La culpa la tiene Alejandro Galindo, que desde el primer día que pasé lista en un salón de clases, dijo presente, pero ninguno suponíamos que era para siempre. De inmediato lo identifiqué. “Tienes nombre de director de cine mexicano, espero que seas igual de bueno” y lo es. Desde ese primer día de clases, hasta ahora, seguro que hasta siempre, ese joven de cabellos revueltos, sensibilidad al escribir, necedad tenaz ha apostado por un mejor periodismo en la Bellairosa y se hizo reportero pero sobre todo Recoleto Mayor.

Se fue a trabajar al periódico El Independiente de Hidalgo y junto con otra cómplice maravillosa, la entonces directora del diario Elsa Ángeles, palparon el vacío en el periodismo cultural de la región. Ese periodismo que explora la vida cotidiana de una sociedad y de todo ser humano. Ese periodismo que reseña los libros que debemos leer y las películas que debemos ver. Ese periodismo que acaricia los movimientos de una bailarina que gira enredada en los vientos hidalguenses, que va a presentaciones de libros, que acompaña a inaugurar una maravillosa exposición de fotoperiodismo, que da voz a artistas y a pinturas, a esculturas y nuestra gastronomía, que publica fotos paridas de miradas generosas, que tiene la certeza que la cultura la creamos cada día.

Fue en ese tiempo que apareció por primera vez una sección con el nombre de “La Recoleta”, que por supuesto leí con orgullo. Generoso como él solito, dio espacio a compañeros y colegas, todos jovencitos como él, revoltosos e irreverentes, osados y soñadores, con la palabra precisa, el alma reportera. Un respiro en la prensa del estado de Hidalgo, un soplo de juventud, vientos de palabras, huracanes de culturas.

Los tiempos cambian y ese espacio de periodismo cultural llamado “La Recoleta” después de sus primeros pasos ya daba zancadas, crecía con ilusiones y con latidos de periodismo de calidad. Necesitaba otro espacio, quizá más independiente, tal vez más atrabancado, pero apostando siempre a recuperar voces, nombres, obras, sueños e ideas.

Fue así como aprovecharon esta magia del Internet, de los espacios digitales, de las redes sociales, de la vida en un “me gusta”, Alejandro Galindo y sus recoletos abrieron un espacio muy suyo, construido con la fuerza de su corazón, renovado cada semana con latidos periodísticos. La Recoleta ahora era digital y junto con él, compañeros y compañeras que de inmediato dijeron con seguridad: Soy recoleta. Y vaya equipo:

  • La mirada mágica de Alejandra Zamora, sensible y muy soñadora pero el doble de maravillosa, de profesional, de talentosa.
  • Lourdes Naranjo y su presencia en el lugar de los hechos, reportera de todos los días más su noches y sus madrugadas, con la grabadora lista y la pregunta acertada.
  • Los ojos de Luisa Amador, siempre detrás de la cámara, captan almas y crean imágenes ya inolvidables.
  • Sandra Franco, esa alumna que a las 6:50 de la mañana ya estaba en el salón. Nunca pude ganarle. Ahora esa reportera profesional que leo con orgullo, con un estilo sandrista que la distingue, que me hace admirarla por cada texto que publica.
  • Sandra Carrillo que ha hecho de la edición una magia de palabras, que salen de cualquier closet, de toda alma, de cualquier corazón.
  • Y quien bendice con su profesionalismo y su pasión ese sitio web de periodismo cultural absoluto, Susana López a quien agradezco amar de esa forma la tecnología.
  • Y ahí está mi querida Fer Aguilar que enciende una farola virgen para hacernos reír y disfrutar su golosa adicción a escribir, contarnos historias y delatar sus ilusiones. Los alborotados chinos de Tania Martínez alborotan al mismo ritmo sus palabras y sus odas. El oficio poético de Orquídea.

Y aquí estoy, como dice mi querida Elsa Ángeles, “de loca solidaria con las buenas causas periodísticas”. Cada domingo despertando con las ideas dando vueltas por mi cabeza, quiero escribir de este tema, no voy a escribir sobre tal libro, no mejor recupero la historia de esta escritora mexicana, no, mejor, como hoy, debo celebrar la existencia de La Recoleta. Y la única manera que encuentro para festejar es repetir una y otra vez, soy recoleta.

Y sí, soy recoleta desde ese instante en que Alejandro me invitaba y yo lo leía impaciente repitiendo ya en mi mente sí, sí acepto, sí quiero, sí me aviento, sí juego, sí me comprometo, sí, sí, sí quiero ser recoleta.

Soy recoleta cada martes que te pido me oigas con tus ojos, repitiendo a mi amada Sor Juana: Óyeme con los ojos, el nombre de mi columna que desea delatar esta pasión por escribir, esta manía por recuperar historias, dar voz a los libros y a los cuentos y a las novelas, a las mujeres que me conmueven con su estilo, a los hombres que me enamoran con su literatura.

Soy recoleta cuando exploro la página y me conmuevo hasta las lágrimas, como buena madre académica abnegada, y leo sus textos, palpo sus estilos, admiro su necedad, me lleno de juventud, gozo la manera en que ilustran mis textos y hasta los llenan de sonidos y música como cuando escribí de Bob Dylan.

Soy recoleta cada domingo que escribo al buzón de la Recoleta y agradezco siempre la confianza, la generosidad de Alejandro Galindo, la mirada solidaria de Ale, las correcciones acertadas de Sandra, la forma en que Susana debe acomodar mi texto y subirlo.

Soy recoleta cuando Alejandro Galindo me agradece con tanto cariño cada texto, cuando nos reiteramos nuestra admiración y nos sorprende esta necedad de escribir, de hacer periodismo, de apostar por la calidad, por la cultura, por una Bellairosa culta y gozosa.

Soy recoleta cuando presumo que escribo ahí, cuando recomiendo que nos lean, cuando convenzo a una alumna que quiere hacer su tesis de periodismo cultural en Hidalgo y le digo que debe analizar La Recoleta.

Soy recoleta cada febrero que celebro un año más, cuando leo a Alejandro reiterando que “La Recoleta es una agencia colectiva de difusión cultural por Hidalgo integrada por jóvenes hermanados en la convicción de aportar a la historia del periodismo local desde la independencia y al servicio de la cultura en su ambigua extensión”.

Soy recoleta aquí y en todos partes, por siempre y eternamente.

Gracias Alejandro por invitarme a esta aventura periodística…. Soy recoleta.

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