Apenas es febrero y los propósitos que hicimos el 1 de enero ya se fueron por la borda.

No hay algo más falso en la historia personal que los propósitos de año nuevo. Esas buenas intenciones pensadas desde meses antes, plasmadas en papel y pactadas con uvas, precisamente tienen el mismo destino que aquellos frutos en nuestro organismo: se van a la mierda.

Ya casi termina el segundo mes del año (o apenas estamos en febrero, según como se vea) y nuestros propósitos para 2019 quedaron en el olvido, arrumados como muñeca fea, colgados en la bici de spinning que compramos a meses sin intereses y que únicamente servirá como perchero (y como recordatorio en la tarjeta de crédito).

Obviamente nos da una vergüenza tremenda reconocer que no podemos terminar ninguno de nuestros planes y cuando alguien nos pregunta cómo vamos con la dieta, el negocio o con los planes de boda, nos limitamos a responder “Bieeen” y cambiamos automáticamente la conversación.

Por eso es que para este 2019 me hice el propósito de no hacer propósitos y si me iba terriblemente mal (como casi todos los años), al menos no me iba a deprimir pensando que –otra vez- las cosas no salieron como planeaba.

Y es que considerando mi experiencia en años anteriores, la verdad la he cagado bien y bonito con mis deseos al inicio de año. Desde que era niña soñaba con convertirme en un unicornio y a lo más lejos que llegué fue a mi vergonzosa etapa de pubertad en la que los barros parecían cuernos.

Cuando caí en la cuenta que ser un animal mitológico no era lo mío, comencé a tener sueños más aterrizados: convertirme en corresponsal de guerra. Casi desde que tengo memoria he querido ser periodista y juro que puse todo mi empeño (al menos el poco que tengo) en hacer mi sueño realidad pero no contaba con mi poca habilidad en casi todo y bueno, obviamente mi contacto más cercano al Medio Oriente es la máscara de pestañas que compré en la feria y que dijeron que era “auténtica árabe”.

A la par de mi idea de ser periodista, anhelaba ser maestra y digamos que parcialmente también fue un sueño que hice realdad. Definitivamente de los momentos más hermosos que he pasado, han sido frente a un teclado redactando una nota y frente a grupo haciendo pendejada y media para no aburrirlos. Sin embargo, cuando decidí plasmar ambas cosas en papel y lápiz, celebrando con una copa de vino y comiendo 12 uvas, mis sueños y propósitos pasaron por mi aparto digestivo y se convirtieron en una auténtica caquita.

Vaya, ni papa escribir mi columna he sido constante. Desde que empecé con este proyecto creí firmemente que escribiría cada viernes y que tendría por lo menos a una docena de personas que me leyeran. Ahora solo puedo decir: ¡Hola, mamá!

Ya ni hablemos de las millones de veces que me he propuesto hacer ejercicio, bajar de peso, aprender un nuevo idioma, publicar un libro y un largo etcétera que tengo pactado a papel y tinta en alguna de mis libretas. Porque, cabe resaltar, que estos propósitos no los limito para el inicio de año; mi procrastinación va al siguiente lunes, el siguiente mes, mañana y juro que hoy en la noche ya no ceno.

Repito: este año ya no hice propósitos. Para empezar, no tuve tiempo ni ganas de reflexionar en lo que quiero durante 12 meses; en el 2018 me fue tan mal, que me doy por bien servida con que ya no se me muera alguien; llegué al nivel máximo de mi peso que ya me alcanza la lonja para ser almohada y, aunque me la paso encerrada casi todo el día, me he dado unas bronceadas tan intensas que ya parezco pariente directo de Mr. Popo.

Mejor, este 2019 me ocuparé de hacer las cosas y ahí como me salgan. Evidentemente los planes de boda pasaron a mejor vida, los de pareja también: dediquémonos a coger; el propósito de hacer ejercicio es muy ambicioso, bajar de peso parece imposible: enfoquémonos a ya no subir.

Me atrevo a dar un consejo para sus propósitos fallidos de este año: ¡mándenlos a la chingada! De todos modos, no los van a cumplir. Hagan lo que se les pegue en gana, cáguenla de lo lindo y junten sus sueños par después; total, ya llegará el 2020.

Sobre El Autor

Rosario Moctezuma

Reservada pero no tanto, culta pero no mucho, sensible pero a veces, chistosa pero no por gusto; comunicóloga, docente en proceso, haciendo mis pininos donde me agarre el hambre.

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