“Pensarás Hachecita que es fácil esto de ser Diablo, pero es una tremenda fregadera. Te tienes que enfrentar a lo peor de lo peor del mundo. ¿Y sabes qué es lo más malo? Que todos le echan la culpa a otros de sus cochinadas. Siempre son otros los que tienen la culpa. Que si sus papás lo fregaron de niño, que si la pobreza lo obligó, que si seguía órdenes… con uno que me tocara que dijera ´lo hice porque me salió de las tripas y del alma´, te lo juro que lo felicitaba y no me lo llevaba hasta haberme tomado una copa y fumado un cigarro con él. Por esta, Hachecita. Por esta.”

Así se expresa el Diablo, el mismo al que nos hicieron temerle desde la niñez. El mismo que representa toda la maldad que escondemos cuando esperamos la justicia divina. Ése que nos asusta en noches de insomnio y que se alía con nuestra perversión cuando cometemos los pecados más deliciosos. Un ser que se aparece en nuestras pesadillas más temibles y a quien le hacemos la cruz-cruz para que mejor venga Jesús. El personaje imaginario más real en las noches de horror y el mal hecho realidad cuando nos traicionamos a nosotros mismos.

Y sí, el Diablo se aparece en Soldados en la lluvia de Toño Malpica, pero en vez de santiguarnos o hacerle la cruz, esta bella novela nos invita a espiarlo, a seguirlo, a ser testigos de su atrevimiento pero también de su ingenuidad. Esta historia permite atisbar que su experiencia no lo hace más diablo ni sus diabluras más malvado porque parece que de su lado izquierdo también late un corazón. Es un diablo abusivo que intenta engañar a un niño y a una niña pero aunque no lo crean yo creo que se trata de un diablo justo porque se resigna a su destino mientras aprende a negociar con la autenticidad que solamente existe en la inocencia infantil.

Y ese diablo se apareció una noche, en plena guerra de la Revolución Mexicana. Tiempo de caos, enfrentamientos e incertidumbre. Los del norte ya no reconocían a los del sur. Unos repetían el lema de “no reelección” mientras otros clamaban “tierra y libertad”. Las mujeres paradas en el estribo de un tren se asomaban porque una pasión las domina y se volvían Adelitas porque tenían la certeza de querer un México más justo. Y en esos escenarios un niño y una niña, quedados en la orfandad, cuidaban a su abuelo agonizante. Hasta que una noche, a su mismita casa entró un hombre que se presentó como el Diablo.

Pero ese Don Diablo no asustó a Héctor y a su hermana Flor. El niño de inmediato supo que iba por su abuelo, don Nabor, ya que el mismo anciano muchas veces se le había dicho, y siempre tenía la razón, siempre cumplía su palabra, nunca les había mentido y la presencia del Diablo frente a él confirmaba que su abuelo era hombre de palabra. Pese a su edad, Héctor ya tenía un alma ingenuamente madura, supo que si el Diablo se llevaba a su abuelo, él sería el único hombre de la casa y “a sus nueve años se hizo fuerte”.

Y Toño Malpica nos toma de la mano, sabe que quienes leemos el libro nos hemos asustado un poco, y con palabras generosas nos lleva a recorrer ese México de 1910. Tiene el don de quitarnos ese temor y de contagiarnos de la mirada infantil de un niño seguro e inteligente que sabe negociar con el Diablo para darle más tiempo de vida a su abuelo tan enfermo. No pide la salvación de su alma, porque el mismo viejo le dijo que se merecía el infierno, simplemente Héctor intuye que necesita tiempo para crecer y tener más edad para cuidarse y para cuidar a su hermana, para aprovechar mucho más la sabiduría de su abuelo. Por eso, pide siete años más de vida para su abuelito.

Y como me convertí en aliada de este maravilloso escritor, leal a la historia y cómplice del discurso de Héctor y el silencio de Flor, yo no les diré quién es ese Diablo y si el abuelo salva su alma, aunque él mismo esté seguro que merece el infierno, pero las razones y sinrazones de cada uno de ellos hacen de Soldados en la lluvia una historia conmovedora, dulcemente inocente, maduramente llena de sueños y fantasías, generosamente esperanzadora, llena de esa sabiduría que ilumina el rostro todo abuelo y de toda abuela, esos seres que de una u otra manera siempre marcan nuestras vidas.

Sin duda Héctor es un niño como todos los niños que amamos, un pequeño que nos sorprenden con su genuina inteligencia y honestidad. Enfrenta al Diablo con admirables argumentos y preguntas, tiene la fuerza de negociar la vida de su abuelo. Quiere enfrentarlo pero reconoce su propia debilidad infantil. Le puede tener miedo mas no por eso lo dejará de cuestionar. De manera convincente decide ser paciente, tolerar y actuar cuando es necesario para sacar ventaja, para ayudar a su abuelo.

