La tristeza me toma de la mano,
es un sarpullido que erosiona la piel,
un insomnio atravesado desde hace varias noches…


Es un desgano absoluto, hasta por las cosas más simples.
La exquisitez de la tristeza radica en la belleza de lo efímero,
es nuestra existencia, lo más sublime y lo más frágil. La tristeza es un pajarillo que golpea la ventana de la cocina,
quiere inmiscuirse,
quiere pasar por las rendijas de la puerta, por eso espera en la banqueta del número 101.


Pensé que no conocía mi nueva dirección,
ya que no he actualizado la credencial para votar en años,
juré que aún esperaría bajo la resolana del portón 1406,
que se abría quedado en el baño de Las Cajas 1104,
o que me esperaría en el número 16 de la calle Laminación, en la casa de mi padre.



Porque la tristeza, mi tristeza sabe que abril es un mes que me duele,
ella sabe que con el paso de los años me cuesta interactuar de forma real,
me conoce,
la siento cortar mi estómago como premonición de una tragedia,
ella siempre sabe que yo vuelvo a sus brazos cada cierto tiempo.


 
Creo que mi estado natural es la tristeza, cuando menos engullida en ella tengo todas las certezas,
es azul y gris,
llamarada violeta, como esa calle que no visito pero recuerdo bien,
en la tristeza más profunda me siento cómoda,
nada se espera de mí y nada espero tampoco,
puedo bañarme en las lágrimas que derramé en la vida,
absuelta entre el río de los sollozos.


 
Hay silencio en la tristeza,
no pueden las palabras penetrar este suelo,
nada germina en él, salvo la muerte que se apodera de la memoria,
es un vacío inundado de placer,
un murmullo que se repite,
una idea que navega en la oscuridad, como los lazos de luz que atraviesan la noche.


 
No le tengo miedo a la tristeza,
porque luego de inconsolable espectáculo de la ausencia,
luego de los gritos, de los desmayos y desvaríos,
de la tierra que cubre un cuerpo inerte,
luego de la música de los mariachis, los abrazos y las condolencias,
luego de la parsimonia de la misa,
luego de los recuerdos que se esfuman,
luego de morir un poco también… Me mantengo viva.


 
La tristeza sepulcral ataca,
es compañera y veleta,
es el canto de sirenas que me mantiene a flote,
de a poco me mata,
ella ni me teme, ¿por qué habría de hacerlo?
Se regodea en el hecho de una persecución perfectamente tramada,
ella sabe que soy nido para su vuelo,
mi corazón asidero de sus alas,
ese pajarillo gris se arropa en mi garganta.



No sé si me gusta la visita,
pero puedo ser solo yo y mis circunstancias,
si me encuentra de frente la triste tristeza,
si me abraza todas las piezas, se me resquebrajan,
mis dolores me encarnan.

Sobre El Autor

Tania Martínez Suárez
pros_critos@hotmail.com

soy un atado de ideas zurda y necia comunicóloga proscrita madre indeVida

Artículos Relacionados

Hacer Comentario