuestros miedos, a nuestros silencios, a nuestros sueños y pesadillas:

 

– Mi primer encuentro con la muerte, cómo lloré. Después lloré cada vez menos: mis padres, mi cuñado, mi suegro, los amigos. También eso es envejecer. Tantos muertos detrás de uno, echados de menos, olvidados. A menudo, cuando leo el diario, me entero de una nueva muerte: un escritor querido, una colega, un viejo colaborador de André, uno de nuestros camaradas políticos, un amigo perdido de vista. Uno debe sentirse extraño cuando queda, como Manette, como el único testigo de un mundo abolido”.

 

La filosofía y el existencialismo, así como su visión crítica fueron determinantes para que escribiera la obra representativa y clásica del feminismo académico: El segundo sexo, en 1949. Cuando lo escribió no se consideraba feminista y tardó un buen tiempo en autorreconocerse como tal. Pero venció esas resistencias y se posicionó a favor el movimiento de mujeres. Una prueba tangible de su compromiso feminista fue firmar el Manifiesto 343, al iniciar la década de los setentas, un documento donde ese número representaba a las mujeres que se practicaron un aborto. Fue presidenta de la Liga de derechos de mujeres en Francia. Todas estas experiencias y acciones crearon la imagen de una mujer militante, sabia, contestataria, independiente, comprometida y feminista.

 

“No se nace mujer: llega una a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino.”

Su obra La vejez es calificada como un ensayo de tesis muy agresiva, ya que afirmó con claridad que los viejos como los locos, los pobres, los inmigrantes, son un fracaso social, una nueva clase de marginados. La desdicha de los ancianos, aseguró, es signo de fracaso de la sociedad contemporánea.

La propuesta de Simone de Beauvoir sigue latente en varios estudios pero con diferentes perspectivas. Así, en investigaciones más actuales, se reconoce que los estereotipos femeninos marcan la vejez de las mujeres, ellas representaron múltiples roles (madre, ama de casa, trabajadora, mujer bella,) ahora en la etapa de edad adulta pierden ese ritmo y esas responsabilidades, los hijos se van, ya no tienen la misma fuerza para limpiar su casa, ya no son atractivas para las miradas de los otros, entran a la menopausia y se pueden sentir menos mujeres o se llenan de achaques que las hacen “insoportables” para los demás. Entre las situaciones que Beauvoir explora por ejemplo, está el tema la vida sexual que pueden tener las mujeres de más de sesenta años y lamenta que el tema se haya explorado tan poco, aunque advierte que en ellas los impulsos sexuales pueden incluso estar reprimidos pero no apagados, es un tema tabú, advierte. Entre la crítica y el pesimismo, entre el miedo y la certeza, Beauvoir finalmente lanza luces de esperanza en algunas de sus reflexiones:

 

“La solución es fijarnos metas que den significado a nuestra existencia, esto es, dedicarnos desinteresadamente a personas grupos o causas. Sumergirnos en el trabajo social, político, intelectual o artístico, y desear pasiones que nos impidan cerrarnos en nosotros mismos. Apreciar a los demás a través del amor, de la amistad, de la compasión. Y vivir una vida de entrega y de proyectos, de forma que podamos mantenernos activos en un camino con significado, incluso cuando las ilusiones hayan desaparecido”.

 

Simone de Beauvoir nuestra feminista, escritora y filósofa, nuestra eterna inspiración, provocadora por siempre:

 

El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal.”

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