Su hermana Flor parece solamente testigo de ese enfrentamiento, de esa gallardía de su hermanito y de ese temor pero al mismo tiempo compasión que puede inspirar un demonio. Me encanta el silencio de Flor porque nos dice mucho sobre el dolor y sobre la manera de consolarse a una misma. Esa niña muda por decisión propia, callada por complicidad con su tragedia pero sonoramente viva porque escucha latir su corazón de gozo cuando su hermano le relata esos cuentos que alguna vez escuchó en la voz paterna, cuando su abuelo le comparte su sabiduría, cuando su única muñeca corresponde a sus abrazos y cuando el mismo Diablo se conmueve ante su fragilidad que le da fuerza para seguir unida a los seres que ama. Es ella quien logra conmover al mismo Diablo, quien de cariño le dice Hachecita, y le habla con fuerza bronca envuelta en ternura que solamente esa alma infantil sabe inspirar hasta en el mismo ser más diabólico del mal:

¿Estás dormida, Hachecita? ¿Sí? Mejor. Porque se me hace que esta es la última noche que paso aquí. Y quiero hacerte una pregunta. Una pregunta, chiquilla. Pero es una de esas preguntas de las que uno prefiere no oír respuesta. ¿Comprendes? No, qué vas a comprender. Pero no le hace. Por eso mejor que estés dormida. Porque además, es una pregunta de esas que sólo se responden con un sí o un no. Como tú respondes a todo. Y no sé. A lo mejor porque viste a tus papás perderse con esos ojos que se comen todo. O a la mejor porque me echabas aire sin que yo te lo pidiera. O a la mejor porque en el mundo hace falta gente como tú, que no se vaya de lengua, que no diga nada, ni pa’ caer simpático  ni pa’ decir esta boca es mía. A lo mejor es por eso que me interesó tu opinión. La tuya nomás. Y no la de Héctor o tu abuelo o el cura o el presidente en turno. Nomás la tuya, ¿eh? ¿Verdad, Hachecita, que si uno llegó a los 121, ya da lo mismo lo que siga? ¿122? ¿140? ¿200? Porque, si de todos modos uno se va a ir al infierno… Pos… Pos… Pero mejor que estés dormida, Hachecita. Mejor. Mucho mejor…”

 

Y el abuelo Nabor, como todos los abuelos, gozaba de una sabiduría admirable y conmovedora, como si tuvieras entre las manos un pájaro herido al que anhelas darle vida para creer en los milagros, como si guardaras un juguete de hojalata con la certeza de que es tu mayor tesoro, como la lluvia que te reconcilia con tus demonios y perdona tu ayer. Y la sabiduría de don Nabor da sentido a la historia y quizá hasta su propia historia parece marcar huellas para seguir nuestros miedos o promesas no cumplidas, para reconocer nuestra maldad y evaluar nuestra bondad. Entre su agonía y su fuerza, entre su ayer y su esperanza, Don Nabor nos aproximará a la madurez con que debemos juzgar nuestras propias acciones.

Y en medio de estas personas y de sus historias, así como de sus miedos, arrepentimientos, gozo e imaginación, hay también una historia compartida que tiene todos los años de la humanidad, todos los pecados cometidos y toda la buena fe deseada. A su manera el narrador –que para mí no es más que el papá de Héctor y Flor a través de la memoria oral de su hijo pequeño-, nos compartirá esa historia de Caín y Abel. Una historia contada para comprender el mal y para hacer el bien. Esa historia que Héctor narra para consolar a su hermana, esa historia que Flor escucha para iluminar su alma, esa historia que quizá el abuelo compartió para hacerse comprender y perdonar.

Por eso, ante estas historias y estos personajes, yo tengo la firme convicción que en medio de estos Soldados en la lluvia hay siempre ese rayito que se filtra por esa nube negra que provoca tempestades espantosas, ese rayito que ilumina una gota para contagiar a las demás de luz, para crear una lluvia mágica que te moja pues intenta cumplir tus buenos deseos aunque marches hacia la guerra, el paredón o la misma paz. Así entre el Edén, dos hermanos y una muerte, Toño Malpica ilumina nuestros corazones:

¿Por qué?

Porque había podido comprender que, el mismo día que nació el mal en su interior, también había nacido otra cosa.

Con aquel “Tú puedes tener dominio sobre él”.

Sobre el mal, se entiende.

Con aquella frase Dios le había concedido el más precioso de los regalos. Libertad de decisión.

No era una orden. No era un mandato. No era un designio. Era una posibilidad.

Dios, en aquella tarde en que le preguntó por qué estaba tan enojado, curiosamente creyó en él. Creyó que podía escoger bien.

Y por eso lo dejó a su aire. A su propia elección. Y con ese acto de fe, Dios sembró en el mundo la semilla. De la esperanza, se entiende.

Por eso, esta pecadora que soy  yo y que leo esta novela tan generosa y la acaricio entre mis manos, confieso lo que Don Nabor supo siempre, también terminaré el meritito infierno. Pero al acabar de leer, cierro este libro con esa esperanza que te reconcilia con la vida, empapada de lluvia generosa e ingenua pero fatalmente buena, de esa bondad que solamente los abuelos y las abuelas saben compartir. Esa bondad que tu hijo o tu hija te hacen palpar cuando recuerdas lo mucho que los quieres. Esa bondad que la vida te comparte sin preguntar porque llega a través de tus acciones y pensamientos. Esa bondad que este libro Soldados en la lluvia te hace palpar en cada página. Esa bondad que Toño Malpica comparte en cada personaje y en cada página de su libro. Que ilumina corazones y las culpas se reconocen, los miedos desaparecen y el destino se recibe como ese pájaro herido que te conmueve hasta la ignominia, aunque el merito Diablo te espere en la puerta de tus cielos y te aleje de tus propios infiernos.

Por eso, yo le creo a Toño Malpica de que esto sí ocurrió. Él nos ha compartido una de esas historias que pasan de voz en voz, que nos reconcilian con nuestra identidad y con nuestra alma, con la certeza de que no hay destino escrito hasta que nosotros le ponemos puntos suspensivos, signos de interrogación o punto final.

 

Antonio Malpica, Soldados en la lluvia, Grupo Editorial Norma, premio Fundación  Cuatrogatos 2014.

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