No obstante el interminable inventario de objetos en su equipaje, pesó más la carga en la humedad de sus ojos

 

EL SECRETO está en sus ojos, aunque son tan reveladores que dudo si pueden sostener el enigma: es el proyecto de animación stop-motion de Maciek Szczerbowski y Chris Lavis, los creadores que llegaron a la terna del Oscar como contundentes candidatos al premio por el mejor corto de animación.

Madame Tutli-Putli (Estados Unidos, 2007) es un bello truco de magia para dar vida a lo inerte, no son los primeros en usar la técnica del millón de imágenes fijas que unidas y en sucesión logran el movimiento; tampoco son los primeros en usar marionetas… pero entre sus recursos típicos logran lo que pocos: que al verlos olvides que se trata de fríos muñecos movidos por alguna mano ingeniosa porque, ya lo dice arriba, el secreto está en sus ojos.

No es un calificativo alegórico o que profundice sobre el arte y su abstracción a través de las ventanas del alma de aquellos personajes, bueno, lo es en algún momento de manera inevitable, pero la explicación proviene del terreno más literal, cada marioneta usada en Madame Tutli-Putli recibió el trasplante de ojos de un actor o actriz… Descuida, nadie cometió algún crimen atroz ni nadie resultó herido.

El elenco contratado para la causa debió convencer a los directores del cortometraje con más nada que el brillo de sus ojos. Intenta imaginar las audiciones, ponte en el lugar de algún participante que ingresa a una cámara oscura, debes reposar tu rostro en una especie de mascarilla de goma que sólo pondrá al descubierto tu vista, ahora actúa.

¿Cómo hacerlo sólo con los ojos? ¿Cómo lograr que respondan a un cuerpo artificial? Un cuerpo que no es tuyo. No te servirá el refuerzo del movimiento corporal o la voz para presentar una gran e integral interpretación, sólo tus ojos y ya para hacer que la historia estalle a presión.

Sobre este extraño método reposan los fundamentos de una película breve que en sus experimentaciones demuestra y explota la expresividad de la mirada, y es que a esta escala, las palabras sobran.

La señorita Tutli-Putli aguardaba por el tren de la noche, viajaba en soledad pero no en ligereza, con el interminable inventario de su equipaje, la tremenda carga en sus ojos sólo sostenida por la delgada tela de su córnea, como una burbuja creciente a punto de estallar.

Madame parece decidida, no hay motivo para dar marcha atrás a su viaje ni razón para dejar un solo gramo de historia, la misma que se encargará de cuestionar su presunta soledad y que en la deformación del espacio-tiempo de un vagón en romántico avance, en la oscuridad del frío norte, le habrá de retar a un duelo con los fantasmas que se cuelgan de su cuello.


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