Un 4 de febrero de 1967 Violeta Parra decidió morir por sí misma, pero su música es eterna, y hasta parece que canta a lo que hoy ocurre en un país como el nuestro:

 

Miren cómo nos hablan de libertad, cuando de ella nos privan en realidad.

Miren cómo pregonan tranquilidad, cuando nos atormenta la autoridad.

Miren cómo nos hablan del paraíso, cuando nos llueven balas como granizo.

Miren el entusiasmo con la sentencia sabiendo que mataban a la inocencia.

Qué dirá el Santo Padre que vive en Roma.

Que les están degollando a sus palomas…

 

Siempre que escucho a Violeta Parra estoy segura que las mujeres podemos oscilar en esos extremos de amor y odio, de agradecimiento y de maldición, de recuerdo y de olvido, de risas y lágrimas, de Sol y Luna, de hoy y ayer.

 

¿Dónde estás, prenda querida,
dueña de mi pensamiento?
¿Dónde estás, que no me escuchas
mis suspiros y lamentos?
Yo le pregunto a los vientos
por ti, mi cielo adorado.
Responden los elementos:

Ya de mí te has olvidado

Pregunto al cielo por qué

La suerte tan mal me trata

Que sin tener yo la culpa

Un sentimiento me mata

 

Como siempre la conocí gracias a la UNAM, donde cualquier alma revolucionaria cantaba una canción de ella. Descubrí sus canciones gracias a mi hermana Flor que estudiaba en la Facultad de Filosofía y llegó una tarde con un disco de esa inolvidable cantante chilena. Memoricé sus canciones más allá de Gracias a la vida porque me identifiqué con la generosidad de sus palabras, la poesía de su música, el dolor de su guitarra y el ritmo de su pasión. Violeta hacía poesía con música, denunciaba con suave fuerza la injusticia que se vivía en su país, describía con tristeza la imposibilidad del amor y delataba discretamente la emoción de estar enamorada. Pero también lo que significaba saberse no amada, odiar, maldecir:

 

Maldigo por fin lo blanco

Lo negro con lo amarillo

Obispos y monaguillos

Ministros y predicantes

Yo los maldigo llorando

Lo libre y lo prisionero

Lo dulce y lo pendenciero

Le pongo mi maldición

En griego y español

Por culpa de un traicionero

Fue por Violeta Parra que hasta la fecha no olvido la historia y la geografía de un país hermano como Chile. Hasta la fecha fácilmente recuerdo esa canción donde con una rosa de los vientos en la mano nos indicaba que:

 

Chile limita al norte con el Perú
y con el Cabo de Hornos limita al sur,
se eleva en el oriente la cordillera
y en el oeste luce la costanera.
Al medio están los valles con sus verdores
donde se multiplican los pobladores,
cada familia tiene muchos chiquillos
con su miseria viven en conventillos…

Al medio de Alameda de las Delicias,
Chile limita al centro de la injusticia.

Por Violeta Parra pude cantar con tequila en mano ese reclamo doloroso a un corazón maldito, ciego, sordo y mudo, que me da tormento, por qué no cede, porque quiere matarme. Así podía atisbar que el amor marcaba su vida y el desamor deshojaba su alma. Violeta enamorada se entregaba completa aunque adivinara que el otro ser no le iba a corresponder de igual manera. Ella sabía querer de cuerpo entero.

De igual manera me identifiqué con la Violeta luchadora social, en sus letras denunciaba la injusticia y se identificaba con los grupos vulnerables de su país y de América Latina. Mis amigas y yo, en nuestra época de universitarias rebeldes cantábamos apasionadas:

 

Me mandaron una carta, por el correo temprano.

En esa carta me dicen que cayó preso mi hermano.

Y sin compasión, con grillos, por la calle lo arrastraron.

La carta dice el motivo, que ha cometido Roberto.

Haber apoyado el paro que ya se había resuelto.

Si acaso esto es un motivo.

Presa voy también sargento…

Por suerte tengo guitarra, para llorar mi dolor.

También tengo nueve hermanos, fuera del que se engrilló.

Los nueve son comunistas, con el favor de Dios.

Violeta Parra me acompañaba en mis mañanas universitarias cuando cualquier compañero sacaba una guitarra y de inmediato alguno entonaba sus canciones amorosas y revolucionarias. Era mi compañía en las madrugadas de tareas universitarias para inspirar mi coraje y mi fe en la vida. Memoricé sus canciones que todavía tarareo si la vida es mi amiga o yo me convierto en mi propia enemiga.

 

¿Qué he sacado con el lirio que plantamos en el patio?

No era uno el que plantaba; eran dos enamorados.

Hortelano, tu plantío con el tiempo no ha cambiado.

¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!

¿Qué he sacado con la sombra del aromo por testigo,

y los cuatro pies marcados en la orilla del camino?

¿Qué he sacado con quererte, clavelito florecido?

¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!

Aquí está la misma luna y en el patio el blanco lirio.

Los dos nombres en el muro y tu rastro en el camino.

Pero tú, palomo ingrato, ya no arrullas en mi nido.

¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!

Hoy, algunas veces, mientras viajo en mi ya querido autobús de ADO entono llena de nostalgia:

 

Run run se fue pal norte, yo me quedé en el sur.

Al medio de un abismo, sin música y sin luz.

Run run se fue pal norte, qué le vamos a hacer.

Así es la vida entonces, espinas de Israel.

Amor crucificado, corona del desdén.

Los clavos del martirio, el vinagre y la hiel.

Ay de mí.

 

Así fue Violeta Parra, que oscilaba entre el amor y el dolor, la traición y la ilusión, el desamor y el cariño. ¿Puede una mujer agradecerle a la vida su generosidad de obsequiarnos cinco sentidos para escuchar a los pájaros, acariciar el viento, oler una flor y escuchar la voz del bien amado y al mismo tiempo maldecir con la misma intensidad pasional el alto cielo, la paz y la guerra, la luna y su paisaje por culpa de un traicionero? Violeta Parra lo hizo con su guitarra, con su voz, con su amor y su odio por la vida.

El 4 de febrero de 1967 esta mujer, esta poeta, esta artista, pintora, tejedora, escultora de cerámica, primera mujer latinoamericana en exponer en el museo de Louvre en Francia, enamorada de París, lastimada por las injusticias de su país, esperanzada con una mejor suerte para su querido Chile, enamorada de un imposible, tomó una pistola y se disparó en la sien. No dejó ninguna carta. No hubo despedida ni explicación. Sus hijos la lloraron y el hombre que ya no la amó posiblemente alegó inocencia inexplicable. El suicidio de Violeta Parra es una decisión que todavía duele, que hace musitar quedamente esa composición que ella misma tituló Violeta ausente, como pronóstico de un fin doloroso, haciéndonos llorar junto con su guitarra abandonada, dejándonos en el pecho una espina, enlutando la poesía, como lo confesó Joaquín Sabina que junto con quienes no la olvidamos hoy dejamos violetas para una Violeta. Así evocamos esa canción que el gran compositor español le dedicó a esta alma chilena, que murió por sí misma:

 

Maldigo del alto cielo que nos expropió su canto,
sus décimas, su pañuelo, su quinchamalí, su llanto,
viola de chicha y pomelo, cacerolas del espanto.
Habrase visto insolencia, cinismo y alevosía,
contaminan la decencia, secuestran la fantasía,
cuando clama la inocencia llaman a la policía.
Lo dijo Violeta Parra, hermana de Nicanor,
por suerte tengo guitarra  y sin presumir de voz,
si me invitan a una farra cuenten con mi corazón.

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